Foto: Archivo particular
La bahía de Nápoles, con el azul brillante del Mediterráneo. Desde allí parten cruceros de lujo.
A pesar de el desorde de esta ciudad italiana la magia de esta ciudad costera conquista a todos su visitantes.
La vista es inmejorable: desde la colina vemos un mar azul con destellos brillantes, un enorme crucero y una lancha rápida que rasga el mar. A la izquierda, una ciudad enclavada en la bahía y, al fondo, imponente y silencioso, el monte Vesubio. Estamos en Nápoles, en el sur de Italia, a unas tres horas en carro de Roma. La primera sensación es la de una ciudad sucia y caótica, pero caminarla es cautivante.
Las calles son estrechas y adoquinadas, con numerosos almacenes pequeños, entre pastelerías, pizzerías y lujosos almacenes de porcelanas. Al andar por el centro de Nápoles uno se siente transportado a otra época, de la cual vuelve súbitamente cuando una moto obliga a los peatones a esquivarla.
Se camina por la vía San Gregorio Armeno, famosa porque en sus almacenes se fabrican pesebres. Hemos pasado por la plaza del Gesú, la iglesia de Santa Clara (reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial), y edificios muy antiguos, con la ropa colgada en las ventanas.
Seguimos hasta la catedral de San Genaro, el patrón de Nápoles, donde se conservan sus reliquias y su sangre, guardadas debajo del altar. A San Genaro se le atribuyen, entre otros milagros, haber evitado que el volcán Vesubio destruyera a Nápoles, como lo hizo con Pompeya. Nápoles tiene muchos encantos. Su música es interpretada en una pequeña guitarra de cuerdas metálicas conocida como mandolina, y ha sido e inmortalizada en canciones como Santa Lucía y Torna Sorrento.
Si a esto le agregamos la comida, con la pizza Margarita hecha en horno de legna y con el típico queso mozzarela de leche de búfala, nos transformamos temporalmente en ciudadanos de Nápoles. La ciudad, sobre el Mediterráneo, es un puerto muy importante del que salen lujosos cruceros rumbo a islas como Capri y Sicilia.
De otro lado, y a una media hora en carro, están las ruinas de Pompeya y Hercolano. De la historia de Nápoles quedan castillos, como El Castell dell'Ovo (Castillo del Huevo); el Castel Capuno; el Castillo Maschio Angioino (Hombre de los Anjou), el Castel Sant'Elmo y el Palacio de Nápoles.
Nápoles tiene una personalidad especial. El bullicio de la gente, los puestos de comida al aire libre, las pizzerías en la calle, los mercados callejeros, las motos, las ropas tendidas en las ventanas, las iglesias, la pizza y la música.
Nápoles es mágica y misteriosa. Hay que conocerla, caminarla y entenderla, pues, como dicen los italianos: "Si conociste a Nápoles ya te puedes morir".
José Hernando Bayona
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