La vida secreta del padre Rafael Reátiga, sacerdote asesinado

La vida secreta del padre Rafael Reátiga, sacerdote asesinado

Llevaba una doble vida que lo habría llevado a contraer sida. Murió junto a Richard Piffano.

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18 de febrero 2012 , 10:29 p.m.

Conozca cómo fue el pacto de muerte entre los curas Rafael Reátiga y Richard Píffano.

Una noche de diciembre del 2010, el padre Rafael Reátiga Rojas no alcanzó a darles la bendición a sus feligreses al término de la eucaristía. Después de impartir el sacramento de la comunión, cayó desmayado sobre el piso de la Catedral Jesucristo Nuestra Paz, de Soacha, donde era párroco desde el 2003.

Ese instante de pánico para los cientos de feligreses que lo seguían con fervor marcó el fin de la misa y el inicio del vía crucis público del padre Rafael Reátiga Rojas, quien lidiaba, en silencio, con una grave enfermedad: el sida.

En la catedral lo habían visto más delgado que de costumbre. "Su piel trigueña se había tornado de color verdoso", contó Tránsito, empleada de la iglesia.

"Ya no era tan estricto, estaba más serio y su ánimo había decaído", dice Dora Bautista, que trabajó por diez años con el sacerdote. "¿Qué le pasa padre?", le preguntaba Dora, a lo que él respondía: "Tengo 'gadejo', Dorita. Nada más".

Cuando llevaron hasta la casa cural un tanque de oxígeno, su enfermedad se volvió evidente: "Los médicos me dicen que tengo el corazón de un hombre de 85 años", explicó a Dora. Pero nunca confesó sus dolencias: además de sida, tenía sífilis, según confirmó la Fiscalía un año después de su asesinato, ocurrido el 26 de enero del 2011.

El pasado martes, la misma entidad dijo que los hechos en los que murieron el padre Rafael y el sacerdote Richard Armando Píffano fueron planeados por ellos mismos, en lo que podría ser un pacto de amor.

Rafael Reátiga, el menor de ocho hermanos, nació en una familia de campesinos el 25 de junio de 1975, en San Andrés (Santander). Su papá murió cuando él solo tenía 2 años, por lo que se crió con su madre, Helena Rojas. Creció cuidando vacas y recogiendo la cosecha de maíz de su familia.

Estudió hasta tercero de bachillerato en la Concentración de Desarrollo Rural de San Andrés, pero no había nacido para el campo. "Soñaba con la ciudad y con una vida diferente", dice uno de sus hermanos.

Quizá por eso se fue a estudiar al seminario San Alfonso de Piedecuesta (Santander), donde conoció a Richard Armando Píffano, un joven alto, blanco y de ojos claros que aspiraba también a ser sacerdote.

Un año después, cuenta la familia de Rafael, conocieron a Richard, que pese a tener su familia en Cúcuta, solía pasar las vacaciones, desde esa época, en San Andrés, con su nuevo amigo. "Él (Richard) era uno más de la familia", recuerda Jaime Reátiga, hermano de Rafael.

Dos años después de haber llegado al seminario, Rafael decidió cumplir con el sueño de ir a la gran ciudad. Pero no se fue solo, viajó con Richard.

Los dos se ordenaron como sacerdotes en julio del 2000. De su promoción solo se graduaron cuatro, porque, según versiones de la Fiscalía, el seminario fue cerrado "por líos de homosexualismo".

Los dos padres vivieron en Soacha por seis meses, hasta que les entregaron misión a cada uno por separado: al padre Rafael en una iglesia de madera y tejas de zinc, en Galicia. Y al padre Richard en la iglesia San Juan de la Cruz, de Kennedy. Pero nunca se separaron. Estudiaron juntos un diplomado en bioética, en la Javeriana. Y se veían en el apartamento que tenía alquilado la Arquidiócesis para el padre Rafael.

Richard llegaba los lunes (el día de descanso) y también en días de trabajo. Solían cubrirse de forma inusual en los servicios. "El padre, aunque no pertenecía a esta parroquia, sí hizo bautizos, matrimonios y decenas de servicios aquí", asegura otro sacerdote.

"Todo lo que a mí me pasa lo sabe el padre Richard", solía decir Rafael a sus asistentes en la iglesia de Galicia, donde hizo una gran obra. "Recibió un lote desolado y levantó un hermoso templo para Dios", dice el actual párroco. Por sus logros, en el 2003 el padre Rafael fue nombrado párroco de la Catedral de Soacha y ecónomo de las 33 parroquias de la zona.

Pero al tiempo que el padre Rafael se destacaba en sus labores pastorales, cada vez era más criticado porque crecían los rumores de su homoxesualidad y sus gustos por la 'vida mundana'.

"Yo le dije al Obispo en un retiro espiritual en Santandercito (Cundinamarca), en el 2006, que Rafael era homosexual", dijo un sacerdote de Soacha. También llegaban rumores de las salidas del padre a discotecas gay en Chapinero y a rumbas privadas en el barrio, donde solía tomar cerveza y whisky. Leonardo Artunduaga, uno de los mejores amigos del padre, le aceptó a la Fiscalía que los dos (Richard y Rafael) solían asistir con frecuencia a discotecas. De hecho, aceptó haber ido varias veces con ellos. "Él (Leonardo) le hacía los mandados al padre Rafael y siempre lo acompañaba", dice Dora Bautista.

Pero muchas veces el padre Rafael fue visto en Ferchos (un bar gay), sin el padre Richard, "que era más serio y menos rumbero", según dice Johanna Ospina, amiga del padre. Ella todavía no cree que esas dos personas "tan lindas" que conoció hubieran sido capaces de matarse: "Él era un excelente sacerdote, su obra lo demuestra, pero era un ser común y corriente, con errores, como todos los humanos".

Fechas clave

Octubre. Confirman el diagnóstico de VIH al padre Rafael. En diciembre le dicen que tiene sífilis. Ya se empezaba a notar su deterioro físico.

24 de diciembre de 2010. En una misa, el padre Rafael les dijo a los feligreses que oraran por él. Esa petición se volvió cada vez más frecuente.

5 de enero. El padre Reátiga, según la Fiscalía, pone a nombre de su mamá sus bienes. Días previos el padre Richard hizo el inventario de los suyos.

Mediados de enero. Viajan a Bucaramanga y en el sector de Pescadero se intentan lanzar al abismo.

25 de enero. Los curas se reúnen por primera vez con los sicarios y acuerdan el pago por el crimen. Dan un adelanto de dinero.

26 de enero. Al mediodía pagan el resto del dinero por su muerte. Los sacerdotes pasan el día juntos y en la noche cumplen su última cita con los asesinos.

Jorge Quintero
Redacción Domingo

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