Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO
Adela Cortina, reconocida como una de las pensadoras de este siglo y especialista en ética.
Una de sus obras obtuvo el que es considerado el premio Nobel en español a la filosofía. Habló de responsabilidad social.
El año pasado, su nombre y su fotografía aparecieron en periódicos y revistas de su país, España, y de muchos otros al ganar el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos.
Sin embargo, desde mucho antes, ya era famosa entre estudiantes y profesores de ética, y entre aquellos que reflexionan sobre el mundo de hoy, tanto que a comienzos de este año fue seleccionada para hacer parte de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, que tiene 150 años de historia y por primera vez tendrá entre sus miembros a una mujer.
¿Cuáles son los mínimos éticos con los que el mundo, tan globalizado, debe ponerse de acuerdo? ¿Qué es ser un ciudadano justo? ¿Debe haber una ética del consumo?
Adela Cortina se ha hecho esas preguntas, y otras más, y también se las hace a los estudiantes de pregrado y doctorado de la Universidad de Valencia (su ciudad natal), quienes disfrutan de sus conversaciones pausadas (las hace de largo sin mirar un papel) sobre teorías de la libertad, ética, democracia y filosofía política. Cortina ha sido tan convincente en sus tesis, que en 1994 creó, con empresarios y académicos, la Fundación Étnor para la ética de los Negocios y las Organizaciones, entidad que dirige y con la cual fomenta y promueve los valores éticos en las actividades económica y empresarial.
"¿Por qué tanto énfasis en los empresarios y la ética? Porque tienen más poder que nunca. Frente a la globalización, esas empresas fuertes y poderosas pueden tener más poder que los gobiernos. Los gobiernos en peor situación económica están deseando que venga una empresa fuerte porque hay más trabajo y más consumo y, por tanto, más riqueza. Si esos empresarios que tienen tanto poder fueran responsables, la situación sería otra", responde con firmeza.
Eso, precisamente, les dijo el lunes pasado a importantes ejecutivos de Colombia que se reunieron con ella, como alumnos juiciosos, en el Club El Nogal. Querían saber qué papel juegan en el mundo globalizado.
"Hay un juego de niños llamado como el libro de Vargas Llosa, 'El paraíso está en la otra esquina'. Yo les propongo que juguemos 'Tú la llevas', en el que los niños se tocan y le dicen al que tocan: 'tú la llevas'. Y es así, porque la llevan empresarios, ciudadanos, políticos, quienes en vez de estar diseñando paraísos que siempre están en una isla desierta, como la de la Utopía, deben buscar en su tierra, en su huerto, los gérmenes que vale la pena cultivar". Con esas palabras comenzó la charla y con esas mismas palabras terminó la entrevista con EL TIEMPO, justo tres horas antes de marcharse a España. Vino por tres días a Colombia, invitada por la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura y por la Fundación SM, para hablar con 1.500 maestros de todo el país sobre valores y emociones, otros de los temas sobre los que esta pensadora del siglo XXI ha reflexionado.
A usted la describen como una activista de la ética y una pensadora del siglo XXI. ¿Cómo se define? Esas caracterizaciones me gustan bastante. Me resulta más cómodo lo que dicen los otros. Soy pesimista en el ámbito teórico y optimista en el práctico, porque en el práctico hay que trabajar y en el teórico hay que criticar todo lo que está mal. Usted ha escrito sobre la amistad cívica. ¿A qué se refiere con ello? Es una expresión que utilizó Aristóteles. Lo que él decía es que los ciudadanos de una comunidad política, para que esta funcione bien, tienen que desarrollar una amistad cívica, que no es la de unos amigos íntimos, sino la amistad de los que comparten unos proyectos comunes. Los colombianos deben darse cuenta de que comparten el proyecto nación y no pueden tener conflictos de intereses, porque deben trabajar en esa tarea.
Es desarrollar un sentido en el que, a veces, tenemos que perseguir juntos unos intereses, aunque tengamos que renunciar a los propios. En la democracia hay una agregación de intereses de la mayoría; qué pasa con los que no han ganado. Por eso, se propone como alternativa una democracia deliberativa. Partimos de que la gente tienen intereses diferentes, pero está dispuesta a dialogar entre sí para ver cómo llegan a unos acuerdos mínimos. Precisamente, usted habla de unos mínimos éticos, en un mundo tan globalizado. ¿Cuáles son?
Los mínimos éticos, por simplificar, son los derechos humanos de primera y segunda generación; es decir, los derechos civiles y políticos, los económicos, sociales y culturales.
Esos mínimos tendrían que ser universalizados, todos los seres humanos tendrían que poder ser libres de formar su conciencia, de tener un ingreso para vivir bien, de tener salud sanitaria, educación... todos esos derechos se proclamaron en 1948 y no están reconocidos del todo, no están protegidos en ningún país de la Tierra, tanto que hay 1.200 millones de la humanidad que están por debajo de la línea de pobreza. ¡Cómo hacer que eso suceda, si usted misma recuerda que hace 60 años se está hablando de esos derechos y aún no están protegidos?
Todo esto es porque no hay voluntad política, voluntad económica, y los ciudadanos no nos movemos. Los políticos y los empresarios, que cada vez tienen más poder, tienen mucha responsabilidad. Ellos, que tienen información, saben que estos problemas se pueden resolver ya. No lo hacen, porque no quieren. Usted acaba de mencionar distintos grupos de interés. Enfoquémonos en los empresarios: ¿cómo convencerlos de que ser responsables socialmente es rentable? Por una parte, creando conciencia de que asumir la responsabilidad social, actuar éticamente, lleva también a generar una mayor reputación, y cuando se tiene mayor reputación se consigue que los mejores clientes, los más seguros, vayan a esa empresa. También, que los mejores proveedores estén de acuerdo con proveer a esa empresa e igual con las administraciones públicas, ellas se dan cuenta de que merece la pena trabajar con esa empresa. Además, los que tienen plata para invertir lo hacen en empresas que tienen buena reputación y generan confianza.
Y en el caso de los ciudadanos comunes, ¿cómo decirles que sean responsables socialmente?
Los ciudadanos tenemos que asumir nuestra ciudadanía como consumidores, porque al final la llave la tenemos nosotros. Estaremos asumiendo nuestro poder de cambiar las cosas si consumimos solo en las empresas que asumen su responsabilidad y dan muestra de estar funcionando éticamente, y rechazamos a las que actúan de una manera inmoral. Por otra parte, como inversionistas, si solo nos interesa invertir en las empresas que reúnen determinados estándares éticos.
Si el mercado es la única guía de las decisiones que tienen que ver con el desarrollo, ¿queda algún campo para la ética?
Creo que el mercado es el mejor mecanismo de asignación de recursos, pero nunca funciona en el vacío. Siempre funciona en los marcos políticos de determinados Estados, y en los marcos políticos trasnacionales y mundiales. Pero, además, los propios empresarios tienen su fuerza en las decisiones de los mercados. La catástrofe que ocurrió ahora, en Estados Unidos, muestra malas actuaciones en el mercado de determinados empresarios. La culpa la tienen las empresas que tomaron esas decisiones inmorales, o sumamente imprudentes, que no tuvieron responsabilidad, que no pensaron a dónde estaban llevando al mundo. No es la economía que funciona así, son las empresas que funcionan de esa manera y los políticos que estuvieron de acuerdo.
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