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Tucumán, un escenario igual o más hermoso que la tradicional Patagonia

Foto: Pedro Carrizo

La provincia de Tucumán ofrece historia y aventura, un destino para ver paisajes insuperables.

En esta provincia se consolidó la independencia argentina en el siglo XIX. Pero la 'revolución' sigue: ahora es un destino para ver paisajes insuperables en el Valle de Tafí.

Jerónimo Critto es uno de los guías de este territorio.

Sobre su caballo, que monta con simpleza al punto de parecer guiar con la mente, me dice que debo concentrarme en el paisaje. Y como si la naturaleza siguiera sus órdenes, el sol sale con fuerza y borra de un tajo el frío del invierno. Las montañas se dibujan en el horizonte y me instalan por momentos en tierra de gigantes y el cielo guarda todas sus nubes y se transforma en un inmenso tapiz azul intenso.

Critto bordea los 50 años y por eso ya está acostumbrado a la dureza de los caminos de herradura. Parte de su vida la ha pasado a espaldas de la ciudad y por eso lleva con seguridad a los viajeros a descubrir los senderos del Valle de Tafí, un paisaje considerado por los argentinos como 'la joya de la corona' de Tucumán, la provincia más pequeña pero más densamente poblada de Argentina.

Critto para su caballo sin inmutarse en medio de una quebrada para decir que el valle toma el nombre de la cultura Tafí, de la que quedaron como herencia los menhires, figuras talladas en roca que aún se ven en algunas laderas. Los indígenas no desconocieron su belleza y calificaron el lugar como 'sitio de entrada espléndida'.

Hasta aquí también llegaron los jesuitas en el siglo XVIII y establecieron una industria quesera que se mantiene intacta. Los quesos aquí no se hacen por obligación ni son esencialmente un negocio, son una tradición tan estricta como la vida misma.

Su producción se concentra en un centenar de haciendas, algunas de ellas transformadas en elegantes hospedajes. Dos de los más importantes son Las Carreras, con habitaciones con vista sobre el campo, los caballos y las vacas a punto de ordeño; o Castillo de Piedra, un pequeño hotel de cinco habitaciones adornado con más de 100 nogales y una huerta biológica donde se cultivan los alimentos que se ofrecen a los huéspedes.

En Tafí, además de cabalgar, navegar en el dique La Angostura con los cerros de fondo es otra alternativa.

Su estrecha carretera de acceso, de curvas y contracurvas, también da lugar a expresiones artísticas como el Monumento al Indio, del escultor tucumano Enrique Prat Garay, una representación de seis metros de alto de los chasquis, mensajeros incas.

La nieve no está presente todo el año y la temperatura oscila entre 5 y 25 grados; y algunos picos por encima de los 4.000 metros se dejan escalar aunque el estado físico no esté muy a punto.

Volando como un cóndor

Así se abre Tucumán al viajero que quiera quemarse la vista con naturaleza y olvidarse de que el resto existe. Es fácil, porque antes de subirse a un caballo el visitante también puede volar.

Basta correr con fuerza hacia un abismo, sin persignarse y sin pensarlo mucho, para despegar en un parapente desde el cerro Loma Bola, uno de los mejores escenarios del mundo para practicar este deporte, situado a menos de una hora de San Miguel de Tucumán, capital de la provincia.

Con esa aeronave de tela y cuerdas atada a la espalda, parecida a un paracaídas, uno se siente montado en un silencioso avión, pero por instantes es posible pensar que se ha reencarnado en un cóndor, un ave que se ve con tanta frecuencia en esta región como el verde de las Yungas, la selva que está próxima a la cordillera de los Andes.

Este ecosistema es protegido con celo en la reserva Parque Sierra San Javier, de 14 mil hectáreas. Allí hay senderos de baja dificultad para ver la vegetación y lagos para pescar, ver aves o hacer un asado.

Tucumán es interminable como destino. Le sobran trabajos en telares como coloridos ponchos, alforjas, peleros y trenzados de cuero. Hay tantos platos típicos como flores. Se puede comer locro, un guiso en el que se mezclan zapallo (calabaza), maíz y fríjoles; chanfaina, preparada con sangre y menudencias de cordero; empanadas; y el charquisillo, hecho con charqui, una carne secada a temperatura ambiente algo salada.

¿Y de postre?: dulces caseros de durazno o cayote; un gaznate (similar a un dulce de leche) o también un alfajor, al alcance en cualquier esquina de San Miguel de Tucumán, una ciudad que sorprende al ver su Casa de Gobierno, un espectacular edificio de estilo francés; con el parque 9 de Julio, uno de los más grandes de América, y donde sobresale la Plaza de la Independencia adornada con la Estatua de la Libertad, de la artista Lola Mora, la primera escultora que tuvo Argentina

Allí, el 9 de julio de 1816, se consolidó la independencia del país, un suceso que se puede entender con todos los detalles dentro de la Casa Histórica, con su original Salón de la Jura que conserva la mesa donde se firmó el acta de emancipación. Fue la primera revolución de la región, que hoy lidera otra estrictamente turística que se ha abierto espacio con una frase de 'batalla': visite Tucumán, el jardín de la República.

JAVIER SILVA HERRERA
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
TUCUMÁN (ARGENTINA)

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