Jamaica descanso de verdad

Jamaica descanso de verdad

Jamaica, un lugar para desconectarse de todo y dejarse atender plácidamente.

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21 de octubre 2011 , 07:37 p. m.
El árbol centenario está tupido con decenas de caras, como pequeñas criaturas florecidas de su cosecha. Son máscaras de madera que cuelgan de gruesas raíces con la figura de los rastafaris: hombres de espesas barbas de chivo y cabelleras enredadas en gruesos lazos de pelo añejo, que parecen serpientes atrapadas en trenzas; las más vistosas (y más vendidas) son las que simulan el rostro del legendario cantante jamaiquino Bob Marley.

¿Where are you from?, pregunta el artesano que las vende, desde los 10 dólares, con una pipa apagada en la boca y una sonrisa generosa. Colombia, respondo. Welcome to Jamaica. In Jamaica, ¡No problem, my friend! Aunque en esta isla tienen su idioma local, casi todos hablan inglés (y se reciben dólares).

A pocos metros me topo con un rastafari de verdad, escondido entre arbustos, huyendo de las miradas curiosas de los turistas. Sentado en una piedra, talla un rostro de madera que podría ser el suyo.

El árbol enmascarado, tan robusto como una columna romana, se impone en la entrada de las cataratas del Dunn River, en la ciudad de Ocho Ríos, cerca de una feria artesanal donde los visitantes compran recuerdos.

Entro al río y el agua fría refresca los pies en un día soleado; dan ganas de pegarse a la fila de viajeros que escala las rocas de las cascadas, pero no hay mucho tiempo. Cuando desde el avión descubrí el mar que baña a Jamaica, que se funde en el horizonte con un cielo que se pinta de naranja o púrpura al atardecer, pensé que este lugar es para entregarse al descanso absoluto, sin afanes, obedeciendo al lema que pronuncian los jamaiquinos con gracia natural y que se convirtió en su principal mensaje de promoción turística: ¡Jamaica, no problem!

Aterrizamos en Montego Bay, cuyo aeropuerto, desde al aire, se ve como un hilito de arena. Una comitiva nos recibe al ritmo de reggae y en 20 minutos arribamos al Iberostar, un resort que es una pequeña ciudad en la que se encuentra de todo, como para no irse nunca.

Sé que la agenda será apretada, así que descargo las maletas y voy de inmediato a la playa del hotel. La arena es diminuta, suave y tibia. El mar es fascinante: sus colores viajan por todos los tonos del azul y del verde, con la pureza del cristal. Hasta el agua fresca del océano parece sumarse al relax total que se respira en la isla: su oleaje es escaso, tranquilo, apenas ondula suavemente con la brisa.

Nadando con delfines

El sol nace al fondo del océano infinito. El plan de hoy: nadar con delfines en el complejo turístico de Dolphin Cove, en la ciudad vecina de Negril, a una hora de camino. Pero antes de contar esta experiencia, una aclaración. Si va por las carreteras jamaiquinas, no piense que los conductores se enloquecieron. En esta isla de 2,7 millones de habitantes es regla conducir por la izquierda, y esto causa cierta impresión.

Desde la ventana, los carros que adelantan el bus parecen conducirse solos (manejan del lado derecho). La bienvenida la dan dos camellos de tranquila actitud, como todo en Jamaica. Se puede dar un paseo en uno de estos animales, pero prefiero el plan inicial. Ya en el agua, los delfines nos rodean, bailan y sueltan un agudo chillido que suena a carcajada.

La entrenadora les ordena darnos besitos en la mejilla y luego van por cada uno de nosotros. Me sujeto de las aletas del delfín asignado, no tan fuerte para no lastimarlo, y rápidamente me lleva a la orilla. Aunque el hotel tiene una animada discoteca, esta vez quisimos descubrir la rumba urbana de Montego Bay, conocida como la capital jamaiquina de los resorts. Hay que salir en taxi -pedido en el hotel-.

No es recomendable buscar transporte en la carretera y siempre hay que andar en grupo si la idea es salir de noche. Llegamos al Margaritaville, un bar colorido donde el Dj anima la fiesta metido en las fauces de un tiburón de fibra de vidrio, y adornado con una avioneta que se mueve levemente entre luces de neón. Los isleños bailan con sensualidad y nos invitan a seguirlos en sus coreografías de hip hop, el ritmo que se impone.

El reggae se escucha, sobre todo, como música de ambiente en restaurantes, hoteles y playas. Imposible moverse como ellos. "Es como hacer el amor", le dice uno de los bailarines a la periodista mexicana Laura Llerena. Se acaba la rumba y salimos derecho para el hotel; no es recomendable prestarles atención a los nativos que a altas horas de la noche ofrecen de todo a los turistas, incluso -hay que decirlo-, la famosa hierba jamaiquina.

Desde la llegada,advierten que comprar o consumir marihuana es ilegal. "Eso es para los rastafaris, que la fuman libremente porque hace parte de sus creencias", explica Allana Faustin, nuestra guía. Al día siguiente arribamos a las playas de Negril, conocidas como las Siete Millas; destino idílico para los recién casados y escenario de películas como La laguna azul.

Los artesanos venden pulseritas de hilo verde, amarillo y negro (la bandera nacional), gorras con trenzas, ceviche y artesanías de madera, al igual que mochilas y camisetas con la estampa de Bob Marley y con la emblemática leyenda: 'No problem'. Se escucha la famosa canción One love, que en su coro dice 'let's get together and feel all right' (juntémonos y pasémosla bien), de Bob Marley, invitando a bailar y a no hacer nada más que disfrutar el momento.

De ahí nos dirigimos al hotel Sandals, a una fiesta en la playa. Hay grupos de reggae por todos lados, bailarines, personajes carnavalescos que escupen fuego, jamaiquinas hermosas ataviadas con trajes folclóricos. Es fiesta y hay mucho para comer y beber. Comienzo con un ron puro, es preciso probar el famoso ron de jamaica; de ahí pasamos a una parrillada sabrosa; hay picaditas de mariscos, de comida española, mexicana e italiana.

Y, claro, de pollo jerk, platillo jamaiquino por excelencia, a base de un guiso picantico. Se come muy bien en Jamaica, también hay que reconocerlo. Y la buena atención es otro atributo del país. Luego de los estragos normales de una noche de fiesta, salimos rumbo a una aventura no apta para cardiacos en Mystic Mountain, en la ciudad de Ocho Ríos.

El ascenso a la escarpada y verde montaña, de 220 metros, se hace en grupos de tres, en teleférico. Desde las alturas el paisaje es un lienzo azul por donde se deslizan veleros y yates; mar sereno e inspirador. En la cima hay una feria de artesanías y un restaurante con vista al océano.

El plan: descender la montaña en bobsled, una suerte de trineo que se resbala rápidamente por una montaña rusa, igual que en la película Jamaica bajo cero, que contaba la historia del equipo jamaiquino que participó en los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary, en 1988. Me subo al mío, emocionado; el vehículo se impulsa con una palanca y en pocos segundos logra una velocidad impresionante.

El viaje empieza a agonizar, con mucha nostalgia. El grupo de periodistas ha sido muy unido. Partimos al día siguiente muy temprano, así que esta noche no habrá fiesta; además, el cuerpo ya no aguanta más baile. Ya es de noche y decidimos descansar en los camastros alrededor de la piscina del hotel.

Pedimos Red Stripe, la cerveza jamaiquina más consumida, y compartimos historias mientras contemplamos un cielo estrellado, con una promesa común: hay que volver, a entregarse al ocio absoluto que en Jamaica es todo un arte.

Próximamente,sin visa

En la reciente feria turística Japex, realizada en Montego Bay, se anunció que próximamente se levantará la restricción que les exige visa a los colombianos para ingresar a esta isla. "La noticia puede surgir a cualquier momento", dijo John Lynch, director de Turismo de Jamaica, quien explicó que los gobiernos de ambos países adelantan negociaciones con este fin.

Sin embargo, hasta que no haya un anuncio oficial, los colombianos deben solicitar visa para ir a Jamaica en la embajada de este país en Bogotá. Teléfono: 612 33 96.

José Alberto Mojica Patiño

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