La miseria intelectual

La miseria intelectual

14 de noviembre 2011 , 02:32 p. m.

Con ocasión de la muerte de 'Alfonso Cano' se repitió algo que se había convertido hace años en un lugar común entre los comentaristas de la actualidad colombiana: 'Cano' era el intelectual de las Farc. Esto hace obligatoria la redefinición de lo que entiende por un intelectual un mundo confuso, en angustia entre el delirio codicioso, la ambición de poder y la gula del éxito. Empleamos las palabras con ligereza empobreciendo el lenguaje y el mundo al mismo tiempo.

El zapatero remendón necesita hacer complejas combinaciones intelectuales entre el aprendizaje y la maestría tanto como un poeta. Pero el intelectual moderno fue convertido en un animal más intrincado que los antiguos miembros del mester de clerecía, desde que se dejó embelesar por la trampa del compromiso marxiano cuyo gran teórico fue en el siglo XX el francés Jean Paul Sartre. Después de las grandes aventuras intelectuales del siglo XX, del desafuero del anarquismo romántico, el sofisticado infierno estalinista y las teorías atrabiliarias de los ideólogos del nazismo y el terrorismo ramplón de 'Cano' que prolongó el desorden, el XXI pide en la figura del intelectual un personaje más humilde y discreto, con menos humos, que sepa permanecer frío, al margen de la acción, para pensar el mundo con objetividad, y hacer las preguntas pertinentes sobre la naturaleza, las cosas y los seres. Las brumas del dogma y el estruendo de la dinamita ciegan y entorpecen.

Me moví desde la adolescencia en los círculos intelectuales. Y conocí almas admirables como Aurelio Arturo, Fernando González, Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo Escobar, capaces de asumirse con modestia. Y que optaron por un saludable ostracismo desde el cual crear una obra e iluminar la existencia con sus hallazgos de retirada. Pero fueron aves raras. La norma era la miseria de las pequeñas pasiones y la obcecación de los adoradores incorregibles de alguna cartilla, inhábiles para enfrentar la incertidumbre que implica siempre la pesquisa por el conocimiento. A veces cerebros brillantes, pero tan estrechos que decía un amigo mío que no les cabía ninguna duda. Con frecuencia admiradores del trajín criminal de 'Cano'.

La apariencia de magnanimidad encubría casi siempre un vistoso funámbulo más cerca de la vanidad que del desprendimiento, que a veces compensaba una malformación del carácter más propicia para el análisis sicoanalítico que para la crítica de las ideas. Antes el intelectual padecía su condición y bendecía su soledad. Hoy fue remplazado en la academia y los partidos por una constelación de estrellas gaseosas que reciclan pólvoras de viejos prejuicios, acomodados en la corrección política, lo manido, lo anquilosado.

Si 'Cano' era el intelectual de la pandilla de forajidos más vieja y desesperanzadamente absurda del mundo moderno entiendo que gonzaloarango declarara que estaba fuera de las capillas de los intelectuales, que era de otra raza, que el nadaísmo era una revolución al servicio de la barbarie. Si los frutos del intelectual moderno son muchedumbres de muchachos sin piernas en los pabellones de los hospitales militares, escuelitas de indios en cenizas y un montón de colombianos encadenados por décadas en la manigua, mártires de la inteligencia del humanismo, comparemos a Hitler con Dante, a Pablo Escobar con Nabokov, y aceptemos que un intelectual es una cosa muy mala y peligrosa, que abandona en su fuga una caja de dientes, unas gafas, metáforas de la miopía de su genio, y La Madre de Máximo Gorki, aunque prohibía en su harem de campesinas la lectura de la Biblia.

Cuando la comandanta Teodora en la Plaza de Bolívar lo homenajeó como "mártir de la soberanía", expresó la falta de soberanía que ejercen sobre su desenfreno verbal ciertas lideresas cuando exponen para ellos y ellas la avilantez intelectual, o en el mejor caso la irresponsabilidad a la hora de usar las palabras.

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