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La mesa, un espacio de paz

Como decían Les Luthiers, "Ahora me voy a referir a un tema que es motivo de muchas consultas por parte de las madres y los padres". El tema es la comida y los niños. Una relación que debía ser natural y fluida se vuelve -en el 99 por ciento de los casos por culpa de los padres- en una auténtica tortura china para los pequeños.

Hay que ver los efectos perniciosos que estas reglas sobre comer producen en personas sanas, que años después solo pueden ser curados mediante terapia psicoanalítica, garantizando además la comida al psicólogo (una sesión de psicoanálisis cuesta lo mismo que una cena para dos personas en un restaurante de la Zona T).
Conozco el caso de una mujer mayor que aún se sueña que su madre la persigue por toda la casa con una cucharada de comida, (que la mamá ha convertido en un avión que quiere aterrizar en su boca).

Empecemos por el principio y es el tamaño de las porciones. Debido a que Colombia era un país campesino, los descendientes de los que emigraron a las ciudades mantienen la costumbre de servir en grandes porciones, como las que se comía alguien que estaba desde las cinco de la mañana metido en las duras labores del campo.

Hay familias que continúan sirviendo en grandes platos y, para completar, obligan a los niños a comerlo todo con argumentos que van desde el hambre en el mundo entero (es famosa la frase esa de "hay millones de niños muriéndose de hambre"), hasta amenazas varias: "si no comes todo, no vas a la fiesta".

Una guía de la Universidad de California titulada Kidfood señala que los padres deben servirle a sus hijos en "porciones pequeñas. Así siempre le podrá pedir más". En el mismo documento se dan otras recomendaciones como: "Permita que su niño elija qué quiere comer", "aliente a su hijo a que pruebe comidas nuevas" y "deje que su niño decida cuánto quiere comer".

Lo de permitirle que pruebe platos nuevos es algo muy importante para que aprendan a disfrutar de la comida. Los niños deben probar todo desde pizza de queso brie con manzana hasta gallina asada. Si se les incentiva, de manera creativa y sin obligarlos, ellos desarrollarán un temprano sentido de la comida gourmet.

No pretendo con esto que los niños en los recreos tengan conversaciones cómo: "Yo traje calamares en su tinta, y ¿tú?". De lo que hablo es de que desde niños sientan placer por comer bien y sano y prueben nuevos sabores.

La pregunta de muchos padres (lo sé porque tengo una pequeña de 4 años) es ¿cómo hacer para que ellos decidan que quieren probar? Para eso necesitarán creatividad. Dejen que ellos participen de la elaboración de los platos, pongan nombres creativos a las recetas y mezclen alimentos nutritivos con sus sabores preferidos.

Cualquiera que haya ido a un restaurante "de grandes" habrá escuchado frases como: "Yo no quiero compartir el plato con mi hermanito", "Esta comida está horrible", "Me sirvieron mucho" o "Quiero solo papas con salsa de tomate" (para no hablar de los pobres papás que deben turnarse para cuidar al niño: "primero como yo y tú entretienes al niño..." o rogar para que "me calienten la sopita". Y en los restaurantes de niños es usual escuchar a los papás quejándose: "No sé qué comer acá", "Agrégale queso para que comas algo nutritivo" o "Para qué quieres tantos juguetes que no te alimentan"...

La mesa, en la casa o en el restaurante, es el lugar donde se vive un acto familiar que conjuga amor y alimentación. Años atrás, antes de la invención de la televisión, los turnos de trabajo, los celulares y el iPod, la familia se reunía para comer y en la mesa se hablaba de lo que pasó en el día, se contaban chistes o historias de los abuelos. Eso es lo que deben buscar rescatar los padres de hoy. Sólo así se acaba con la guerra en la que se ha convertido la comida con los pequeños.

CAROLINA ORTEGA
GERENTE DE PROYECTO
MENÚ INFANTIL ARCHIE¿S KIDS

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