Foto: José Alberto Mojica Patiño / EL TIEMPO
La catedral del Sacre Couer es uno de los sitios más concurridos por los turistas que visitan París.
Un buen abrigo, guantes y bufanda, además del romanticismo parisino, le darán el calor suficiente. Ir a París siempre es grato. Hacerlo en épocas de fin de año es un privilegio.
Visitar la capital francesa es una de las 100 cosas que hay que hacer en la vida. Pero una sola vez no es suficiente. Cada rincón parisino tiene una historia para contar. Un viaje inolvidable.
Alguien me dijo que después de ir a París podía morirme tranquilamente. Y al llegar allí, luego de atravesar el océano en un vuelo que desde Bogotá tardó 10 horas y media, le di la razón.
Sentado sobre un tapete de hojas secas, a orillas del río Sena, me imaginé en mi lecho de muerte recorriendo mentalmente los pasos caminados por la capital francesa. Y se me ocurrió que en la agonía esos momentos me podrían dar el pasaporte para pasar a una mejor vida en un hondo suspiro.
Llegué en otoño, pero parecía verano. Un sol esplendoroso iluminaba los días, y parte de la noche. No deja de ser extraño saber que son casi las 10:00 p.m. y que todo esté a plena luz.
Por estos días ya empieza a hacer frío, y en diciembre y enero habrá invierno. Pero el clima es lo de menos. Además, es un frío tolerable.
Los principales monumentos ya empiezan a engalanarse para la temporada decembrina, en la que se le rendirán honores al título de Ciudad Luz. En el sofisticado aeropuerto Charles De Gaulle abordé un tren de cercanías (el RER) que me conectó con el metro. Y en 50 minutos ya estaba desempacando la maleta.
Al día siguiente emprendí camino hacia el principal ícono de la ciudad: la Torre Eiffel, en el sector de Trocadero.
Debido a las barreras idiomáticas agucé el oído ante cualquier murmullo en español.
Me acerqué a un grupo de turistas mexicanos. Necesitaba compartir ese momento con alguien y, claro, que me tomaran la foto del recuerdo.
París es siempre maravillosa, pero es mejor tener una buena compañía.
Ya es de noche y la imponente torre de 320 metros de altura se ilumina con destellos de luces fulgurantes.
Aunque se podía ascender caminando, preferí hacerlo en un elevador con capacidad para unas 30 personas, a cambio de 10 euros (unos 29 mil pesos colombianos).
Desde las alturas se dibujaba París como la muestran en las postales y las películas: luminosa, nostálgica, romántica; como lo que es, una de las ciudades más bellas del mundo, llena de historia y obras de arte y arquitectura por donde se le mire.
Los reflejos de las luces que dispara la Torre hacia el río Sena y los barcos que lo surcan con visitantes de todo el mundo hacen imaginar que sus aguas tienen luz propia.
En el sector de Saint Michel encontré la imponente catedral de Notre Dame. La recorrí por dentro y por fuera bajo la custodia de sus aterradoras gárgolas. Parece que fueran a tomar vida en cualquier momento. Allí conocí a Wilmer Herrison, un francovenezolano que estudia historia del arte en el Museo de Louvre.
Amablemente me invitó a dar un recorrido en bicicleta. Para los parisinos son prácticamente gratis.
Recorrimos los Campos Elíseos, bordeados por frondosos y florecidos árboles que forman un marco natural que termina en el Arco del Triunfo. Seguimos el camino hacia el Museo de Louvre. "Se necesita una semana para recorrerlo", dice Herrison.
Así que aceleramos el paso para aprovechar la tarde disponible. La Mona Lisa, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia son las 'damas' más visitadas dentro del legendario palacio que hoy le sirve de sede al museo más importante del mundo.
Afuera, cerca de la pirámide que lo identifica a lo lejos, los turistas refrescan sus pies cansados en el agua fría de las fuentes, y en los jardines otros duermen, toman el sol, leen un libro o almuerzan en un improvisado pic nic.
Cómo dejar de ir al sector de Montmartre, donde la catedral del Sacre Coeur con sus cúpulas gigantescas rompe la montaña alrededor de un barrio pequeñito de calles empedradas y lleno de pintores que dibujan los rostros de los turistas por unos cuantos euros.
Si no tiene quien lo invite a dar un paseo en bicicleta, no se preocupe. París es de esas ciudades que se pueden caminar, y todo queda medianamente cerca.
Fueron seis días en total, y después de ir a los monumentos famosos decidí caminar sin rumbo fijo. Pero faltó mucho por recorrer. Por eso, aunque ya fui a París, no puedo morirme tranquilo como me lo dijeron antes de mi viaje. Algún día, si tengo fortuna, volveré.
La Ciudad Luz en Navidad
En estas épocas París se pone más bella que nunca. El río Sena con sus barcos, la Torre Eiffel y los Campos Elíseos se llenan de millones de luces de colores y pesebres, donde muchos pasan la Navidad y el Año Nuevo comiendo uvas y viendo el conteo regresivo del reloj.
En las catedrales hay conciertos gratuitos de música sacra. Y este año habrá pistas de hielo públicas en las plazas de Montparnasse y del Hotel de Ville. El cabaret Le Moulin Rouge, templo del cancán, también ofrecerá espectáculos en esta temporada. Y en los principales museos habrá exposiciones especiales.
Si usted va
José Alberto Mojica Patiño
Enviado especial de EL TIEMPO
París (Francia)
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