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La emotiva carta póstuma a X-504 de su amigo Jotamario Arbeláez

‘¿Es evidente que la muerte me persigue? ¿No les parece a ustedes?’.

Jotamario Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar (de blanco).

Foto:

Cortesía Jotamario Arbeláez

Querido Poe, como te bautizó Gonzalo Arango quedándote debiendo el 'ta', que sobraba. La noticia de tu apagón me cayó como un golpe de gracia. Aunque estaba frente al Mediterráneo con mi nieta de un año en los brazos recibiendo el sol de la dicha, me desplomé.

¿De qué vale vivir en el mundo si ya no está quien con sus poemas lo creaba, lo cantaba, lo descifraba? El mundo no existe solo, necesita de la palabra para afirmarse.

Desde mis 18 años comencé a leer lo que emanaban tus manos y que me contabas que lo ibas leyendo en el duermevela todas las noches de un gran libro con ribetes dorados que pasaba solo todas las páginas e ibas copiando a lápiz en una libreta diestra.

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Cuando llegaba a tu cuarto antes de que salieras a trabajar a la Administración de Impuestos, manejando esa inmensa computadora llena de deudores morosos, ni tardo ni perezoso me sentaba a tu máquina de escribir recién adquirida donde ya habías pasado a limpio esas percepciones oníricas en lo que siempre creí.



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Tanto que a veces me tendía en tu cama a ver si a mí también se me aparecía el grueso volumen. Pero, nanay. Y para qué si era el primer lector deslumbrado de esos 'Poemas de la ofensa' que fue el primer libro en grande de la poesía colombiana, por decir lo menos, porque se acepta que lo fue de la poesía en español de todos los tiempos.



En lugar de procurar imitarte, como hubiera correspondido y como traté de hacerlo más tarde, me zambullía en poemas del absurdo inconsciente a la manera de Tzara, Benjamín Peret y Prévert, que solo me viniste a aprobar cuando llegué al Santa Librada College.



Era un privilegiado con un maestro que solo me llevaba 8 años, amamantado en Blake, Whitman y Lautréamont.



En Poe, Proust, Mann y los poetas de Oriente, la mayoría de cuyos libros ahora poseo.



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Me asustaba que tu tema favorito fuera la muerte, sin percibir entonces que esas saetas que le lazabas eran la forma de conjurarla, lo que te funcionó hasta casi cumplir 90.



Como lo hizo el otro monje del nadaísmo caleño, Elmo Valencia, quien haciéndose el zen dejó sentado que “nada muere cuando uno muere”. Y se fue a esperarla en el ancianato caleño. Donde no resistió que le ofrecieran su primer trabajo, ser el director de su biblioteca.



Tú habías escrito juguetón como casi siempre que tocabas lo trascendente:



“'Para que nunca me encuentre / la muerte aquí me le escondo/Si les pregunta por mí,



digan que no me conocen”.



Le supiste hacer los quites a tu manera, escribiendo esos libros que cada vez iban escalando otro cielo.



Aparte de nuestro profeta Gonzalo, quien fundó y desenfundó el nadaísmo, y casi todos los de Medellín, se fueron de Cali Alfredo Sánchez, Diego León Giraldo, Augusto Hoyos, Elmo Valencia y ahora tú, aunque naciste en Antioquia.



Todos te lloran: Armando Romero, Jan Arb, Pedro Alcántara y Dukardo H, sobrevivientes del nadaísmo de Cali; Eduardo Escobar, del de Medellín; Pedro Blas, Álvaro Barrios y Álvaro Medina, del de Barranquilla; Pablus Gallinazo, de Santander; Patricia Ariza, Dina Merlini y Dora Franco, del de las mujeres. Aparte de la generación joven que prolifera.



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Creo que siempre me protegía tu presencia así estuvieras en otro mapa, como lo hiciste toda la vida invitándome a almorzar y dándome trabajo publicitario y consiguiéndome dormidero hasta que logré acomodar mi esqueleto. Que por cierto está tan bien como el tuyo, tal como me dijiste hace 8 días cuando te llamé a despedirme.



Voy a aguantar lo que pueda tratando de proyectar lo que queda de tu obra, como 'Entrepiernas', tus cuentos rescatados de los Sagrados Archivos. Escritos por la misma época de 'Los poemas de la ofensa'.



Me contaron que moriste solo, como viviste; encerrado en tu cuarto de baño, y que sobre la taza del sanitario exhalaste tu último aliento.



Con la noticia, frente al océano, al que también tanto cantaste cuando recibías la visita de tu ballena y del hijo de la ballena, terminé ahogado en llanto.



Y recordé tus versos de hace 60 años a los que ahora en su punto final encuentro razón:



“La Muerte me oculta las recetas del médico, me derrama la leche, me esconde las medias. / Es evidente que la Muerte me persigue. ¿No les parece a ustedes?”.



Aunque frente a tu resistencia corporal y la obra que dejas, no creo que sea para dársela por ganada. Tampoco en este caso ella tendrá predominio.



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JOTAMARIO ARBELÁEZ