Carolina Isakson de Barco, pionera del programa 'Madres comunitarias'

Carolina Isakson de Barco, pionera del programa 'Madres comunitarias'

La viuda del expresidente Barco falleció hace una semana. En vida mejoró la de muchas mujeres.

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30 de enero 2012 , 07:51 p.m.

Era seria y estricta, pero sencilla y discreta. Ajena al brillo y a la figuración, por ser la esposa de un personaje vivió siempre en primer plano. Pero no le gustaba aparecer en público. "Fue difícil soportar tanta vitrina, sobre todo cuando Virgilio fue presidente", me dijo hace muchos años en una entrevista, que luego no quiso ver publicada.

Cuando llegó a Colombia con sus padres, Carl Oscar Isakson, gerente de una petrolera, y Mary Alice Proctor, tenía 7 años. En Cúcuta, en el colegio de monjas donde estudió, su compañera de pupitre y su mejor amiga era Edelmira Barco. Continuó sus estudios en Estados Unidos y en la Universidad de Stanford se especializó en temas latinoamericanos. En visitas periódicas a Colombia, conoció al hermano de su amiga Edelmira, el ingeniero Virgilio Barco, recién graduado en MIT. Ella regresó a Standford a terminar sus estudios y el ingeniero Barco se dedicó a la política y se destacó como líder juvenil. Cuando se reencontraron, él era concejal liberal gaitanista.

Así recordaba ella esa época: "De política yo no entendía nada, pero veía que Virgilio se movía mucho. Tuvo que manejar situaciones difíciles, sobre todo cuando mataron a Gaitán. Porque la reacción en Cúcuta fue violenta. Elegido a la Cámara de Representantes, su tarea política era extenuante. Se la pasaba viajando entre Cúcuta y Bogotá. Pero el presidente Mariano Ospina cerró el Congreso y Virgilio quedó en el aire".

Trunca, por el momento, la carrera política del joven Virgilio, organizaron su vida sentimental. La pareja Isakson-Barco se casó en Cúcuta y se instaló en Boston, donde, mientras ambos seguían estudiando, nacieron sus hijas: Carolina, Julia y Diana. (Años después, nació en Colombia su hijo Virgilio.) La placidez de la vida hogareña, entre libros, teteros y pañales, se interrumpió cuando el 13 de junio de 1953 el general Rojas Pinilla dio un golpe militar.

Porque el doctor Barco, que pensaba más en política que en ingeniería, decidió regresar al país para volver a intervenir en política. Desde ese día, hasta pocos meses antes de su muerte, él vivió dedicado al servicio público, como senador, ministro de Agricultura y de Obras Públicas, alcalde de Bogotá, delegado ante organismos internacionales, embajador en Washington y en Londres, presidente de la República. A su lado, apoyándolo, siempre estaba su esposa, Carolina, quien lo consideraba un visionario.

"Para Virgilio, lo principal era pensar en grandes obras a largo plazo, para prevenir problemas futuros y preparar el país para un promisorio mañana. Con ese criterio emprendió, como ministro de Agricultura del gobierno Lleras Camargo, la obra de la represa Chingaza. En ese momento, Bogotá tenía agua suficiente, pero él pensaba en las necesidades de la ciudad del futuro, con muchos millones de habitantes. Antes, como ministro de Agricultura del gobierno Valencia, organizó la 'operación maíz'. En la historia del país, fue la más grande producción del grano. Como alcalde de Bogotá, durante el gobierno Lleras Restrepo y para preparar la visita del papa Paulo VI, inició la modernización de la ciudad".

Doña Carolina recordaba una emocionante sesión en Naciones Unidas durante la cual el presidente Barco pidió apoyo de la comunidad internacional para luchar contra la droga. "En esos momentos, Colombia padecía la ola de terror desatada por el narcotraficante Pablo Escobar. Por orden suya mataban candidatos, militares, policías, gente inocente del montón. Cuando Virgilio terminó de hablar del problema colombiano, todos, en Naciones Unidas, se pusieron de pie y lo aplaudieron durante varios minutos. Y emoción semejante produjo su discurso en Londres sobre el mismo tema. La señora Thatcher, como primera ministra de Gran Bretaña, le impuso una condecoración para resaltar la labor de Virgilio".

Recorriendo con ella su bonito apartamento, vi la pequeña escultura, en bronce, que los alcaldes del mundo le dieron en Madrid al presidente Barco por su lucha contra la droga. Y en la biblioteca, cubiertas de libros todas las paredes, tenía un retrato al óleo del general Santander, pasión histórica del presidente. Él consideraba que esa herencia no era exactamente recordada y él la exaltaba.

Y observé, en una pequeña vitrina, dos coronas de plumas. "Es un obsequio de las comunidades indígenas del Putumayo al presidente, para agradecerle la cantidad de tierra que les adjudicó.

En La Chorrera hubo una ceremonia, para devolver esas tierras y para que Virgilio explicara su política ambiental y en favor de los indígenas. Entonces, se les entregó el resguardo más grande del mundo".

Dejando para el final los recuerdos de su propia tarea, doña Carolina me dijo: "Es difícil saber cómo reacciona la gente. Critica mucho a las primeras damas, prefiere que no aparezcan mucho, que no intervengan, que no suenen. Pero hay casos, como el de Nydia Quintero, a quien la gente aprecia, porque ella hace una enorme labor humanitaria. No creo que haya reglas de comportamiento para la esposa del presidente. Todo depende de la personalidad de cada una. A mí no me gusta aparecer. Tal vez a otras les guste.

En cuanto a mi trabajo como primera dama, me gustó ver la felicidad de la gente a la que ayudamos. Ver el progreso de los niños. Era emocionante encontrar en regiones muy apartadas tanta gratitud, tanto cariño".

Como, por ley, la primera dama presidía la junta directiva del ICBF, entidad con filiales en todo el país, doña Carolina escogió ocuparse de los niños desnutridos, menores de 5 años. "Supe que había 1'500.000 niños desnutridos y que ICBF solo podía atender 250.000. Entonces se me ocurrió que podría multiplicarse lo que, con mucho éxito, hacían unas amigas en Suba. Organizaron un grupo de madres que, por una remuneración, cuidaban los hijos de sus vecinas, para que estas pudieran salir a trabajar. Con el doctor Benítez, director del ICBF, multiplicamos un programa similar. Con el visto bueno de las comunidades, seleccionamos seis lugares del país y las madres mejor capacitadas para atender a los niños.

Se acondicionaron las casas para instalar a los pequeños y el ICBF se encargó de suministrar alimentación balanceada para combatir la desnutrición. Organizados los hogares y comprobada la buena acogida, le pedí al senador Víctor Renán Barco que nos ayudara con una ley para dejar financiada la obra. Él me hizo una indagatoria exhaustiva. Quería estar seguro de que la obra valía la pena. Cuando no tuvo dudas, consiguió que, para financiar los hogares, se dedujera 1 por ciento de las nóminas. En cuatro años logramos atender 750.000 niños. Ese programa, llamado 'Madres comunitarias', el más grande del ICBF, me dio enormes satisfacciones. Les prestamos atención a los niños, se generó empleo; mujeres humildes se hicieron importantes y en sus comunidades se volvieron influyentes. Fue muy satisfactorio saber que la obra siguió creciendo".

Al lado de su esposo, doña Carolina Isakson de Barco fue admirable representante del país. Sobresalía en todos los escenarios, porque era linda, elegante, inteligente. Era buena tenista, tocaba piano, le gustaban la música y los conciertos. Como sabía de arte y tenía buen gusto, dirigió la decoración de la Casa de Nariño, cuando llegó como inquilina.

Duele mucho el reciente fallecimiento de doña Carolina. Duele hablar de los esposos Barco en pasado. Queda la satisfacción de saber que ambos hicieron mucho por Colombia y por los colombianos.

Lucy Nieto de Samper
Especial para EL TIEMPO

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