Aumentan crímenes contra periodistas en Brasil

Aumentan crímenes contra periodistas en Brasil

En lo que va del 2012, el número de periodistas asesinados casi iguala a la cifra total del 2011.

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02 de marzo 2012 , 07:38 p.m.

Los recientes homicidios de dos periodistas en menos de cuatro días este mes en Brasil encendieron las alarmas sobre una posible agudización de la violencia contra profesionales de la información en este país. En total, han sido asesinados tres reporteros desde que comenzó el 2012. Un cuarto periodista fue ultimado, pero las autoridades no han establecido si se trata de un atentando contra la libertad de información o si el crimen fue motivado por otras circunstancias.

El año pasado, según un informe de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, cuatro periodistas fueron asesinados en Brasil, lo que ubicó al país en el tercer lugar en el ranking latinoamericano de homicidios contra estos trabajadores, después de México y Honduras. 

Según Clarinha Glock, reportera de la Unidad de Respuesta Rápida en Brasil del Proyecto Impunidad de la SIP, la violencia contra los periodistas es mucho más visible hoy.

"Agresiones verbales, físicas o amenazas son rápidamente divulgadas por Internet y existen redes de información específicas de periodistas. Así conocemos más los hechos que acontecen en el interior del país para que se exija justicia con más vehemencia". 

Su colega Celso Schröder, presidente de la Federación Nacional de Periodistas, FENAJ, sostiene que existe una creciente exposición de un tipo de crimen que antes no salía a la luz pública. "Son ataques derivados de la vieja práctica del "gamonalismo" en regiones apartadas del nordeste del país, donde un cacique político ejerce gran poder.

Estos crímenes son una alerta al Estado brasileño: no estamos ante una situación similar a la de México o Colombia, pero debemos actuar para evitar que poderes paralelos adquieran cada vez mayor dominio".

Igualmente alarmante es el informe de Reporteros Sin Fronteras sobre libertad de expresión. Según esta organización, en el 2011 Brasil pasó del número 58 al 99 en materia de libertad de prensa, especialmente debido a los ataques padecidos por reporteros en los estados del nordeste y en la frontera con Paraguay.

La impunidad es justamente uno de los mayores motores de más crímenes contra periodistas. Clarinha Glock concluye que cuando se llega a los criminales en un caso de violencia contra periodistas, generalmente son identificados, presos y condenados los intermediarios de los crímenes. "La mayoría de los autores intelectuales quedan impunes y uno de los motivos puede ser el grado de influencia que éstos tengan sobre las autoridades locales".

Para intentar poner fin a la impunidad, las agremiaciones de periodistas están apoyando un proyecto de ley que permite la federalización de las investigaciones sobre crímenes contra periodistas. La propuesta establece que casos que no hayan sido investigados en los 90 días siguientes al crimen, pasarían a jurisdicción federal para su conclusión.


En la línea de fuego

Otro tipo de peligro con el que tienen que lidiar los reporteros brasileños es el que se presenta en capitales con altos índices de violencia. João Antonio Barros, uno de los periodistas investigativos más reconocidos del país por sus reportajes sobre corrupción policial, tráfico de drogas y milicias en Río de Janeiro, reconoce que cada vez es más difícil cubrir estos temas, debido al poder de intimidación de grupos criminales como las milicias.

"Enfrentamos todo tipo de dificultades. Desde las más comunes, como que nos quiten la cámara y la destruyan en el acto, pasando por amenazas telefónicas, mensajes intimidantes a través de terceros, hasta secuestros y homicidios".

Un caso emblemático, que dividió en dos la historia de los cubrimientos periodísticos en Río fue el asesinato de Tim Lopes, periodista del diario O Globo que se encontraba realizando un reportaje sobre los "bailes funk" de los narcotraficantes de la favela Vila Isabel en Río de Janeiro en 2002, cuando fue asesinado y descuartizado por los criminales.

Este dramático episodio marcó la forma de cubrir temas de narcotráfico en la ciudad. Muchos medios prohibieron la entrada de sus reporteros a las favelas dominadas por traficantes y durante algún tiempo, algunos periodistas ejercieron su función en compañía de guardaespaldas o usando chalecos antibalas.

Esto no ha garantizado la supervivencia en momentos de confrontación. Un ejemplo es la muerte de un camarógrafo el año pasado, que se ubicó detrás de la policía en una operación militar contra traficantes y que usaba un chaleco inadecuado para el potencial letal de las armas usadas por los narcotraficantes de Río.

De acuerdo con Barros, si bien la pacificación de algunas favelas de Río, antes dominadas por narcotraficantes, permitió de nuevo el ingreso de periodistas y ciudadanos en general a estos espacios, aún existen áreas de muy difícil acceso, como aquellas controladas por milicias.

Colegas del diario O dia, para el que trabaja Barros, enfrentaron una situación límite en el 2008 cuando preparaban un reportaje en la favela Batán, antes controlada por milicias. El equipo fue secuestrado por los milicianos y torturado durante siete horas, antes de ser liberado.

Para dos reporteros de la ciudad de Recife, el reto no es menor. Thiago Neuenschwander y Wagner Sarmento trabajan para el Jornal do Commercio y con frecuencia hacen reportajes juntos sobre prisiones o drogas. Ellos relatan que un colega de la redacción fue llamado a indagatoria sobre una serie de reportajes que denunciaban el abandono estructural del Cuerpo de Bomberos del Estado de Pernambuco.

"La corregidoría de la Secretaría de Defensa Social del Estado (el ente fiscalizador del área de seguridad pública) convocó al reportero para rendir declaraciones. El periodista estuvo retenido toda una tarde mientras era amenazado por militares para que entregase los nombres de sus fuentes.

Hubo una fuerte reacción del periódico, pero nadie ha sido castigado", dice Neuenschwander. Sarmento agrega que las denuncias contra poderosos son un callo para los denunciados, que con frecuencia recurren a la coerción para que el periodista "deje de incomodar".

Andrea Domínguez Duque
Para EL TIEMPO
Sao Paulo
 

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