Foto: Diego Morales/Código de Acceso
Los abuelos Álvaro Calvo y Leonor Mendoza contaron sus historias de amor y juventud en Bogotá. En la foto, con Johana Gómez, coordinadora pedagógica de Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.
Una pareja de cachacos 'de pura cepa', le cuenta a las nuevas generaciones de bogotanos sobre una ciudad vestida de paño y montada en tranvía.
Como pocas veces sucede, los recuerdos de Álvaro Calvo y de Leonor Mendoza de Calvo, traspasaron las paredes de su casa para ser escuchadas por los asistentes del conversartorio 'Abuelos y abuelas de 90 años nos cuentan su historia', una de las actividades programadas por 'Lunes en el museo' del Instituto de Patrimonio Cultural, en el marco de la exposición 'Bogotá Retroactiva'. Durante dos horas, diferentes generaciones de bogotanos escucharon a esta pareja que ha estado junta por más de 6 décadas.
Sus mentes albergan recuerdos de principios y finales del siglo XX. Lo primero de lo que esta pareja de esposos habla es de su niñez. "Mi infancia fue muy bonita", afirma Álvaro, el menor de 12 hermanos, lo primero que se le viene a la cabeza es el juego del trompo y actividades como el balón y los patines, sin olvidar el triciclo inglés que logró comprar con sus ahorros y en el que paseaba tranquilamente por las calles.
"Donde ahora está la Media Torta, era un charcal", cuenta Don Álvaro, allí jugaba con sus amigos que eran como una "pandilla", pero aclara, "no como las de ahora".
Mientras él rodaba por las calles y negociaba con canicas, Leonor jugaba con muñecas que, para ese entonces "se nos hacían bonitas", y se entretenía también con carritos y casas de muñecas elaboradas en madera que compartía con sus primas.
A los cinco años de edad Leonor abandonó el juego de muñecas, al ser internada en el colegio Teresa Santa María. A pesar de que dice recordar poco de su vida, mantiene viva su imagen en el internado llorando. "Las más grandes nos hacíamos cargo de niñas más pequeñas y recuerdo que a quien cuidaba era la que consolaba", dice al recordar aquellos "tiempos sumisos" en los que "se hacía lo que el señor (esposo) decía".
El amor vigilado
En un 'coctel bailable' Leonor y Álvaro se conocieron, y se enamoraron "a primera vista". Sin embargo, el amor de esta pareja no fue tan libre "como ahora", dice él. Las visitas a la casa de la novia eran a una hora específica y estaban siempre supervisadas por la madre.
"Si íbamos a cine, mi mamá me acompañaba hasta el sitio, si era una fiesta, generalmente los padres iban", agrega Leonor, quien afirma con una dulce timidez que Don Álvaro fue su único pretendiente "en serio, en serio".
Además de las fiestas era muy usual compartir con las familias los fines de semana. Ambos recuerdan que iban en tren por la Sabana de Bogotá, o a lugares como Zipaquirá, Bosa, el Salto del Tequendama y Usaquén. El plan era pasar un día en familia, llevaban comida en cestos, muy al estilo del picnic americano, y pasaban horas en el sitio.
Cuando no salían a las afueras de la ciudad, se quedaban en "parques muy bonitos", dice Álvaro. Recuerda que por la época de novios iban mucho al Teatro Colón a ver obras de teatro y a ballet "todo muy elegante y bonito".
La pareja siempre estaba vestida 'a la moda' para las salidas con amigos al Club Unión, o simplemente para la hora del chocolate en la que las mujeres sólo "hablábamos de novios", cuenta Leonor con un poco de picardía. Él iba con vestidos de paño inglés hechos a la medida. Ella, con falda larga -enfatiza que "nunca pantalones"-sombrero, cartera y guantes. "No es como ahora", recuerda Álvaro con un poco de indignación.
Aunque hablan con nostalgia de una ciudad que ya no es, esta pareja que lleva 67 años casados, asegura que Bogotá aún tiene su encanto. Pasaron del tranvía al Transmilenio, vieron los cambios en Plaza de Bolívar, la desaparición del río San Francisco (Avenida Jiménez) y la plaza de mercado Las Aguas, pero aún continúan siendo "cachacos, cachacos".
Jorge Andrés Bravo S.
CÓDIGO DE ACCESO IX
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