¿Fin de la historia?

¿Fin de la historia?

Por Pierre-Henri Tavoillot

notitle
03 de noviembre 2011 , 04:35 p. m.

Los debates llegan a su madurez cuando las posiciones más extremas dejan de oponerse frontalmente para tratar de identificar lo que hay de convincente en la argumentación contraria. Es posible que estemos viviendo (¡por fin!) ese momento crucial en lo que se refiere a la polémica, sin duda, más importante de los últimos veinte años: la "disputa sobre la globalización".

Su origen coincide con la caída del muro de Berlín y el cambio de la concepción del mundo a que dio lugar. La representación geopolítica estructurada en dos polaridades -Este/Oeste y Norte/Sur- fue sustituida por otra más compleja pero también, posiblemente, más homogénea: el Este se había inclinado de pronto hacia el Oeste, y el Sur empezaba a despuntar en el Norte.

El debate geopolítico se encontró profundamente modificado. Hay que recordar la rapidez y la intensidad con que el tema de la 'globalización' se difundió entonces en el espacio público. Ahora bien, en conjunto, la percepción de este cambio de paradigma se encuadraba entre dos grandes tesis convergentes, nacidas casi al mismo tiempo en los pasillos de la politología estadounidense: la tesis del 'fin de la historia' (Fukuyama, 1989) y la del 'choque de civilizaciones' (Huntington, 1993).

La tensión de la polémica fue tal que las dos opciones, pese a estar defendidas por espíritus sutiles, matizados e informados, se convirtieron rápidamente en caricaturas, es decir, en consignas. Poco importa aquí la fidelidad a las tesis de autores que ganan siempre cuando se leen y releen: las fórmulas los superan y suministran balizas prácticas que delimitan lo que acaba convirtiéndose en campo de batalla de la polémica.

Por el lado del fin de la historia tenemos la constatación del triunfo innegable de Occidente, es decir, del capitalismo y de la democracia de los derechos humanos, que se consideran el horizonte insuperable de nuestro tiempo. A partir de ahí, la historia debe leerse como la convergencia más o menos rápida, más o menos accidentada, hacia el polo irresistible de la globalización al estilo occidental. Más unidad, más paz, más prosperidad: todas las fuerzas antagónicas, todos los residuos de conflicto están como condenados de antemano por la marcha implacable de ese progreso. Por el lado del choque de civilizaciones se anuncian, por el contrario, nuevos conflictos bajo la aparente homogeneidad de un mundo presuntamente pacificado.

Por detrás de la unanimidad de fachada, vemos el formidable renacimiento de las entidades históricas, las únicas verdaderas, que la guerra fría había adormecido temporalmente: las civilizaciones. Occidente contra el islam, Asia contra Europa: las viejas actrices vuelven y, con ellas, la profecía lanzada por Oswald Spengler en 1917, la decadencia de Occidente. Después del paréntesis comunista todo parece darle finalmente la razón, aunque nos guardemos de invocar su recuerdo: las civilizaciones son unidades biológicas, cerradas en sí mismas, con un nacimiento, un desarrollo y una muerte. La única relación posible entre ellas es una lucha sin cuartel ni diálogo.

Convergencia contra choque; postura triunfalista contra obsesión por la decadencia: las posiciones estaban bien definidas e incluso tuvieron algunos efectos geopolíticos notables. ¿Dónde estamos veinte años después? Es verdad que tuvimos el 11 de septiembre de 2001 y la crisis de septiembre de 2009 para recordar que la historia no había terminado en absoluto; pero, por eso mismo, nada indica que la globalización se haya agotado. A pesar de las crisis y las críticas, el modo de vida occidental, hecho de libertad, seguridad y consumo, sigue siendo codiciado y, cuando es posible, copiado, tanto en los mejores aspectos como en los peores. Es verdad que hay estrategias diferenciadas de modernización que se consolidan y tratan de encontrar un equilibrio entre necesidades, por una parte, y tradiciones e identidades por otra. Pero ello provoca una ruptura brutal, salvaje y destructora; o bien una resistencia tenaz.

¿Qué desaparece? ¿Qué (re)aparece? ¿Qué se reestructura? Después de veinte años de debates y sobresaltos, se echa en falta una especie de balance de la 'globalización'. Esto explica el deseo del Collège de Philosophie de organizar, en colaboración con el Eurogroup Institute, una serie de sesiones de trabajo (entre noviembre de 2008 y abril de 2009) sobre el problema de las relaciones entre 'cultura y globalización'.

Para ello era de rigor seleccionar a los invitados: Hervé Juvin y Gilles Lipovetsky acababan de publicar sendas obras de importancia que contribuían a renovar el debate sobre la globalización: Juvin, 'Produire le monde'; Lipovetsky, 'La culture-monde'. Al leerlas, se diría que las diferencias entre dos grandes interpretaciones enfrentadas ya no eran, sin desaparecer, tan frontales; dejaban un espacio para el intercambio de ideas e incluso podían hacer fecunda la confrontación para la comprensión del presente. Es esto lo que ha motivado este libro. Es evidente que no estamos al final de la historia de esta polémica, pero tampoco se trata ya de un choque... Y el libro se encarga de demostrarlo.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.