Modelia, un barrio cerca al aeropuerto

Modelia, un barrio cerca al aeropuerto

Carlos Castelblanco Pinedo narra cómo el barrio en el occidente de Bogotá se ha transformado desde los años setenta.

16 de junio 2008 , 12:00 a.m.

Cuando llegué a Modelia tenía dos años, y allí viví hasta que cumplí veinticinco. Mi familia, como muchas otras que habitaron el barrio en aquellos años -finales de los setenta-, venía de ciudades de la zona cafetera como Armenia, Pereira, Manizales, también venían familias de Boyacá, de la Costa Atlántica, y llegaron a Bogotá: la ciudad del progreso, la ciudad de los buenos colegios y de las universidades, la ciudad de un futuro próspero, respetable, y llegaron a Modelia. Llegaron familias jóvenes a un barrio de estrato cuatro, un barrio con la m de Mazuera, un barrio de parques y senderos peatonales, de casas estilo californiano -originalmente, porque después vendrían reformas al gusto propio, rompiendo la uniformidad-.

El barrio comenzó gravitando alrededor de la iglesia y de un centro comercial -que son algunas manzanas dedicadas a locales comerciales- gravitando alrededor de Cafam Modelia, de la carrera ochenta, de la panadería de la esquina y de las misceláneas que vendían regletas, cuadernos y nuestro barrio comenzó haciendo compras en los pequeños mercados de esquina -donde Mario, donde Tato-, y comenzó haciendo bazares de vecinos para recoger plata y sembrar pinos, cerezos, cauchos sabaneros y poblar de rodaderos y columpios los parques de nuestro barrio, barrio de niños y de vecinos que se visitaban en las casas.

Modelia quedaba lejos de todo, lejos del centro, lejísimos del norte, lejos del sur; Modelia en esos años setenta y ochenta fue como una dimensión desconocida en una ciudad tan fragmentada como Bogotá -un barrio sin cines, sin teatros, sin discotecas, sin librerías, sin tiendas de discos, sin museos, sin ningún referente urbano, sin nada que distinguiera a este nuevo barrio-, "Modelia es un barrio que queda cerca al aeropuerto" decíamos para ubicarlo en la ciudad. Barrio de clase media alta, de familias que se fueron empobreciendo y comenzaron a abrir negocitos en el garaje de la casa -alquileres de películas Beta, arreglo de electrodomésticos- o de familias que comenzaron los años noventa vendiéndole sus casas a una nueva vecindad que llegó del sur de la ciudad, de los barrios de esmeralderos y llegaron a Modelia a reformar las casas, a construir con hierro forjado -puertas, ventanas-, a rehacer el barrio con una nueva estética de terrazas con virgencitas, de antejardines con enanos que empujan carretillas y hongos de colores que se iluminan en la noche, llegaron estas nuevas familias a reformar relaciones y hábitos- asados en plena calle los domingos, torneos de microfútbol jugados por los "patriarcas" de cada casa, carros y más carros mal parqueados sobre los andenes-.

Pero antes de este cambio definitivo, del que Modelia no se repondrá, los muchachos de las familias venidas de la provincia y que no encontraban fácilmente su lugar en esta nueva realidad urbana, esos jóvenes aburridos de tanto parque y tanta televisión, de pronto, a comienzos de los años ochenta se organizaron en pandillas temibles que pelaron contra otros jóvenes de otros barrios: Fontibón, Pasadena, La Esmeralda, Nicolás, Unicentro, Alhambra, Galerías y siempre triunfaron y se llenaron de gloria y los mitificamos, sus historias de peleas épicas aún hoy andan de boca en boca: leyendas de valor, de destreza con los puños y las manoplas, jóvenes héroes de nuestro barrio, aburridos y malos -los perros del comercial, los gatos del parque de Cafam, los Gora, los Mejía, los Infante...-jóvenes bien vestidos, ignorantes, brutales.

En ese suburbio con ínfulas, en ese enclave cultural y sociológico crecimos generaciones de hombres y mujeres que sabemos andar mejor la ciudad que nuestros padres, hombres y mujeres que perdimos la cordialidad natural del provinciano, el deseo de conocer al otro y ser su amigo. Crecimos en parques, de noche y de día, en los que nos enamoramos, bebimos, nos insultamos, crecimos subiéndonos a árboles más altos que los techos de las casas, montando cicla y jugando yermis; crecimos siendo sureños en el norte y "picaditos" en el sur, crecimos y muchos ya no podemos volver a ese barrio deshecho por el comercio, a esa nostalgia que nos atraviesa como una navaja de pandillero. En ese barrio de clase media, raro, nunca contado, tuve amigos entrañables, a los que quise ciegamente y a los que perdí, hoy son tan sólo fantasmas.

Por Carlos Castelblanco Pinedo.

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