Conozco a una mujer a quien se le daña el genio si encuentra errores en el diario. He tenido que hablar con jubilados y con gente minuciosa que llama a quejarse amargamente de los descuidos, pues son capaces de leer hasta el último aviso limitado y detectan fallas hasta en las historietas cómicas. Su padecimiento es genuino y tienen razón. Los medios son productos culturales y, además, ¿quién paga por un fino traje para que las costuras estén mal hechas?
Cuando los periodistas comparten anécdotas, casi no hay quien no se haya despertado en la madrugada acordándose de algo que se le fue mal: una coma, un lapsus: el nombre del hermano confundido con el del personaje. Una preposición "a" convertida en participio: "¡a dicho!". En mi caso, cambio de emisora o de canal de televisión cuando oigo burradas gramaticales.
Quienes trabajamos con el lenguaje vivimos en otro mundo. Cada error idiomático que descubrimos o que nos descubren es peor que una espina en el ojo y, si es nuestro, se convierte en algo como ir a una fiesta mal peluqueado o con los zapatos sucios. Como la culpa de un crimen.
Creemos que el periodista lo hace por deporte. Hay razones que explican los errores gramaticales, aunque no los justifiquen: 1- El aprendizaje del idioma es infinito y arduo; las facultades de Periodismo no lo enseñan, suponen que en el bachillerato se aprendió suficiente. 2- El contenido del periódico de un día equivale al de un libro. 3- El crudo descuido. Escribir bien es releer.
Por eso es trampa eso de "error involuntario". Es involuntario o no es error.
FRANCISCO CELIS ALBÁN
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