En ciertas edades es usual el querer ser original, lo que es aceptado en lo que tiene que ver con la etiqueta. Sin embargo si queremos vivir en armonía, sentirnos a gusto y ser bien recibidos, es conveniente evitar el exceso, en especial en el trato con los demás.
Soy un padre de familia desconcertado, ya que escucho a mis dos hijos (una niña de 19 años y un joven de 21) conversando entre ellos o con sus amigos y empleando palabras que muchas veces prefiero no oír. Y ni hablar de la manera como se sientan o, más bien, se tumban sobre los muebles. He intentado darles consejos al respecto y la respuesta es siempre la misma "déjanos en paz, ¡qué mamera!". ¿Habrá alguna manera de hacerlos entrar en razón? Pablo
Llama la atención y molesta oír a los jóvenes que al conversar emplean palabras de grueso calibre con toda naturalidad, sin importarles ante quién están o de qué hablan.
Es un vocabulario compuesto casi en su totalidad de palabrotas, como sí esto fuera lo más natural del mundo. Unas y otros se llaman de la misma manera y además al ser recriminados, en pocas ocasiones piden disculpas.
Considero que el hablar es una oportunidad para distinguirse de la mayoría, y como tal bien vale la pena hacerlo bien para que haya una identidad con el lenguaje corporal.
El principio consiste en comunicar en todo sentido, es decir evitar el negar con el cuerpo lo que se está diciendo con palabras.
Al inicio de la conversación es preciso analizar la cara y el cuerpo, para saber si están comunicando lo que se desea. El centro de la atención es la mirada que debe ir acompañada de la expresión facial. Es preciso ser cuidadoso y prudente al mirar, y me refiero por ejemplo, a evitar pasear la mirada por los lugares íntimos de la persona; se trata de mantener el contacto visual sin incomodar, más bien con atención o si es el caso, con coquetería.
La sonrisa es bien recibida. Por el contrario, una risotada, un grito o una palmada, jamás lo serán. Con una expresión amable y receptiva, se puede coquetear, pedir favores, agradecer, y lo más importante, agradar.
El pararse cruzando los brazos, el descansar las manos sobre la zona púbica, el tomarse de los brazos atrás o guardar las manos entre los bolsillos mientras se está frente a otra persona son posiciones no convenientes que transmiten incomodidad, disgusto o la idea de no querer compartir. Igualmente, el bostezar y al hacerlo exhibir toda la dentadura y el mover permanentemente las piernas o los pies al estar sentado son signos de descuido o impaciencia.
En relación con la mesa, el descansar encima los codos o los brazos, lo que obliga a agacharse para acercarse al computador, al plato de comida o a la persona, son posiciones que catalogan a la persona negativamente.
Lo correcto en esta posición es doblar los codos en ángulo recto y dejarlos afuera de la mesa, cerca al cuerpo. Esto hace que la boca no llegue a la comida, sino que la comida suba a la boca.
DIANA NEIRA
CONSULTORA DE IMAGEN.
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