Ese rótulo se lo dio la revista Utne Reader. Participó este sábado en una conferencia donde relató sus vivencias sobre el Dalai Lama, personaje al que ha seguido por todo el mundo.
Pico Iyer vive hace 20 años en Japón con visa de turista. No la cambia por una de residente ni piensa en dejar su patria inglesa para convertirse en japonés.
La razón: "No quiero ser japonés y creo que ellos tampoco quieren que yo lo sea", dice, como si fuera un acuerdo tácito con el gobierno del país de su esposa.
Hijo de una pareja de indios, Iyer parece encarnar parte del espíritu de la globalización, pero con los valores más sencillos que comparten la mayor parte de los seres humanos.
Por eso puede ser un escritor de viajes que elabora decenas de artículos al año para revistas como Time o Harper's; escribir un libro sobre el jet lag (esa extraña sensación que afecta a los viajeros en los vuelos largos), y , a la vez, ser un experto en el Dalai Lama.
Quien lo ve delgado, de piel cobriza, tono suave en las palabras, una que otra sonrisa y una forma de andar que hace pensar que no lleva cargas en la espalda, no se imaginaría que hace 18 años fue nombrado por Utne Reader (revista bimensual de E.U. que
recoge artículos de medios alternativos), como uno de los cien visionarios que "podría cambiarle la vida a usted".
El que lo ve podría pensar que se trata de cualquier parroquiano del barrio y no un hombre que ha viajado desde el Tibet a Bolivia y desde Haití a la India.
"A los 7 años me fui a California. A los 9, estudiaba en Inglaterra y regresaba a E.U. a visitar a mis padres. Tal vez por eso, no me siento atrapado en ninguna cultura", dice.
Con becas logró una educación envidiable: asistió a Oxford, Eton y Harvard. En esta última universidad se graduó con máximos honores. Pero ya a los 18 años se dio cuenta de que viajar era la mejor manera de aprender.
Con el tiempo, vio que ir a un Kentucky Fried Chicken en China era un acontecimiento social, y que en Japón, cuando un jugador de béisbol comete un error, no se entristece sino que se ríe "porque juegan para divertirse".
Entre aviones y aeropuertos (hizo un libro sobre el de Los Ángeles), aprendió que los que son como él pueden escoger cosas que otros no: "Si fuera indio, seguro pensaría que Pakistán es mi enemigo. Personas como yo escogemos nación, amigos y enemigos. Unos se sienten mal por vivir así. Yo me siento bien".
Pero ¿cómo vivir sin un hogar?, se preguntan muchos al ver su vida. Él responde: "Mi hogar emocional es Japón; Inglaterra es mi hogar, porque me dio la lengua en que escribo. También un monasterio católico en California, al que voy a menudo. Mi hogar es la imagen que llevo de mi madre. Soy como un animalito que viaja con todo en él", se autodescribe.
En un mundo en el que las personas temen al desconocido y en el que pocos se arriesgan a abandonar las rutas seguras, él disfruta caminar en una noche oscura de Saigón.
Frente a la globalización parece contradictorio: duda de que sea una condición que se meta naturalmente en la gente.
"Compartimos los mismos servicios, pero en el fondo somos tan diferentes como siempre. En cine cada uno ve una película distinta. Titanic en China puede ser el triunfo del socialismo porque es un hombre pobre el que supera los obstáculos, en otra parte es una historia de amor", sostiene.
Por otro lado, piensa que los países no podrán crear fronteras mediante leyes antimigratorias: "Levantar muros en las sociedades no funcionará. Es como prohibir la droga. La forma es cambiar los deseos. La gente encontrará maneras más peligrosas para llegar a donde quieren. Es imposible legislar contra los deseos humanos", dice
Y para rematar, prácticamente no usa Internet, solo el correo electrónico: "No quiero ver le mundo a través de una segunda mano. Con Internet la gente se mete en su sentido de la certidumbre y cierran las puertas a los que piensan distinto. La tecnología te hace menos reflexivo y provinciano en el pensamiento".
Se diría que un hombre como él no debe tener muchos amigos, sobre todo porque de japonés apenas sabe lo indispensable para vivir. Pero no.
Tiene amigos con los que habla desde que tenía 5 años. Además, viajando por todo el mundo, se enamoró de una mujer de un país que "es otro planeta".
"Cuando no saben mucho de uno, cuál es la compañía en la que trabajas o la universidad a la que fuiste, las personas miran cosas como tu comportamiento, tu generosidad. Ella representaba una cultura que a mí me gustaba. Además, cuando la conocí, sentí una conexión, había afinidad", dice.
Claro que no es la clásica historia de las almas gemelas: "Ella es experta en moda y yo no sé nada de eso. Ella no sabe nada de libros-dice-. Ella tiene el inglés de un niño de 5 años y yo el japonés de un niño de 3, así que no construimos discursos. En 20 años de matrimonio hemos creado un idioma propio".
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