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'El miedo a la muerte me conturba'

'El miedo a la muerte me conturba'

Apuntes sobre la muerte, parte de 'prólogo con premoniciones', que abre 'hitch-22'.

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"En algunos sentidos, la fotografía que me muestra con Martin y James es del "difunto Christopher Hitchens". En todo caso, es de otra persona, o de alguien que en realidad no existe en la misma forma corpórea.

Las células y moléculas de mi cuerpo y cerebro se han sustituido y han disminuido (respectivamente). El joven relativamente esbelto que miraba el futuro se ha metamorfoseado en una persona bastante corpulenta que sabe, con pena pero también con resignación, que cada día representa cada vez más y se sustrae de cada vez menos.

Mientras escribo estas palabras, tengo exactamente el doble de la edad del chico de la imagen. El placer ocasional del paso de los años -mirar hacia atrás y reflexionar sobre lo lejos que ha llegado uno- es rápidamente modificado por la idea que surge inmediatamente después, sobre el relativo poco tiempo que queda.
Siempre supe que había nacido en una lucha que iba a perder, pero ahora lo 'sé' de una forma más objetiva y subjetiva que entonces. Cuando el obturador se cerró en París esperaba y trabajaba por el derrocamiento del capitalismo.

Cuando me senté a escribir esto, después de que con el capitalismo me fuera algo mejor de lo que nunca esperé, los mercados financieros se habían desplomado, casi el mismo día en que cumplía 59 años y medio, y por tanto podía utilizar mis "fondos para la jubilación" administrados por Wall Street. Mi viejo marxismo regresó mientras contemplaba el "trabajo muerto" que se había acumulado en esa cuenta, lo veía despilfarrado en una victoria del capital financiero sobre el capital industrial, observaba la vieja dicotomía entre valor de uso y valor de cambio, y veía de nuevo la victoria de los monopolistas que 'hacen' dinero sobre aquellos que solo tienen el poder de ganarlo.

Decididamente, era interesante encontrarme actuarialmente extinto en el último trimestre del mismo año que también me había 'eliminado' desde un punto de vista más literario y artístico. Ahora poseo otra fotografía de esa misma visita a París, y demuestra ser un apuntador proustiano todavía más fuerte.» 

»Tomada por Martin Amis, me muestra junto a la ravissante Ángela, en el exterior de una pastelería que parece encontrarse bastante cerca de la rue Mouffetard, elogiada en la primera página de 'París era una fiesta'. (¿Es posible que la caja que llevo en la mano contenga una magdalena?) De nuevo, la persona que aparece no soy yo mismo. Y hasta hace poco no habría podido darme cuenta, pero ahora veo claramente lo que mi mujer discierne en cuanto a lo nuestro.

"Te pareces muchísimo a tu hija", exclama. Y así es, o más bien, para ser justos, ella se parece a mí, o al menos a como era entonces. El siguiente comentario es también más evidente para ella que para mí. "Lo que de verdad pareces -dice tras una pausa- es judío". Y en algunos sentidos lo soy -aunque el concepto de 'aspecto' judío me molesta un poco-, como explicaré. (También explicaré por qué el chico de la foto no conocía su origen judío.)

Todo esto también es un atisbo de la mortalidad, porque no hay nada que nos haga pensar más en nuestra inminente extinción que el crecimiento de nuestros hijos, a quienes hay que hacer sitio, y que de hecho son el único indicio del matiz de una esperanza de inmortalidad. Y sin embargo sigo aquí, decidido a seguir adelante.

De los muchos rostros que fueron bellos y hermosos en el catálogo, una dolorosa cantidad pertenece a antiguos amigos (el maravilloso ilustrador y caricaturista Mark Boxer, el encantador pero frágil Amschel Rothschild, el adorable personaje de sociedad y derrochador -y medio hermano de la princesa Diana-, Adam Shand-Kydd) que murieron mucho antes de alcanzar mi edad actual. Las noticias de otras partidas todavía no habían llegado hasta mí. "Nunca habría creído que la muerte hubiera deshecho a tantos".

A lo largo de mi carrera, me las he arreglado para asumir casi cualquiera de las tareas que se le pueden pedir al gacetillero, desde ser un corresponsal aficionado en el extranjero hasta sustituir al crítico de cine, pasando por escribir editoriales polémicos a contrarreloj. Sin embargo, puede que haya empleado mal la palabra 'asumir' más arriba, porque hay dos trabajos que nunca he podido realizar: cubrir un acontecimiento deportivo y escribir el obituario de una persona viva.

El primer fracaso se debe a que no tengo el menor conocimiento o interés por los deportes, y el segundo a que -pese a que estoy firmemente convencido de no ser supersticioso- no puedo, ni siquiera a cambio de dinero, escribir sobre el fallecimiento de un amigo o colega antes de que la lechuza de Minerva haya desplegado sus alas y yo sepa que la oscuridad ha llegado de verdad.

Me atreveré a decir que alguien, en algún lugar, ya ha escrito mi necrológica provisional. (Stephen Spender estaba en casa de W. H. Auden cuando este último recibió una invitación del Times para escribir la necrológica de Spender. Se lo dijo en el desayuno, preguntándole con aire pícaro: "¿Hay algo que te gustaría que dijera?" Spender pensó que eso no era el momento de decirle a Auden que ya había escrito su necrológica para el propio editor del mismo periódico).

Varios directores de los observatorios de la muerte me han rogado en distintas ocasiones que haga lo mismo para Edward Said, Norman Mailer y Gore Vidal -por citar nombres que se repetirán si te quedas conmigo-, y siempre he tenido que rechazar la oferta. Pero ahora me encuentras aquí, intentando construir mi propio puente, si no desde la mitad del río, al menos a cierta distancia de la orilla.

El periódico de hoy lleva la noticia de la muerte de Edwin Shneidman, que dedicó toda su vida al estudio y la prevención del suicidio. Se refería a sí mismo como "tanatólogo". La necrológica, repleta de la pseudoironía que tanto le gusta a la profesión casi moribunda del periodismo diario impreso, se cierra con estas palabras: "Morir es una cosa, quizá la única, de la vida que no tienes que hacer -escribió Shneidman-.

Quédate por aquí el tiempo suficiente y estará arreglado sin que tengas que hacer nada". Un escritor más refinado podría haber observado la relación con unos celebrados ripios de Kingsley Amis: Tengo algo que decir a favor de la muerte: / no obliga a dejar la cama, y es una suerte. / A cualquier parte, estés de pie o tumbado / llega hasta ti sin cobrar recargo. Y, sin embargo, no puedo aplaudir ese admirable fatalismo.

Personalmente, quiero 'hacer' la muerte en voz activa y no pasiva, y estar allí para mirarla a los ojos y estar haciendo algo cuando venga a buscarme. Examinando la lista de todos los amigos que la Parca se había llevado, el gran bardo escocés William Dunbar escribió su Lament for the Makers a principios del siglo XVI y terminó cada estrofa de duelo con las palabras Timor mortis conturbat me. Es un estribillo casi litúrgico -"El miedo a la muerte me angustia"- y no confiaría en nadie que no haya sentido algo así.

Pero imagina lo nauseabunda que resultaría la vida, y qué rápidamente, si nos dijeran que no tendría fin... Para empezar, yo no tendría ningún incentivo para escribir estos recuerdos. Incluirán algún relato sobre las varias veces que podría haber muerto y sobre las veces en que estuve a punto de hacerlo. La mención de algunos de los nombres que ha citado hace que me pregunte si, sin que yo fuera consciente de ello, me he convertido retrospectivamente en parte de un 'grupo' literario o intelectual.

La respuesta parece ser afirmativa y, por tanto, prometo ofrecer algún relato sobre cómo los 'grupos' no se forman deliberadamente ni se construyen, sino que, como dijo Oscar Wilde, "sencillamente ocurren". Jano es el nombre que le dieron a los romanos a la deidad tutelar que vigilaba las puertas y, por tanto, miraba hacia los dos lados.

Las puertas de sus templos se mantenían abiertas en tiempos de guerra, el momento en que las ideas de la contradicción y el conflicto reinan con más naturalidad. Las guerras más intensas son las guerras civiles, del mismo modo que los conflictos más vívidos y desgarradores son internos, y lo que espero hacer a continuación es dar una idea de cómo es luchar en dos frentes al mismo tiempo, intentar mantener ideas opuestas vivas en la misma mente e incluso mostrar dos caras distintas al mismo tiempo.

Christopher Hitchens Inglaterra (1949-)
Escritor y periodista británico, nacido en 1949, y a quien se diagnosticó cáncer el año pasado. Entre sus obras: 'El juicio a Henry Kissinger', 'La victoria de Orwell', 'Cartas a un joven disidente', 'Dios no es bueno', 'Dios no existe', 'Amor, pobreza y guerra'.

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