Foto: Guillermo Gómez / EL TIEMPO
En Playa Blanca, al borde de la laguna de Tota, es común ver a los bañistas que se quitan la ruana para entrar al agua... a 3.100 metros sobre el nivel del mar.
Bien podría ser una playa en el Caribe, pero al levantar la mirada y descubrir las montañas alrededor uno recuerda que en realidad está en pleno corazón del país.
Es Playa Blanca, un lugar sorprendente a donde se llega después de atravesar el tapete de retazos verdes que hacen los sembrados boyacenses de papa y cebolla.
Está ubicada en el marco de la laguna de Tota, conocida como el mar interior, pues con sus 20 mil hectáreas es la más grande del país y la tercera en Suramérica.
Para encontrarla hay que subir hasta los 3.100 metros de altura, donde predominan los campesinos de ruana y sombrero que le dan al paisaje un toque inverosímil.
Pero también hay bañistas que, tentados por el agua, deciden hacer de la ropa interior un traje de baño improvisado, pues son pocos los que creen real la posibilidad de encontrar una playa blanca en lo alto de la cordillera oriental.
Los que logran despojarse del frío hacen castillos y se entierran en la arena. Y los que no, acuden a un refugio con techo de paja desde donde se observan las tonalidades cambiantes del agua mientras el cuerpo se calienta con el sabor de un chocolate espumoso.
Otros, más aventureros, pueden dedicarse a cabalgar frente a la laguna. Y otros más, sencillamente, se sientan a disfrutar del paisaje, que no es nada convencional.
Sin saber cómo ni cuándo, la tranquilidad del lugar se apodera del cuerpo y las emociones. Y al cerrar los ojos, el viento y el silencio se convierten en alimento espiritual, que puede digerirse mientras se da un paseo por los municipios que bordean el agua.
Desde Aquitania (el reino de la cebolla), puede tomarse una embarcación para ir hasta alguna de las tres islas de la laguna, donde hay opción para acampar o pescar. Allí también es posible tomar clases de buceo o practicar deportes náuticos, como si se tratara de alguna playa con brisa de mar.
Más hacia el norte se encuentra Tibasosa (la tierra de la feijoa), un pueblo de gente amable que hace de su carácter la mejor arma de atracción turística. Allí la quietud que se respira convoca a viajeros que buscan refugio en el verdor de las montañas y el silencio del campo, mientras los hoteles prescinden de la televisión y la radio para facilitar el contacto de los huéspedes con la naturaleza.
Ejemplo de ello es la Hacienda Suescún, un hotel colonial ubicado en la carretera que comunica al municipio con Sogamoso, cuyos jardines imponentes y decoración austera le dan al turista la invaluable posibilidad de alejarse del mundo material. Ya en esa onda de relajación, el siguiente paso es dejarse consentir por las aguas termales de Paipa, la primera ciudad turística del oriente del país.
En el sitio, un circuito hidrotermal con jacuzzi, cama de burbujas, baño de lodo y duchas de acupuntura lo hace olvidar las tensiones de la ciudad. Ese lugar, hasta donde llegan turistas extranjeros en busca de tranquilidad, es también un reconocido centro de convenciones y congresos desde donde se divisa el lago Sochagota de fondo.
Ese espejo de agua tuvo en junio pasado su propia celebración: el primer Festival del Lago, realizado para llamar la atención sobre la relevancia ecológica, deportiva y cultural de este lugar. Y es justamente ese un renglón importante de la vida del boyacense, marcada por la historia indígena y la música popular.
Si usted va
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www.aquitania.gov.co
Teléfono: (8)7794315 / 7794118
CAROLINA LANCHEROS
REDACTORA DE EL TIEMPO
PLAYA BLANCA (BOYACÁ)
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