Columnistas
09 de julio 2020, 09:25 p. m.

Mental

Es el arte, el humor y la solidaridad lo que se necesita en estos días de embates a la salud mental.

Con ustedes, cuatro meses después, el punto cero: el punto de la pandemia, digo, en el que se corre el riesgo de perder la cabeza. En la bruma del aislamiento se viven a fuego lento las fases que, según los psiquiatras, se encaran cuando se viene una catástrofe: miedo e impotencia ante la amenaza, negación, solidaridad de ventana a ventana, desilusión, orfandad, duelo, pero todo es aún más duro para la salud mental porque –en vez de vivir esta vida nueva que vamos a ver cuál vida es– se sigue esperando y esperando y esperando la reconstrucción del viejo mundo, y cada vez se ve más lejos. 

A estas alturas de la peste, mientras crece el número de muertos y se ven tan lejos el fútbol y el ciclismo, ya hay resistentes, insomnes, violentos, kamikazes y traumatizados, y las redes y las primeras planas parecen plagadas de bombas de tiempo.



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Qué tal las fiestas para contagiarse del virus: “Apuesto que ese imbécil se contagia primero que yo”. Qué tal la virulencia tan inútil de estos días. Qué tal las patologías sociales –el machismo, el racismo, el clasismo, el segregacionismo, en fin– que en estas semanas se han recrudecido como retiñendo una lamentable vocación a la lapidación, a la aniquilación: “Con ustedes, cuatro meses después, la especie”. Creería uno que es la peor época para el narcisismo o para la megalomanía, porque estamos muy viejos para eso, pero los pequeños Trumps de cada esquina, que han menospreciado las amenazas de la enfermedad, y han abierto las ciudades antes de tiempo, y han sido testigos de la violencia que niegan, siguen pisoteando a quien ose decir que el mundo no gira alrededor de ellos.



Es lo que se predijo: la hora de la pandemia en la que tanto los gobernantes como los gobernados no querrían oír hablar del encierro, “ya no doy más”, sino creer que ya pasó.



O sea que es la hora de fijarse, ventana a ventana, en la salud mental. Nunca ha sido nuestro fuerte, no: una nota de EL TIEMPO del miércoles cuenta que hace cien años se denunciaba la estrechez e insalubridad del asilo de los locos. Y si algo ha sido perturbador de esta interminable guerra nuestra que nos sigue reduciendo a “país de machos” –y quizás lo pienso porque han vuelto los urgentes “Diálogos para la no repetición” de la Comisión de la Verdad– es cómo nos ha hecho despreciar, como “cosas de mujeres”, el papel que cumplen la imaginación, el drama, la ficción, la memoria, la terapia psicológica, en suma, en el desmonte de esta violencia que ha sido una segunda lengua: es justo eso, el arte, el humor, la solidaridad, lo que va a ser necesario en estos días de embates a la salud mental de cada quien.



A estas alturas, cuando ya nadie canta la pegajosa cancioncita del coronavirus, hay gritos de auxilio, plegarias, “eternos reposos” por computador: “Dale Señor el descanso eterno...”. Hay médicos dándose la bendición en salas de cuidados intensivos. Hay curas sosteniéndoles las manos a los enfermos en el Amazonas. Hay tenderos, mensajeros, taxistas, porteros, aseadores, cocineros, reparadores jugándose las vidas por las vidas de unos cuantos afortunados –que pueden seguir trabajando en sus casas– a quienes solo se les está pidiendo fortaleza mental para cuidarse, para hallarle el sentido a esta vida nueva sea cual sea, para servirles de vuelta a los defensores de sus suertes. Una vez más allá arriba, en el viejo organigrama, poco respaldo va a darse. Una vez más todo va a estar en nuestras manos. Y yo creo que vamos a lograrlo.



Aquí, o sea en Colombia, nos ha gustado siempre el fútbol por su fiesta, por su multitud de acuerdo, por su suspenso semejante a la vida, pero también el ciclismo por su coraje, uno por uno, para llegar hasta el final del viacrucis sonriendo.



Ricardo Silva Romero



www.ricardosilvaromero.com