El 'Loco' Bejarano, una vida entre risas, amigos y dolores

El 'Loco' Bejarano, una vida entre risas, amigos y dolores

Daniel Samper Pizano cuenta anécdotas del fallecido periodista bugueño Álvaro Bejarano.

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07 de marzo 2012 , 11:43 p.m.

Hace cosa de veinte años un hijo del periodista y escritor Álvaro Bejarano Moncayo se marchó a Israel en busca de fortuna. Luego de pasar un tiempo en un kibutz, arreciaron los ataques entre israelíes y palestinos y, aterrado, decidió regresar cuanto antes a Colombia; pero al llegar a Roma se dio cuenta de que se le había acabado la plata. Una madrugada, el teléfono despertó a Bejarano en su pequeño apartamento de Cali. Llamaba el hijo. Por supuesto, con cobro revertido.

-Papá -le dijo el muchacho-, tuve que irme de Israel, estoy en Roma y me quedan veinte dólares.

A lo que respondió el padre:

-Me sirven: mándelos-. Y colgó.

Por esta y muchas anécdotas más, los amigos llamaban 'Loco' a Álvaro Bejarano. Él protestó alguna vez por el mote y alegó que "mi única locura es haber amado la vida". Pero solo logró que, en algunas ocasiones, en vez de loco lo llamaran 'loquito'. El domingo pasado, cuando falleció en Cali, a los 83 años, tras una acumulación de males, sus amigos, que son cientos, circularon entre ellos la triste noticia y evocaron a este bugueño genial, ocurrente, comprometido, solidario, poeta e impenitente hincha del América que dejó una estela de notas ligeras, amistades sólidas y anécdotas inolvidables.

¿Loco? Evidentemente. Pero de la categoría que los argentinos califican como "loco lindo", en oposición a "loco de mierda". ¿Cómo no iba a ser loco lindo un tipo que, una noche en que se negó a abrirle la mujer que amaba, puso doble trasmisión en su camioneta, arrasó la puerta del garaje, atravesó la cocina y llegó hasta la sala en cuatro ruedas a entregarle un ramo de flores?
Como vendedor viajero, Bejarano tuvo una juventud de amores y aventuras. Solía recitar la lista de las novias que enamoró en lugares recónditos de la Guajira, el Caquetá, Nariño. Parecía sacada de Cien años de soledad. La más efímera de ellas fue una cotizada prepago de Bogotá, con la que pasó una sola noche. Al despertar, y sabiendo que le iba a costar un dinero que no tenía, el 'Loco' le dejó en la mesa de noche un billete de mil pesos. Pretendía escabullirse en puntillas cuando la cortesana se despertó y le reclamó.

-Oiga, Álvaro, ¿usted cree que soy mujer de mil pesos?

-No, mija -le respondió Álvaro-. Usted es de cien mil. El que es de mil pesos soy yo.

Otra noche se hallaba con unos amigos en el caleño café de los Turcos. Habían empezado a coquetearles a unas muchachas en la mesa del lado y la velada tenía prometedora pinta. Vio entonces Bejarano que uno de los amigos, que se había ausentado, regresaba acompañado por la esposa, dama jamona y poco simpática.

-Ahí viene Fulano con la mujer -comentó Bejarano-: pero, eso sí, se la come él...

Clarita Zawadski, la estupenda y divertida periodista -lamentablemente ya fallecida- que fue comsen (compañera sentimental) de Bejarano, de vez en cuando le pillaba un romance y lo llamaba al orden. Una vez, tras enterarse de que el 'Loco' tenía una novia, lo esperó despierta. Rayando el alba, cuando apareció el perdulario, Clara le espetó:

- ¡Álvaro, lo sé todo!

-Si es así -respondió Bejarano al instante-, dígame cuál es la capital de Zambia.

"Lo peor -comentaba luego Clara entre risas- es que quedé intrigada y solo me tranquilicé cuando averigüé que era Lusaka".

Álvaro tuvo amigos que lo adoraron. Joan Manuel Serrat lleva en una libreta los apuntes del 'Loco'; Les Luthiers no pasaban por Cali sin comerse una cazuela de langostinos que, excelente cocinero, solía preparar en su apartamento; Mercedes Sosa lo llamaba "hermano"; su doble barranquillero era Álvaro Cepeda Samudio.
Las parrandas y almuerzos de Álvaro eran interminables, famosos y divertidos. Escribió alguna vez Manuel Mejía Vallejo que Bejarano "vivía rodeado de mujeres que lo querían y de amigos que celebraban sus chistes corrosivos y audaces" pues es "un hombre que sabe burlarse de todos y de sí mismo". Pero también padecía horas de soledad y dolor a raíz de la muerte de un hijo.

Desde que empezó a enfermarse de los músculos y la diabetes, respondía siempre lo mismo a quien le inquiría cómo estaba: "Comparado con el país, bien". Y cuando los males le afectaron la columna vertebral, este tipo que escribió miles de artículos de prensa comentaba: "Soy tan de malas, que la única columna buena que tenía se me jodió".

Corren falsas historias que le atribuyen. Pero sus amigos podemos atestiguar la autenticidad de muchas anécdotas. Una mañana que Álvaro me llevaba al aeropuerto de Cali, se le acercó una mendiga de aspecto agresivo en un semáforo en rojo.

-Ve -le dijo la mujer-: regalame para un café, que tengo hambre.

-El café no quita el hambre, sino el sueño -alcanzó a responderle Bejarano antes de que la mendiga agarrara la camioneta a pedradas.

Fue hincha impenitente del América y, por cariño a sus colores, dirigió la revista de la entidad y montó con el periodista colombo-cubano José Pardo Llada, antiguo contrincante suyo y fervoroso seguidor del Cali, un programa de televisión en que se echaban vainas salpicadas de chispa e ingenio durante media hora a la semana.

Hombre carismático, fungía como asesor de relaciones públicas y publicidad. Siempre sostuvo que los mejores anuncios los había visto en Buga. Uno decía "Colchonería El Colchón. Se hacen colchones"; el otro era de una pequeña empresa que fabricaba las "Papitas Juan XXIII".

Alguna vez lo invitaron a Alemania junto con otros periodistas colombianos. Habíamos llegado a la fábrica de Mercedes Benz y, antes de que apareciera el guía, nos instalaron en una pequeña sala de autoservicios donde los ejecutivos de la empresa y los visitantes podían prepararse un café o un té. Mientras los demás recorríamos la línea de ensamblaje de unos carros que nunca iríamos a tener, el 'Loco' tuvo que regresar a la salita, agotado por sus problemas para caminar. Una vez allí, y en medio del callado estupor de los alemanes presentes, Bejarano arrojó en el café una bolsita que pensó que era de leche en polvo y resultó ser mostaza.
Cuando nos reunimos con él, estaba terminando su tercera taza del brebaje.

-Sabe inmundo -nos confesó-; pero me he servido varias veces porque prefiero que esos alemanes piensen que soy un excéntrico y no un imbécil.

El 'Loco' fue excéntrico, vital, generoso, torrencial, lírico, mamagallista. Su risa iluminó muchas reuniones. Pero desde el domingo guarda silencio. Ha querido ser fiel a una página que escribió en 1973: "La vida es júbilo y los muertos hablan un idioma que, por no ser el nuestro, no debemos tocar".

 

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