'Dios nos dé cien años de guerra'

'Dios nos dé cien años de guerra'

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02 de marzo 2012 , 07:23 p.m.

    El capitán Georg von Frudsberg (1473-1528) es ordenado caballero por el emperador Maximiliano I de Habsburgo en 1504 y fue quien transformó a los guerreros del sacro imperio germánico llamados 'lansquenetes' de mercenarios en una tropa disciplinada y tremendamente eficaz, la cual sirvió luego al nieto de su rey, Carlos V, en la lucha por la unidad de la cristiandad en la Europa de la primera mitad del siglo XVI.

    Pero fuera de la batalla eran borrachos y crueles, pillos y violadores; peleaban del lado que les ofreciera una soldada o paga segura y eran capaces de cambiar de bando unos minutos antes de la batalla si no se estaba al día con sus obligaciones, además de que exigían el saqueo.

    "Dios nos de cien años de guerra y ni un solo día de batalla" era su lema, en una época en la que los generales preferían prolongados asedios a las fortificaciones que la cruenta confrontación cuerpo a cuerpo que tanto dolor causaba en los tercios.

    Decir cien años o sesenta años de guerra no marca una significativa diferencia en una confrontación endémica como la nuestra, porque estamos acostumbramos a vivir en ella y con ella; cada generación de colombianos habla de la suya; basta dialogar con vecinos o con la gente del común, que al final son la experiencia viva de la guerra.

    Los bisabuelos pelearon en la llamada guerra de los Mil Días; los abuelos, en la de los bandoleros de la violencia política; nuestros padres, contra las guerrillas comunistas y nuestra generación lo hace frente al terrorismo.

    Cuatro generaciones de desplazados, tres generaciones de guerrilleros, dos de paramilitares y una de bacrimes son el resultado familiar y social  de la sociedad colombiana.

    Hombres y mujeres dedicados al negocio y al lucro de la guerra: se secuestra con fines extorsivos y se hace política con la libertad de seres humanos; se venden armas del Estado a quienes están al margen de la ley; se crean empresas para la fabricación de uniformes de fatiga para los asesinos en la capital del país; se hacen carruseles y desvíos de dineros públicos para fortalecerla.

    En una ciudad existe una realidad y en la siguiente ciudad, otra contraria; en la primera página de un diario se ven imágenes color rosa y en la segunda, manchas de sangre; en un barrio, lujos que imitan a la Francia de 'Le Roi Solei' y detrás de las rejas excedidas de alambres, cámaras de video y perros entrenados... hambre y desolación como África oriental.

    ¿'Calma chicha', economía creciente o bonanza petrolera?, empleo en una cifra pero con las estadísticas de diciembre, que es el mes en el que más hay empleos de 20 días, inversión extranjera... diplomacia con gobiernos desleales, cumbres internacionales, tratados de libre comercio con aeropuertos y carreteras insuficientes y sistemas colapsados.

    Un gobierno no le apuesta a nada, el siguiente lo hace a la paz y el que sigue lo hace  a la guerra; uno cierra algunos ministerios y el siguiente gobierno los abre; ¿quien paga esos gastos?; dos años sin fiscal y cuando al fin la nombran, todos le caen encima para sacarla porque está reorganizando su matrimonio; un alto comisionado desmoviliza más de 15.000 guerreros armados y se le expide una orden de captura internacional; el ejército glorioso recupera la máxima institución de la justicia de las llamas y de la infamia y luego se le ordena salir a pedir perdón por haber demostrado su honor y valor bajo el fuego.

    Sí, efectivamente, Colombia es una guerra sin batallas; por eso, durante el gobierno anterior ese fue el gran dilema dialéctico, "si estábamos en un conflicto armado o  no".

    Colombia es hoy como entonces la baja edad media de Europa, es el Mediterráneo del siglo XVI, retrasada, donde aún se asesina por  migajas, donde se anhela el corso, el saqueo, la masacre, los esclavos, el acceso al botín.

    La patria no está colmada de batallas pero de sí de guerra. Entonces nadie teme al escalofrío de la destrucción y de la muerte; por eso ha durado tantos años, porque todos vivimos realidades diferentes y el conflicto va rotando, va pasando, se mueve, va y viene como la lluvia o como el viento, un día aquí y otro día allá.

    Emplearse en la guerra muchas veces no es ir a pelear en la batalla, es una salida para quien busca algo de dinero, quizás menos, quizás solo un poco de comida o albergue, en un país donde la vida es un hábito difícil de mantener.

    Hace 80 años los norteamericanos, cuando legalizaron el alcohol,  acabaron con la crueldad de los gánsteres.

    También,  en 1713 con la paz de Utrecht, se dio fin a la época de los  piratas y corsarios de los siglos XVI y XVII, cuando con ella se consolida el sistema estatal europeo y así el control de las grandes potencias sobre el mar, junto con el desarrollo de la técnica, la navegación y la construcción naval; a partir de este momento el azote de la piratería pasó a ser algo del pasado.

    Aquí no se puede seguir diciendo que la culpa de la guerra es de los 'al margen de la ley'; ellos son muy pocos, y ahora son menos. La responsabilidad es nuestra; algún día nosotros en las urnas tendremos que elegir unos gobernantes para esta nación, que tomen de una vez por todas la decisión de acabar con la financiación de este negocio de la guerra, que ejerzan la política más con legitimidad que con legalidad. Que definan y protejan lo común, lo que es de todos y también lo que es de cada uno, y que eso sea lo más importante.

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