¿En la era del quinto sol?

¿En la era del quinto sol?

30 de noviembre 2011 , 03:19 p. m.

Un tardío interés en la obra del compositor Carlos Chávez (México, 1899-1978) me puso en inesperado contacto con la mitología del pueblo mexica que construyó un imperio en la meseta central de Mesoamérica y, al mismo tiempo, también sin proponérmelo, me llevó a las investigaciones del etnólogo Jacques Soustelle (Francia, 1912-) sobre los pueblos prehispánicos.

El año 1921 fue definitivo en la evolución de la carrera artística de Chávez, sobre todo, por su vinculación con el entonces secretario de Educación pública de México José Vasconcelos (1882-1959) a quien se reconocen sus esfuerzos a favor del desarrollo del entorno cultural del país en las primeras décadas del siglo XX.

Entre otras cosas, Vasconcelos apoyó la actividad de artistas como Rivera, Siqueiros y Orozco en su empeño de construir un legado pictórico que cristalizó en los legendarios frescos cuyos argumentos de alcance social activaron una corriente de identidad testimonial en América latina. Ese año -hace ya nueve décadas- Vasconcelos encargó a Chávez la composición de la música para una coreografía de temática azteca que bajo el título de El fuego nuevo se constituyó en la pieza inicial de su segundo período de composición que se prolongará hasta 1928.

Las obras escritas en ese lapso evidencian el aumento progresivo de su conocimiento técnico puesto al servicio de sus medios de expresión en la búsqueda de una música de raíz intrínsecamente mexicana. Desde 1912, Manuel María Ponce había preconizado su preferencia por la música criolla y mestiza, al mismo tiempo que se declaraba en contra de las manifestaciones musicales indígenas.

Chávez, quien había recibido clases de piano de Ponce, se manifestaba por el contrario atraído por las expresiones nativas que había conocido en la región náhualt de Tlaxcala que desde los tiempos del imperio azteca había logrado conservar su aristocrática independencia.

Chávez había asimilado la esencia de la música vernácula, y la composición de El fuego nuevo le proporcionó la ocasión de crear un discurso musical propio basado en elementos temáticos indios, libremente inspirado en su espíritu, en el marco de una estructura orgánica pero liberada de la yuxtaposición errática de materiales más o menos heterogéneos.

"De golpe -escribió Chávez en 1954- y sin que previamente hubiera yo escrito  nada parecido, escribí El fuego nuevo, por la fuerza subconsciente  de las influencias recibidas". El argumento de la partitura se refiere a la ceremonia ritual del mismo nombre que era tal vez la más significativa entre todas las fiestas que se celebraban en el Anáhuac y, que en cierto sentido, sintetizaba el espíritu de la civilización azteca.

Al final de cada siglo indígena que tenía una duración de 52 años, se celebraba la fiesta del fuego nuevo sobe la cima del monte Uixachtécatl -Cerro de la estrella- durante la cual se "ataban" los años. La última de ellas tuvo lugar en 1507 bajo el emperador Moctezuma II Xacoyotzin (El joven) poco antes de la llegada a México de las huestes de Hernán Cortez. La civilización mexicana estaba entonces en pleno auge.

No había transcurrido un siglo desde cuando el primero de los grandes soberanos aztecas, Itzcatl, había inaugurado la triple alianza de la que México-Tenochtitlán había pasado a ser capital. "Allí -escribe Soustelle- en el valle central dominado por volcanes cubiertos de nieves eternas, en las orillas de las lagunas y sobre el agua misma  de ellas, se constituyó en unas cuantas décadas el poderío más extenso que jamás conociera esta parte del mundo".

De acuerdo con la mitología azteca, al final de cada período existía el temor de que ocurriera una catástrofe en el día llamado Cuatro temblor, en el que los terremotos destruirían al Sol y de que los tzitzimime -estrellas y planetas- convertidos en demonios y fieras espantables, descenderían a la tierra para devorar a los hombres. Al aproximarse el término de cada ciclo el pánico se hacía presente ante la imposibilidad de predecir el momento en que ocurriría el esperado fin del mundo.

Entonces, las gentes imploraban a los dioses clemencia, celebrando la ceremonia que significa atadura o enlazamiento de muchos años, para que se les concediera el fuego nuevo. A la caída de la tarde del último año del siglo, luego de haber extinguido el fuego del antiguo altar- el pueblo se dirigía hacia el templo situado en el Cerro de la estrella cerca a Ixtapalapa. Esperaban allí hasta medianoche. Si la estrella denominada Yohualtecohtli -probablemente Aldarabán o alguna de las Pléyades- pasaba su curso por el cénit, ello constituía el augurio favorable de que el sol aparecería al día siguiente para combatir a los poderes nocturnos.

Se sacrificaba entonces a un prisionero y sobre su pecho se encendía el fuego nuevo con una varita encendida muy parecida a la que utilizan los indios lacandones de la región noroeste de México. Ellos también,  en nuestros días, tienen por seguro que cuando la estatua decapitada del dios Atch-Bibar recupere la cabeza, ocurrirá el fin del mundo y los jaguares vendrán a devorar a los hombres.

El fuego nuevo de Carlos Chávez es una pieza de media hora de duración escrita para coro femenino y orquesta. La primera orquestación de 1921 no correspondía a las intenciones del compositor y, por ello, no llegó a ejecutarse. La versión definitiva es de 1927, y se estrenó tres años después en el teatro Arbeu de la capital mexicana en un concierto de la Orquesta Sinfónica de México.

A la nutrida orquestación, Chávez incorpora instrumentos antiguos y modernos de las culturas indias del país: teponaztlis agudos, güiros, tambores, sonajas, bombo, cascabeles, un grupo de ocarinas que resuenan en una textura armónica épica y premonitoria.

El pintor Agustín Lazo elaboró los bocetos de los trajes y el escenario cuyo entorno recrea la cima y los dos últimos cuerpos de una pirámide azteca, mientras una iluminación ascendente de verde, azul y violeta alcanza la máxima claridad en el rojo y el amarillo de la última danza.

En este escenario que algunos críticos han comparado con el desarrollo de la ópera La mano feliz (1912) de Arnold Schöenberg, guerreros, el Gran sacerdote y un grupo mixto de hombres y mujeres celebran el nacimiento del fuego nuevo con una danza final que acompaña la orquesta con un motivo claro y despierto en su sonoridad.

De acuerdo con el compositor, "...no busqué 'melodías indias'; todo en esa pieza es de mi invención; la expresión, pensaba yo, tendría que darla el espíritu de la música. El fuego nuevo fue un cambio brusco e inesperado de cuanto yo había hecho antes".
Lejos de imaginar un mundo estable y confiable que lograra existir en todo tiempo o que hubiera sido creado de una vez para siempre  hasta su más lejano fin, el pensamiento del indio azteca concebía al ser humano, "descendido" en una universo frágil, sometido a las consecuencias de un devenir cíclico que cada vez determina una catástrofe.

Nuestro universo, según creían los antiguos mexicanos, es el Quinto sol de una serie. Cuatro soles lo han  precedido. Sus jeroglíficos están grabados en la gran piedra del calendario azteca en las cuatro ramas  del signo ollín que significa movimiento o temblor de tierra: jaguar, viento, lluvia, agua.

Cinco años después, Chàvez se empeña en la composición  de dos nuevas piezas para danza de más  amplias dimensiones coreográficas: la Sinfonìa de baile H.P. a la que posteriormente añadió el título definitivo de Caballos de vapor y Los cuatro soles cuyo argumento se enlaza con los significados cósmicos de El fuego Nuevo.

Antes de eso, Chàvez había viajado por Europa y los Estados Unidos, había compuesto una serie de breves piezas rigurosamente condensadas, de estilo áspero, sin concesiones a la sonoridad expresiva en las cuales el compositor empieza a consolidar la integración de tres influencias fundamentales en su música: la herencia barroca de J.S. Bach, el impresionismo de Debussy que había estudiado a profundidad y las músicas criollas indígenas y mestizas de su país.

En 1923 escribe el conjunto de piezas para piano rotuladas con el título genérico de Polígonos las cuales, a pesar de la sugerencia abstracta de alcance geométrico, poseen una esencia màs bien dramática en la riqueza de contrastes. A este período también pertenecen los dos cuadernos de Exágonos para voz y piano y pequeño grupo instrumental sobre poemas  de Carlos Pellicer de seis versos cada uno.

Son canciones de marcado tono objetivo que, en algunos episodios parecen acercarse en su factura armónica a procedimientos atonales: además, la Sonata para violìn y piano y una singular partitura pianística titulada 36 cuya mejor cualidad es su acento nervioso, irónico e incisivo. De acuerdo con Roberto García Morillo, "afirmada la técnica de su estilo mexicano", Chávez vuelve a intentar las grandes formas sinfónicas d y coreográficas.

Los cuatro soles -ballet indio para coro femenino y orquesta- de nuevo se refiere a las etapas anteriores a la aparición de hombre, separadas entre sí por la irrupción de cataclismos de diverso origen. La idea le vino al compositor de su observación de cuatro pinturas originales que hacen parte del Còdice Vaticano.

En ellas cuales se describe la destrucción del mundo por la acción del agua, viento y hielo, y  fuego, siendo la cuarta El Sol  -o edad- de Tierra que coincide con la llegada de los españoles al territorio mexicano en el siglo VXI, La música de Los cuatro soles en versión sinfónica se estrenò en un concierto de la Sinfónica de México en febrero de 1930 en el Teatro Iris de la capital mexicana. Dos décadas después, en 1951, se hizo posible la presentación escénica con coreografía de José Limón y el cuerpo de baile de la Academia de danza mexicana.

En el programa de mano de la función de estreno, Chávez afirma que el ballet "no es descriptivo ni informativo en el sentido arqueológico o antropológico". El argumento es apenas el pretexto para la escenografía de Miguel Covarrubias en la que las pirámides del Códice Vaticano se traducen a una expresión plástica actualizada. "La música de Los cuatro soles -escribe el compositor- es una expresión sinfónica que traduce... las marcadas singularidades de la música indígena mexicana -austera, obstinada y geométrica- con un sentimiento de profundidad y una emoción personal ante los cuatro elementos que designan los cuatro soles mexicanos".

La partitura de la pieza, en la cual Paul Rosenfeld destaca "una lejanía objetiva y aristocrática", es una de las más singulares en el catálogo del compositor. La arquitectura es sencilla y lógica, alternando las danzas principales de movimiento impetuoso con breves interludios de tiempo más pausado. AL igual que en la partitura de El fuego nuevo, la instrumentación se complementa con  numerosos elementos percutidos de la tradición india de México; la danza titulada Sol de tierra es, tal vez, la que ha logrado mayor difusión en el repertorio sinfónico y es, a la vez, el único fragmento de toda la pieza en la que Chávez utiliza motivos autóctonos originarios, esta vez  de los indios mazahuas.

En la primera década de este azaroso siglo XXI, cataclismos de todo tipo coinciden en su dramática incidencia con las premoniciones del Quinto sol de los aztecas: catástrofes nucleares, terremotos, inundaciones, huracanes, sunamis, incendios forestales, hambrunas, guerras, masacres y violaciones.
El presente es cada vez más oscuro e improbable. Es imperativo que un necesario ritual inaugure para los sobrevivientes del planeta tierra la luminosidad de un fuego nuevo. ¡Quién o a  quién debería sacrificarse para hacerlo brillar como pensaban nuestros antepasados prehispánicos?

Por Carlos Barreiro Ortiz
Música inspirada en la mitología azteca.

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