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'El 'Cano' que yo conocí': Enrique Santos Calderón

'El 'Cano' que yo conocí': Enrique Santos Calderón

El ex director de EL TIEMPO recuerda los dos encuentros que sostuvo con el comandante de las Farc.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de diciembre 2011 , 08:39 p. m.

Me enteré hacia las 9 de la noche en un restaurante del barrio Soho, de Nueva York, por la súbita algarabía en español de una mesa vecina. "¡Lo mataron, no joda, mataron a 'Cano' ", gritaban pegados a sus celulares dos jóvenes, obviamente colombianos.

Me acerqué sorprendido y escéptico (pensaba en las cien muertes de 'Tirofijo') y, mientras brindaban ruidosos, llamé a Bogotá. Confirmado: el CTI había practicado definitiva prueba dactilar.

La noticia me impactó y me puso a pensar -mucho- en las dos veces que estuve con 'Alfonso Cano', el curioso nombre de guerra que adoptó Guillermo Sáenz Vargas cuando pasó de la Juventud Comunista a las Farc. Y el hecho de que un estudiante bogotano de Antropología (intenso pero festivo, según sus compañeros de la Nacional) haya terminado de sucesor de 'Tirofijo' refleja la peculiar historia de una guerrilla esencialmente campesina en su composición, dogmáticamente estalinista en su formación y rígidamente jerárquica en su organización.

'Cano' fue en ese sentido víctima de su antigüedad. El mechudo intelectual de grandes gafas no llegó a la cúpula por tropero o estratega militar, sino porque hacía 29 años ya estaba en el monte y fue insertado desde entonces en el organigrama directivo del 'Seckretariat' por su mentor, 'Jacobo Arenas', el comisario político que en los años 60 les envió el Partido Comunista a las incipientes Farc, para impartirles a esos campesinos en armas una sólida orientación marxista-leninista.

Aunque todo guerrillero sabe que se juega la vida, no creo que 'Cano' hubiera imaginado su final. Ni que le tocaría calzar las botas de 'Tirofijo' en el peor momento de las Farc. Ni terminar como terminó: marginado y maltrecho, huyendo con desespero del implacable acoso militar. "Herido, ciego y solo", según palabras del arzobispo de Cali.

La segunda y última vez que lo vi, a mediados del 2000, en la zona de despeje del Caguán, 'Alfonso Cano' era la personificación de la arrogancia triunfalista que en ese entonces proyectaban las Farc, cuando manejaban a su antojo un territorio más grande que Suiza, que les había cedido Pastrana, tras los duros reveses sufridos por el Ejército. Por las sabanas caguaneras desfilaban orondos ante las cámaras miles de guerrilleros en relucientes uniformes. Sus jefes recibían la romería de centenares de personajes nacionales y extranjeros, ansiosos de presentar sus improvisadas propuestas para la paz de Colombia. Las interminables sesiones eran transmitidas en directo por los canales oficiales a un país anhelante, pero cada vez más incrédulo.

"El Establecimiento es una torre de Babel", me dijo burlonamente 'Cano' en aquella ocasión. Frase despectiva y no del todo desacertada. Era casi obsecuente la peregrinación de funcionarios, políticos, diplomáticos, empresarios, con sus respectivas fórmulas para salir del conflicto. Luego del desaire de 'Marulanda' a Pastrana al inaugurarse los diálogos la famosa 'silla vacía', tenía algo de surreal y patético el espectáculo de 'Jojoy', 'Reyes' y compañía, sentados, fusil en mesa, con sus inermes y atolondrados interlocutores.

Tres años duró el frustrado experimento y las Farc terminaron pagando caro su cinismo y prepotencia.

Primer encuentro

Quince años antes de ese último encuentro, conocí a 'Cano' en Casa Verde, durante los diálogos de paz del gobierno de Betancur, cuando era una discreta figura que giraba en la órbita de 'Jacobo Arenas' (Luis Morantes), la eminencia política de las Farc, un personaje locuaz y avasallante.

Apenas me bajé del helicóptero en ese paraje montañoso que luego sería bombardeado por el gobierno Gaviria, 'Arenas' me echó el ojo y exclamó: "¡Santicos, tenemos que hablar!". En el último año y medio, me había enviado varias 'cartas abiertas' a nombre del secretariado, polemizando con mi columna 'Contraescape'. Nos encerramos largo rato en un cuartico de la gran empalizada donde se adelantaban los diálogos, y me contó que se había iniciado en política con las Juventudes Liberales de Santander y prestado servicio militar en el Guardia Presidencial durante el gobierno de Eduardo Santos. "Ese sí era un demócrata; no como su papá y su tío Hernando, que son unos fachos", me dijo en su habitual tono socarrón.

Grandilocuente y punzante, siempre con llamativas bufandas, gafas negras y cachucha de cuero, a 'Jacobo Arenas' le fascinaban la política y la polémica. Se veía quizás en el Congreso, o arengando a las multitudes en la plaza de Bolívar, pero el ideólogo de las Farc ya estaba atrapado por la guerra, y en su vida, como en la de su movimiento, lo militar primó sobre lo político. Era tan vehemente como carretudo, y en las reuniones de Casa Verde, en desarrollo de los Acuerdos de La Uribe, condenó enérgicamente el secuestro como instrumento de lucha. Al igual que 'Manuel Marulanda', aunque las Farc nunca dejaron esta infame práctica.

El helicóptero no pudo despegar por mal tiempo y esa noche 'Jacobo', que sabía empinar el codo, invitó a un pequeño grupo a seguir la discusión al calor de unos tragos. Era el verdadero anfitrión de esos encuentros, el que echaba el discurso y trazaba la línea (más que 'Marulanda', que no era de francachelas ni locuacidades). 'Alfonso Cano' fue el único del secretariado que asistió y ahí fue donde lo pude conocer, cuando 'Jacobo' lo dejaba hablar. Logramos dialogar durante un buen rato y se me grabó su inflexible vehemencia ideológica, condimentada con un sarcasmo parecido al de su mentor.

La figura omnipresente fue 'Arenas' (cuya muerte, en 1990, dejó un vacío político en las Farc), y de aquella noche un tanto alicorada en ese remoto páramo guardo un recuerdo apenas difuso de 'Cano'. Lo volví a ver mucho después, cuando me hizo saber que quería hablar conmigo en la zona de distensión del Caguán, pero al margen de los diálogos oficiales. Y allá llegué el 14 de junio del 2000, en vuelo de Satena con escala en Neiva, a San Vicente del Caguán, un pueblo bullicioso e hirviente donde no había duda de quién era la autoridad armada.

'Iván Ríos' (Manuel Jesús Muñoz), el de la mano cercenada, hombre del entorno íntimo de 'Cano', me recogió en su moderno jeep en una heladería en las afueras del pueblo y me internó 50 minutos monte adentro, al son de los ritmos revolucionarios de Radio Resistencia, la voz de las Farc en la región. En el trayecto, me di cuenta de que 'Ríos', un paisa universitario de 30 y pico de años, era un leninista puro y duro.

Llegamos cayendo el sol a un campamento rodeado de trincheras, el cambuche de 'Cano', y unos guerrilleros muy jóvenes me ofrecieron café mientras llegaba el 'camarada', que estaba en la hora del baño. 'Cano' apareció como a la media hora con el pelo mojado de agua de río y olor a jabón.

Segundo 'round'

No había cambiado mucho en apariencia: barbudo, con su mirada desconfiada tras grandes gafas y siempre irónico. Me comentó que yo había perdido mucho pelo y que los dos libros que le llevé, Adiós, muchachos, de Sergio Ramírez, y La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, eran de autores 'reaccionarios'.

Nos reunimos en su selvática biblioteca, donde no faltó el esencial estimulante etílico. 'Cano' tomó coñac y yo whisky, y conversamos largas horas. Intensas, casi sin interrupción y sin acuerdos.

Yo le hablé de derechos humanos y de la iniquidad del secuestro, del clima de odio y derechización que habían generado, de la bandolerización y narcotización. Él insistió en el Plan Colombia y los gringos, la barbarie paramilitar, el canje y el papel 'guerrerista' de los medios. Y, claro, en el exterminio de la Unión Patriótica, tema que pesa hondo en la conciencia (aunque no culpable) de las Farc.

Intransigente hasta la médula, no aceptó que la sociedad colombiana estaba hastiada de sus excesos y dispuesta a elegir a quien más los combatiera. Tampoco se mostró entusiasmado por los diálogos en curso, de los cuales parecía marginado. Pero por voluntad propia, como lo confirmó luego de su muerte su hermano, el concejal Roberto Sáenz, quien dijo que nunca creyó en ellos. Por eso, se recluyó en su cambuche y solo asistió a reuniones por órdenes directas de 'Marulanda'.

En medio de la conversación, ya bajo un cielo estrellado, apareció entre la manigua un guerrillero curtido, menudo y atlético, 'Pablo Catatumbo' (Jorge Torres Victoria), hombre de confianza de 'Cano', quien se sumó a la reunión y aportó comentarios siempre agudos.

'Cano' anunció que a las 8 comeríamos cerdo, yuca y papa en el cercano salón comunal de su campamento, donde había televisión satelital de impecable imagen. Comenté que a esa hora transmitían la gran pelea estelar de boxeo entre Óscar de la Hoya y Shane Mosley, y 'Catatumbo', quien había sido boxeador aficionado en el Valle del Cauca, propuso que la viéramos. Lo apoyé de inmediato. 'Cano' aceptó a regañadientes, pero luego terminó entusiasmado con la pelea, apostándole al negro Mosley por encima del 'niño lindo' De la Hoya ("no sabe nada de boxeo", me susurró 'Catatumbo').

Regreso a la oficina y a más discusión, hasta que, bien entrada la noche, otro bienvenido receso: guitarra al hombro, llegó un compositor de célebres vallenatos de las Farc, 'Cristian Pérez' (Luis Vanegas), un costeño afable y corpulento, médico de profesión, dirigente del 'movimiento bolivariano' que impulsaba 'Cano', y quien durante la siguiente hora soltó un variado repertorio de sus canciones sobre luchas, muertes y amores. Me impactaron la carga sentimental y la ternura de una sobre las madres de los guerrilleros.

Asociar sentimentalismo y ternura con las Farc puede sonar incongruente, cuando no ofensivo, pero el hecho es que son tres generaciones de colombianos, esparcidas por toda la geografía nacional, enraizadas a su manera violenta con la historia del país, que han desarrollado un movimiento complejo y algo parecido a una cultura propia, con sus mitos y sus mártires. Me impresionó, en todo caso, el calor humano que irradió ese costeño talentoso, que en un momento dado se esfumó tan sigilosamente como había llegado. Años más tarde, me enteré de que 'Cristian Pérez' había muerto en un combate en la cordillera Central.

La noche moría y la discusión seguía viva. Ante las reiteradas pullas a los medios, le propuse a 'Cano' que escribiera una columna en EL TIEMPO con todas sus críticas. Me aseguró que nunca la publicarían, pero un mes después, la envió. Se publicó, y le mandé a decir que escribiera otras, porque a la opinión le interesaba saber de boca suya qué era lo que querían las Farc. Dijo que lo consultaría. No lo hizo, o no lo autorizaron, y fue lo último que supe de él.

Poco antes de despedirnos, me soltó una pregunta inesperada: si debía aceptar un debate con Carlos Castaño que le había propuesto RCN Televisión. Le dije que lo hiciera, si no quería que el jefe paramilitar que tanto lo obsesionaba acaparara los medios. Pero ya tenía su decisión tomada: "Yo no me rebajo a hablar con ese carnicero".

Comenzó a clarear y era hora de partir. 'Iván Ríos' había quedado tumbado por el sueño y 'Catatumbo', el amante del boxeo, comentó que la charla había sido un verdadero "pugilato verbal". 'Cano' me despidió con caldo de carne y un gesto que le agradecí: una Budweiser helada, que sacó de su nevera.

Un 'maltrecho Frankenstein'

Me tocó regresar por tierra en carro expreso de San Vicente a Florencia para tomar el vuelo a Bogotá, y en las tres horas de carretera, pasando por esos pueblos caqueteños que han convivido con las Farc -Puerto Rico, Doncello, Paujil-, pensé en el personaje que acababa de dejar. Tan implacable y rígido, pero a la vez amable, humorístico y vital.

Un antiguo compañero suyo de la Juventud Comunista me lo definió en días pasados como una combinación de gocetas buen bebedor y mujeriego con sectario estalinista en lo político. Tal vez, prefirió que lo mataran a reconocer la derrota de una visión del mundo, del país y del ser humano. No sé, pero quizás era una persona incapaz de vivir en la incertidumbre del mundo actual. De vivir sin 'religión'.

Prefiero pensar que a 'Alfonso Cano' le cabía la paz en la cabeza. Por su trayectoria y formación intelectual, tenía que entender que había llegado el momento de asumir la responsabilidad histórica de dejar las armas y fortalecer la democracia. De mirar alrededor y ver lo que ha sucedido en estos años en su país y en América Latina, en el Tíbet o en el País Vasco...

Pero no quiso, o no se atrevió a jugársela. Quizás porque tampoco pudo mandar sobre el "maltrecho Frankenstein" (frase de Américo Martín) que le correspondió liderar. En todo caso, nunca correspondió como se esperaba a los gestos de un gobierno que sí pensó que con él había la posibilidad de concretar una negociación política.

Habrá que ver qué sucede ahora con las Farc bajo el liderazgo del veterano 'Timochenko', quien ya ha hecho varios pronunciamientos de novedoso tono erudito y literario. Si el estilo es el hombre, podría resultar más propenso a una salida política que su antecesor.

Pero, más que un cambio de retórica, las Farc tienen que demostrarle al país con hechos que sí piensan asumir su responsabilidad histórica. Liberar a todos los secuestrados y reconocer que las armas no son al camino serían pasos contundentes.

Cuando lo hagan, se facilitará, seguramente, el marco constitucional que abra salidas legales para quienes quieren hacer política sin sangre en las manos. Mientras tanto, ver para creer. Y seguir en lo mismo.

Enrique Santos Calderón

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