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Lector cuenta cómo es un paseo en globo por México

El ingeniero civil José Hernando Bayona y sus amigos se le midieron a recorrer México desde las alturas y disfrutar de una experiencia inolvidable.

El viaje comienza en México D.F. y hay tres sitios cercanos a los que nos dirigimos: Tequisquiapan, San Juan del Río (estas dos cerca a la ciudad de Querétaro) y el tercero en Apulco, estado de Hidalgo. 

La aventura se inició en este último lugar, a unas tres horas del Distrito Federal.

Hasta allí, como en todos los casos en este viaje, se llega por carro, el viernes o el sábado en la tarde, ya que el vuelo en globo está planeado para realizarse muy temprano, a la mañana del siguiente día, con el fin de evitar el viento. 

Nos advierten que en caso de lluvia o vientos fuertes no habrá vuelo. Al otro día vamos a la cancha de fútbol del pueblo, a unos 15 minutos del hotel. 

En el corto trayecto los participantes intercambiamos opiniones, todas marcadas por la ansiedad y el nerviosismo.

¡Aparece el globo!

Ya en la cancha, el globo comienza a inflarse con un motoventilador y nuestra emoción aumenta. 

Se lanzan unos globos de helio al aire para saber la dirección y la intensidad del viento antes de despegar.

Buena noticia: el viento es muy suave y podemos volar. Una vez el globo toma la forma de una pera alargada de muchos colores se prende el calentador.

Se oye un fuerte bramido y una enorme llama azul, como un gran soplete, calienta el ambiente.

A intervalos cortos, el capitán la prende y la apaga; y con lentitud el globo se va levantando hasta quedar totalmente erguido.

En ese momento nos invitan a abordar. Amanece y se ve con claridad. El sol brilla detrás de la montaña y no hay nubes.

Las instrucciones son sencillas: no debemos agarrarnos de las guayas que unen el globo a la canastilla, no hay que tener pánico y en el aterrizaje, si es fuerte, debemos amortiguar el golpe doblando las piernas.

El capitán nos muestra los instrumentos que lleva: un altímetro, un radio, un GPS, y un celular. Su sonrisa nos infunde confianza. Eso sí, nos dice que lo único que puede controlar es la altura del aparato y que él y los nueve pasajeros iremos a donde el viento lo quiera.

Sin darnos cuenta hemos despegado y estamos a 30 metros de altura. El nerviosismo y la ansiedad iniciales se transforman en una sensación de paz indescriptible.

La cancha de fútbol poco a poco se hace más pequeña, y el viento nos lleva sobre el cementerio del pueblo. "Allí están los pasajeros de otros vuelos, bromea el capitán".

El sol sigue detrás de las montañas, pero a medida que subimos lo vemos más fuerte. Estamos sobre el pueblo y ante nuestros ojos desfilan con asombrosa lentitud los patios de las casas, los techos de zinc, la cúpula de la iglesia, las calles, la carretera... 

Ascendemos a unos 800 metros, la altura máxima permitida para estos aparatos.

La vista es impresionante, los campos arados listos para sembrar, las blancas canteras de caliza comunes en esta zona, la carretera como una línea negra serpenteante y las cañadas profundas verdes de vegetación.

A esta altura el globo literalmente está quieto. La sensación de paz es sobrecogedora. No hay ruido alguno. Ni siquiera el bramido del soplete. Uno quisiera retener este momento y guardarlo en la eternidad. Es la mano de Dios la que nos sostiene.

De vuelta a la tierra

La suave brisa que empieza a soplar ni se percibe, pues viajamos en ella. Comenzamos a descender hacia una cañada llena de vegetación.

Las copas de los árboles se acercan en cámara lenta y algunos nos miramos con preocupación.

El capitán se ríe y nos comenta que le han informado desde tierra y desde otro globo sobre la dirección del viento, así que subiremos un poco para que la corriente nos acerque al punto de partida.

Volvemos por otra ruta a la cancha de fútbol de la que despegamos. Llevamos casi una hora de vuelo y, a pesar de la lentitud de las maniobras, el tiempo se ha pasado muy rápido.

Nos acercamos más a la cancha y empezamos a descender.

A unos 40 metros de altura el capitán lanza una soga que abajo atrapan cuatro hombres para guiar al globo en su trayecto final.

No es común llegar al mismo punto de donde se partió. Sin embargo esta vez lo logramos. Aterrizamos muy suavemente. Todos nos miramos extasiados.

El viaje en globo es opuesto a las diversiones extremas que hoy se ofrecen y nos llena de paz y tranquilidad.

Para participar en 'Viajeros' envíenos su crónica, de unos 3.000 caracteres, a la Avenida Eldorado n° 59-70 (Bogotá) o a viajar@eltiempo.com.co. Adjunte una foto en la que aparezca usted en alguno de los sitios que visitó.

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