Tras 67 ataques guerrilleros, Caldono aún está en medio de la guerra

Tras 67 ataques guerrilleros, Caldono aún está en medio de la guerra

Según autoridades, en este pueblo caucano cinco de estos ataques han sido tomas del área urbana.

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12 de marzo 2012 , 08:52 p.m.

¡Ya vienen! ¡Se van a entrar! ¡De esta noche no pasa! Son las frases que circulan entre los 32.000 habitantes de Caldono, en el norte del Cauca, ante el fantasma de una incursión guerrillera, y mantienen alerta a Lesbia María Campo y sus vecinos, en el barrio Bello, de este poblado de calles empinadas.

"Ese rumor se hizo insistente entre el 19 y el 24 de febrero. Fue una semana terrible, no dormimos. Cada sonido de una puerta que se cerraba fuerte, el paso de una moto, perros que ladraban al tiempo, era un sobresalto", expresa.

Y es que en 15 años casi le ha tocado rehacer su casa tres veces. Vive a 40 metros de la estación de Policía, constantemente atacada por la guerrilla, con daños en viviendas vecinas.

El 26 de febrero se cumplía un año del ataque con un 'tatuco' (bombas lanzadas con morteros artesanales) a cinco policías en el parque principal y el rumor era que con otro lo iban a recordar. Esa noche, pensaron que había pasado el riesgo. Pero al amanecer del lunes 27 las advertencias fueron una realidad. A las 3:20 el estruendo de explosivos despertó a los habitantes, en su mayoría indígenas nasa.

En esta localidad, situada a 1.770 metros de altitud en la cordillera Central, están de acuerdo en que la incursión no fue como otras veces, con ráfagas y una que otra explosión. Arrancaron con bombazos que se repitieron durante siete horas.

Lesbia y sus vecinos tienen establecido qué hacer en esos eventos: alejarse de la estación. Ella y su esposo, llamado José Manuel Bomba, salieron a rastras a la casa de las monjas lauretianas, a cuatro casas de la suya y la única en la cuadra con plancha en concreto, que sirve de refugio a los vecinos ante los ataques.

Además, siempre tienen lista una bolsa de emergencia con velas, fósforos, linterna, papel higiénico, cobija, agua y medicamentos. "A esto se suma la valeriana para calmar los nervios. Esta vez, no fue suficiente por tanto niño y adulto con pánico, por todo el tiempo que duraron las explosiones", dice Lesbia.

José, un docente paez, dice que ahora que sus dos hijos y su hija salieron del municipio esos momentos son menos angustiosos. Su vecina Rosmira Urbano afirma que tener una maleta lista es la rutina en el barrio Bello.

Pero esta vez, antes que alejarse, se acercaron al riesgo. El ataque de casi un centenar de guerrilleros del VI Frente de las Farc se centró en una veintena de militares que custodiaban equipos de comunicaciones en el cerro La Cruz o Bello, a unos 150 metros de la vivienda de Lesbia.

De acuerdo con las autoridades locales, son 67 ataques de la guerrilla, entre ellos cinco tomas.

El alcalde Darío de Jesús Sandoval Fernández refiere que a esas acciones se suma una guerra psicológica: "Alertan de carro-bomba, de moto-bomba, que será en la madrugada..."

Esa situación hace que todos se guarden temprano en sus casas, cierren puertas y, ante un ataque, mantengan las luces apagadas.

A las 8:00 p.m., el parque luce desolado y una que otra figura o pareja lo cruza. Tienen áreas de protección en las casas o construcciones de refugio, como la de las monjas del barrio Bello, además de puntos en los barrios Bolívar y Jardín.

Todos se aterran de que tantas explosiones en este último ataque no hayan dejado víctimas fatales. La angustia se repitió tres días después, ante el ruido de helicópteros militares, y no pocos amanecieron desvelados pensando que habría otro ataque.

Tampoco pudo conciliar el sueño Florinda Rebolledo ni su esposo Venancio. Con sus cinco hijos, entre ellos un bebé de apenas un mes y una nieta, viven en la falda del cerro Bello, a unos 50 metros de la base militar.

En el patio de su casa cayeron cuatro 'tatucos' y las grapas, tornillos y trozos de hierro rompieron el techo de zinc y puertas.

"Los niños no hacían sino llorar, nos metimos en una pieza y se llenó de humo. Como la casa es de bahareque, temblaba, como en un terremoto. No sabíamos si quedarnos o salir. Nos tocó aguantar el humo y al final todos lloramos", dice Florinda.

No podría irse. Ahí tiene un pequeño cultivo de yuca, maíz y fríjol, la base de sustento de esta familia indígena, que fue arrasado pero sabe que debe empezar de nuevo.

Dueño sin casa

Quien sí tuvo que dejar su casa es Víctor Velasco. Su casa está junto a la estación de Policía y en 15 años ha vivido entre miedos y reconstrucciones. A veces, a punto de terminar las reparaciones, otra vez se van a piso.

Ahora entrar a hacer ronda es un lío. Luego del último ataque intentó pasar la garita de la esquina para ver el estado de su vivienda y no lo dejaron.

"Dice que es el dueño de la casa", informó a su superior el policía de guardia.

"Dígale si trae escritura, o si no que venga con el Personero", fue la respuesta por radio del oficial al mando. Ante la insistencia, salió y le permitió el acceso. "Ustedes saben las medidas de seguridad", se excusó.

A casi un kilómetro de su casa paga 100.000 pesos de arriendo y vive ahí con su esposa, un hijo de 16 años y una hija de 10.

Velasco no ha logrado un acuerdo con la alcaldía para que compre el predio y lo ceda a la Policía. Tampoco una tutela para que se ampare su derecho a una vivienda. En esta localidad no paran los ataques. Esta semana en el templo de San Lorenzo de Caldono se hizo el oficio religioso por la muerte de Jairo Peña Güeto. Llevaba diez años como soldado profesional y murió en un combate en el Putumayo. El miércoles en la tarde, en plena reunión con la comunidad y delegados de la Cruz Roja Internacional, se escucharon detonaciones. Se estableció que eran explosiones controladas de artefactos que no estallaron.

El jueves fue lo mismo y desde el parlante de la parroquia se avisó de activaciones controladas. El Ejército accionó ocho 'tatucos' esa mañana. Unas semanas antes del ataque de las Farc hubo un simulacro de emergencias. Fueron activadas 'culebras' o papas explosivas, que causaron temor. Y aunque en las escuelas se había avisado, algunos padres fueron por sus hijos.

Al pueblo llegaron comisiones del CICR, de Naciones Unidas y Defensoría del Pueblo. El pedido unánime es atención psicológica, ubicación de albergues para protección, su dotación e instrucción en primeros auxilios.

También estuvo el coronel Henry Piraquive, comandante de la Brigada 29 del Ejército, quien anunció el arribo de un batallón y una nueva base militar. "De aquí no nos vamos a ir", dijo. El anuncio de una nueva base preocupó a la comunidad, pues señalan que será un nuevo objetivo de la guerrilla. Piden que el lugar donde se defina no tenga familias vecinas y explican que no es una actitud contra la Fuerza Pública.

Caldono es recordado en el panorama nacional por la decisión del pueblo, a mediados del 2005, de evitar una nueva destrucción de la estación de policía y viviendas. Los pobladores se concentraron en el parque y evitaron un nuevo ataque. Los nasa claman por la soberanía de su territorio. Piden tanto a la guerrilla como al Ejército dejarlos por fuera del conflicto armado.

Caldono es uno de los municipios ubicados en la cresta de la cordillera Central -con Toribío, Jambaló y Silvia, entre otros-, un corredor vital desde el Macizo Colombiano hasta el centro del Valle. Comunica con Tolima, Huila y, en una esquina de la Bota Caucana, con Putumayo y con la región del Naya hasta la costa pacífica. Vital para el transporte de armas e insumos de narcotráfico y de estratégica ubicación militar.

Iván Noguera
Enviado especial de EL TIEMPO
Caldono (Cauca)

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