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Noviembre 28 de 2007

Conductas inadecuadas se pueden transformar si no dejamos de lado a la persona / Opinión

Son pocas o ninguna las posibilidades de transformación de actitudes negativas de los jóvenes mediante los métodos convencionales de manejo.

La confrontación, el señalamiento, las amenazas, las sanciones, el escarnio nunca han dado buenos resultados en estas situaciones.  En el mejor de los casos se logra un cambio, la mayoría de las veces superficial, y más bien, como disfraz de lo que se desea corregir.

Nuestra educación aún persigue la corrección mediante opuestos, mediante el choque y la invalidación franca del comportamiento inadecuado. 

Por fortuna también se encuentran docentes que no están interesados en cambiar conductas sino en educar a las personas.  Estos obtienen mayores logros aunque la tarea no sea fácil, como todos quisiéramos. 

Educar a los jóvenes, cualquiera que sea su comportamiento habitual, demanda cercanía, intercambio constante y aceptación de su forma de ver y de tratar de ubicarse en el mundo.   No porque se valide y se apoye lo inadecuado; solo porque de verdad se hace el esfuerzo por comprender y compartir.

Esto muchas veces se entiende mal, y no son pocos los adultos que se defienden de esta posibilidad diciendo "nunca voy a alcahuetear esos comportamientos".   De acuerdo; no se trata de eso.  Aceptar que alguien piense, sienta o actúe diferente a como yo lo hago no significa que yo lo impulse a mantenerse o a incrementar esas actitudes.  Significa sí, que lo acepto como persona.  Esto es lo verdaderamente importante.

Detrás de cada persona que logra cambiar su comportamiento impropio, sea el que haya sido, siempre encontramos que hubo alguna persona que creyó en las posibilidades de su cambio, que lo aceptó como persona y que cuando le señaló sus errores mantuvo la actitud respetuosa y solidaria con el individuo, sin necesidad de aceptar lo que no compartía. 

No es lo mismo rechazar a la persona que rechazar sus conductas; no es lo mismo el sujeto que sus actos.  Estos hablan por él, pero no nos dicen su origen ni su proceso de aparición ni de consolidación. 

Podemos solidarizarnos con la persona y ayudar a que encuentre una mirada distinta sobre sus propios actos.  Esto es posible y produce grandes y favorables cambios, pero es imposible si censuramos a la persona por más razón que creamos tener, o que realmente tengamos, sobre la calidad perniciosa de su conducta. 

Nadie cambia realmente a partir de que se le haga sentir que no se lo acepta en alguna medida; nadie cambia si no se le reconocen virtudes a pesar de sus inconductas; nadie cambia si el cambio empieza por rechazar su identidad, sea la que sea y tenga el signo que tenga. 

 
Hace mucho que sabemos que la educación no debe pretender el cambio comportamental, el cambio de las meras acciones, y sí, la construcción, o en estos casos la reconstrucción (poco fácil), de individuos íntegros y con derecho a ser de alguna forma mientras no aprendan a ser de otra que se considere mejor. 

Muchos maestros creen, y en cierta medida se entienden sus razones, que no desean estar cerca de personas que hacen daño.  Pero es estar cerca de las personas para que nuestra compañía sincera y abierta nos permita hacer algo que facilite los cambios que queremos propiciar.   De lejos, "desde la acera del frente" no entendemos, no podemos y nos volvemos parte del problema, en lugar de ser actores de la solución.

 
JORGE ALBA
escuelasdebuentrato@gmail.com
 

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