'Sacerdotes asesinados en Bogotá pagaron para que los mataran'

'Sacerdotes asesinados en Bogotá pagaron para que los mataran'

Contrataron los sicarios cuando supieron que al menos uno de ellos tenía una enfermedad incurable.

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13 de febrero 2012 , 09:24 p.m.

La investigación por el asesinato de los sacerdotes Rafael Reátiga y Richard Píffano, que estremeció a la capital de la República en enero del año pasado, dio un giro sorprendente: los dos sacerdotes pagaron 15 millones de pesos para que los mataran. (Vea historias de sacerdotes asesinados en Colombia).

Luego de un año de investigación, el CTI de la Fiscalía encontró
evidencias suficientes para imputar el delito de homicidio a los dos sicarios que fueron contactados dos días antes por los mismos sacerdotes para que les ayudaran a cumplir el pacto de muerte que habían decidido cuando se enteraron de que al menos uno de ellos tenía una enfermedad contagiosa incurable. (Lea también: Padre Rafael Reátiga pidió hace unos meses a su comunidad orar por él)

Inicialmente se pensó en un robo, pues varios de los objetos personales y el dinero que llevaban los religiosos desaparecieron. Varias fichas que no encajaban llevaron a los investigadores a apuntarle a una hipótesis que no estaba en las cuentas de nadie. (Vea la Audiencia contra presuntos homicidas de dos sacerdotes).

Las primeras pistas que permitieron llegar hasta los sicarios, entre ellos alias 'Gavilán', las entregaron personas cercanas a los sacerdotes, que relataron a los uniformados la forma como los dos religiosos empezaron a poner sus cosas en orden y a cancelar cualquier compromiso posterior al 26 de enero, cuando fueron encontrados muertos en un vehículo en el sur de Bogotá.

En la investigación, conocida por EL TIEMPO, aparece que un familiar le pidió a uno de los sacerdotes que oficiara un bautizo y que al saber que la ceremonia se realizaría en febrero, este declinó porque "para esa época no estaría disponible". Inclusive, el 6 de enero uno de ellos traspasó todos sus bienes y títulos valores a su mamá.

Encuentran a los sicarios

Miembros del CTI hicieron un seguimiento detallado a las llamadas telefónicas hechas desde los celulares de los sacerdotes, hasta llegar a dos números con los que se comunicaron ese día en varias ocasiones.

Con autorización de un juez de Bogotá, esos números fueron interceptados y luego de varios días de análisis se encontró que sus dueños hacían parte de una red delincuencial dedicada al 'bolillazo', una modalidad de estafa en la que los incautos entregan fuertes sumas de dinero a cambio de la promesa de multiplicar su inversión.

El seguimiento a los miembros de la organización de timadores permitió a finales del año pasado la captura de nueve personas en Bogotá, Sincelejo y Montería, que fueron procesadas por falsedad y estafa agravada.

Dos de los integrantes de esa red, según la Fiscalía, fueron contratados por los sacerdotes para cometer el crimen.
Al parecer, buscaban evitar el deterioro físico que implicaba su enfermedad, y no querían que sus seres queridos y los feligreses de las iglesias de Jesucristo Nuestra Paz, en límites entre Soacha y Bosa, y San Juan de la Cruz, en Kennedy, se enteraran de su situación.

Los sacerdotes llegaron a los sicarios a través de una persona cercana, a quien le hacen saber que están buscando a un escolta con arma.

Los exámenes de Medicina Legal ratificaron la condición de salud de los sacerdotes. Los agentes del CTI recorrieron los sitios nocturnos frecuentados por la comunidad LGBT, y en varios de ellos reconocieron a los sacerdotes como clientes habituales, aunque se desconocían sus identidades.

En los allanamientos contra la red dedicada al 'bolillazo' se encontraron dos armas de fuego que coincidían con las usadas durante el crimen. Sin embargo, las pruebas de balística no encajaron y la investigación continuó.

El siguiente paso fue triangular satelitalmente uno de los celulares de los sacerdotes, que había sido hurtado el día del crimen. La señal condujo a la Fiscalía hasta una tienda del sur de Bogotá.

Allí fue capturado uno de los dos delincuentes, quien terminó confesando su participación en el doble homicidio y se convirtió en testigo de la Fiscalía. En un centro comercial del sur de la ciudad se realizó el primer pago, y el día de la muerte se cumplió con el resto de lo pactado.

Los dos sicarios se han inculpado entre sí sobre quién fue el autor de los disparos que ocasionaron la muerte a los sacerdotes, y el que primero entregó información lo hizo ante las evidencias técnicas (interceptaciones telefónicas) que tenía la Fiscalía.

Uno de los celulares de los sacerdotes ya había sido encontrado a mediados del año pasado.

Los investigadores lograron documentar que antes de su muerte los sacerdotes viajaron al cañón del Chicamocha, en Santander, donde hicieron un acto simbólico de despedida. Hoy, un fiscal imputará cargos por homicidio y concierto para delinquir a los dos sicarios que cumplieron la última voluntad de los sacerdotes Reátiga y Píffano.


Eran de los Santanderes

Rafael Reátiga

Para la época de su muerte, el padre Rafael Reátiga, oriundo de San Andrés (Santander), era el párroco de la iglesia de Jesucristo Nuestra Paz, ubicada entre Bosa y Soacha, en el sur de Bogotá. Allí estuvo asignado desde el 18 de junio del 2006, y también alcanzó a desempeñarse como ecónomo general de la Diócesis de Soacha.

El religioso, nacido el 25 de junio de 1975, fue el quinto de siete hermanos y se ordenó sacerdote en el 2000, en Honduras. Al igual que su amigo y compañero de vocación, Richard Píffano, cursó una especialización en bioética en la Universidad Javeriana y estudió teología y filosofía.

Sus compañeros de Iglesia lo recuerdan por haber sido el fundador y constructor de la parroquia del Señor de la Buena Esperanza, en Ciudad Bolívar.

Richard Píffano

El sacerdote Richard Píffano, nacido el 4 de febrero de 1974 en Arboledas (Norte de Santander), era desde el 2006 el párroco de la iglesia San Juan de la Cruz, en Kennedy. En el seminario conoció al padre Rafael Reátiga y desde entonces formaron una amistad entrañable, que mantuvieron hasta el último día de sus vidas.

Píffano estudió el bachillerato en el colegio San Juan Bosco y filosofía en la Corporación Universitaria Minuto de Dios y en el Centro de Estudios Filosóficos y Pastorales. También obtuvo una licenciatura en teología misionera en la Universidad Javeriana.

Se ordenó como sacerdote el primero de julio del 2000 y terminó una especialización en bioética en el 2003.

Fue vicario parroquial de Nuestra Señora de las Lajas (en Nariño) entre el 2002 y el 2003, y administrador parroquial de San Ignacio, en Antioquia.

Crimen de otro cura sería por razones personales

Desde hace un mes, los investigadores del asesinato del sacerdote Gustavo García, cerca del puente de la calle 26 con 68, en Bogotá, enviaron al FBI dos videos que hacen parte de las pruebas recopiladas para aclarar el crimen.

En las imágenes, de acuerdo con el expediente, se alcanza a notar que el sacerdote camina y va durante varias cuadras en compañía de un hombre, quien sería el atacante. Si bien en las imágenes no quedó el momento del homicidio, las cámaras no registraron que por el lugar transitaran otras personas. Por eso, investigadores tienen la tesis de que el acompañante sería el mismo que le propinó las heridas con un arma blanca.

El objetivo de las autoridades es que técnicos hagan más nítida la imagen para identificar el rostro del acompañante del padre García.

El religioso, quien era capellán en la Universidad Minuto de Dios, fue asesinado en mayo del 2011. En su momento se dijo que el crimen fue por robarle un celular, pero hoy la hipótesis más fuerte de los investigadores es que ocurrió por razones personales.

SAÍR BUITRAGO MEDINA*
REDACCIÓN JUSTICIA
Con reportería de Andrea Linares

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