Secciones
Síguenos en:
París era una fiesta

París era una fiesta

notitle

    "Hemingway acababa de terminar dos cuentos sobre boxeo y, si bien Gertrude Stein y yo pensamos que eran bastante potables, creíamos que aún necesitaban cierta elaboración. Le hice unas bromas a Hemingway sobre su novela en preparación y nos reímos mucho y nos divertimos, y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz." Es un aparte del cuento Memorias de los años 20, que hace parte de la colección de relatos Getting Even, publicada por Woody Allen en 1971. En ese cuento, un personaje innominado departe de igual a igual en Europa con personajes como Picasso, Scott Fitzgerald, Matisse, Man Ray, Dalí y T. S. Eliot. No sabemos quién era este hombre que se atrevió a boxear con Hemingway, pero luego de ver Medianoche en París (2011), es posible pensar que hasta haya sido Gil Pender, un guionista californiano de Hollywood, con aspiraciones de novelista, que está de visita en París.

    Hasta ahí nada extraño. Sin embargo, hay un detalle que no he mencionado y que es la sorpresa que nos tiene reservada Woody Allen respecto al peculiar encuentro entre Gil y los escritores de 'La generación perdida' de los años 20. Hay algo de magia, de cuento de hadas en todo esto, que a nadie debe extrañar: la fantasía y lo sobrenatural son elementos orgánicos en la prolífica obra fílmica de este director. Se trata de un recurso que Woody utiliza con fines escapistas y liberadores, tal como hemos visto en filmes como La rosa púrpura del Cairo, Alice, Scoop o la reciente Conocerás al hombre de tus sueños.

    En Medianoche en París, el componente fantástico es central. No solo le sirve como preciosa anécdota, sino además como homenaje a una ciudad, una época y un grupo de artistas -escritores, pintores, cineastas- que él idealiza. Ese es el concepto básico: idealizar. Llegar a poetizar y embellecer una situación que no alcanzamos a vivir y que suponemos mejor que un presente que se antoja anodino. Desde la añoranza todo se ve mejor de lo que fue, parece decirnos Woody, un hombre que siempre ha vivido al tanto del pasado artístico, al que ve con respeto y admiración. Sin embargo, ahora en el otoño de su vida, nos invita a no desdeñar el presente, sino a mejorarlo, a hacerlo digno del recuerdo en el que algún día se convertirá.

    Gil (actuando como álter ego del director) logra entender esto luego de pasar por una experiencia que ninguno de nosotros vivirá. Supo que París era una fiesta hace 90 años, pero que en sus manos está que siga siéndolo -para él- ahora.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.