ALFONSO FUENMAYOR REDIVIVO

ALFONSO FUENMAYOR REDIVIVO

Diez años hemos vivido ya sin Alfonso Fuenmayor, el escritor, el amigo y compinche de García Márquez, el de la prosa fina y clara, el que hizo su primer poema a los 15 años, motivado quizá por el ambiente literario que se respiraba en casa, cada vez que Porfirio Barba Jacob o Jaime Parra, o Clemente Manuel Zavala, o todos juntos, o tantos otros, visitaban y se ponían a conversar durante horas y horas con su padre, el gran cuentista costeño, José Félix Fuenmayor.

25 de septiembre 2004 , 12:00 a.m.

Alfonso nació el 23 de marzo de 1917, estudio Filosofía y Letras en la Javeriana de Bogotá, empezó su carrera periodística con una nota deportiva, fue jefe de redacción del semanario Estampa y 26 años editorialista de El Heraldo, donde comenzó publicando una columna titulada Aire del día que firmaba entonces con el seudónimo de Puck, sacado de La tempestad, de Shakespeare.

El, quien poseía un conocimiento profundo de los clásicos griegos y latinos, conoció a Gabriel García Márquez en 1949 y se convirtió en su consultor y compinche literario más cercano hasta su fallecimiento.

Una especie de hermano mayor. Se llevaban más de diez años. Fueron juntos al que sería el primer festival vallenato en 1967. Hablaban de los libros que conseguían, discutían significados, se regalaban diccionarios y gramáticas, se pedían favores que sólo se atreve uno a pedirle a los amigos, esperaban con ansiedad su presencia y sus cartas.

La literatura universal sabe ya que -junto a Germán Vargas, Alvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez- Alfonso Fuenmayor es uno de los cuatro muchachos despotricadores en Cien Años de Soledad, esos que beberían y hablarían de todo con Aureliano Babilonia en el Macondo de los últimos días y que, como en la realidad, estarían unidos por el afecto y el magisterio del sabio catalán; esos que, así en la vida como en la novela, empezaban sus charlas en una librería y las terminaban en los burdeles.

Liberal disciplinado, senador de la República, miembro del Grupo de Barranquilla, Alfonso Fuenmayor poseía una sabiduría devastadora, pero tenía la ventaja de que no se le notaba. Como lo recuerda Ramiro De la Espriella, era el maestro, guía y conductor de la tertulia y orientador literario. Tras su fino olfato seguía la audiencia de este grupo de gente en grado sumo inteligente que devoraba libros, conocía las grandes obras del cine y se burlaba abiertamente de la falsedad de ciertos presuntuosos intelectuales .

Para Alfonso, el buen periodismo pertenecía a la literatura. O mejor, la literatura pertenecía a la crónica, como género narrativo. No es posible -decía- que pueda darse un buen periodista sin una base literaria, sin un conocimiento de la prosa, sin un manejo fácil del idioma. De manera que a mí nunca se me ha dado por coger una actividad y dejar la otra .

Nunca escribió novelas pero dejó traspapelados algunos cuentos en sus gavetas. A pedido de Carmen Balcells, la agente literaria de García Márquez, Alfonso escribió en los ochentas sus famosas 13 crónicas sobre el Grupo.

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