Conjugando el verbo NO
Ignoro de qué viven los pobres empleados que trabajan en estas firmas, porque sólo un imbécil es capaz de comprar, por ejemplo, un abrigo de falsa piel de gato o un pelador electrónico de nísperos. Hasta el abrigo de falsa piel de gato lo comprendo, porque supongo que espanta falsos ratones.
Pero hay que ser muy bobo para comprar por teléfono (!) un pelador electrónico de nísperos (!!), cuando ya nadie busca, consigue ni come nísperos (!!!)... Sobre todo porque el pelador de nísperos costaba la maricadita de 420 mil pesos (!!!!).
Decía que una vendedora ingenua llamó a mi casa y yo descolgué el teléfono.
- ¿Un pelador de qué, Marlene? -pregunté cuando la vendedora acabó de soltarme su carreta.
- ¡Ah carajo, lo compró! -musitó mi mujer.
Minutos después, cuando le reclamé por ese comentario denigrante y exigí que no volviera a dirigirme la palabra pues saltaba a la vista su falta de fe en mí, confesó que pensó que iba a comprarlo por dos razones:
1) No le había tirado el teléfono a la vendedora apenas empezó a hablar.
2) La llamé Marlene.
- Pero me dijo que se llamaba Marlene -le expliqué.
- Naturalmente -respondió-. Es la primera trampa para atrapar pendejos. La vendedora da su nombre y ya sabe que si el posible cliente la llama así es porque acabará comprando cuanto le ofrezcan.
No quise seguir alegando con mi mujer por dos razones:
1) Lo que decía sobre la trampa del nombre es verdad.
2) Acabé comprando el pelador de nísperos.
Entendí entonces que yo era incapaz de negarme a estas ofertas, realidad que resulta evidente para cualquiera que mire en el garaje de casa lo que he adquirido por teléfono a varias Marlenes y no pocos Freddies: la yogurtera, la bicicleta estática, la Maravillosa Enciclopedia de los Invertebrados, los zapatos de plástico impermeable para caminar por el bosque, el morral de asbesto compañero para el caso de incendio en el bosque, las toallas rojas con el escudo de Santa Fe en trazos dorados y el pato atómico, una bacinilla fabricada por la NASA con el material de los inodoros de los astronautas.
El material -luego lo supe- que producen en sus largos viajes, no el que utilizan. Mi mujer buscó una solución radical. Descubrió un curso electrónico para aprender "a conjugar el verbo no", como, según lo he relatado, decía mi tía Rita; me inscribió en el nivel I, pagó la matrícula y todos los días, durante tres semanas, me entrené para negarme a aceptar ofertas, invitaciones, negocios, empleos y, en particular, ventas telefónicas.
El secreto del curso es que lo forman a uno para el Gran Examen Final de Nivel, en que los profesores proponen las más deliciosas tentaciones y el alumno, si está bien preparado, debe resistirse a todas. Yo tomé muy a pecho mis estudios.
Realicé ejercicios dificilísimos donde tuve que negarme a comprar una edición de Cien años de soledad ilustrada por Teodolindo Avendaño e incluso un radio en forma de tamal que llevaba como ñapa tres pares de calzoncillos personalizados con el nombre de mi mujer y adornados con corazones.
Dichos ejercicios eran moco de pavo al lado del examen final, que era de cuerpo presente y se perdía con una sola falla. Fueron 20 ofertas 20 a las que dije que no con el dolor del alma.
En especial ese fin de semana en Melgar con Amparito Grisales (que si hubiera sido en Cartagena, y no en Melgar, me habría rajado). Terminé sudando sangre, pero en todos los casos respondí no, No, NO... Al finalizar la prueba, el profesor me felicitó, me propinó un abrazo, firmó el papel y estampó un sello gigantesco que decía: PASA AL SIGUIENTE NIVEL.
Luego abrió su libreta y preguntó:
- ¿Le queda bien venir el viernes para matricularlo en el Nivel II?
Y ahí ocurrió la tragedia. Enajenado por la felicidad, ebrio de dicha, febricitante por mi triunfo, respondí "sí". El profe se llevó las manos a la cabeza.
- Parece increíble -me dijo-, pero se rajó en la pregunta final. Dijo "sí", y acaba de perder el curso. Debe matricularse otra vez en el Nivel I. Mientras preparo de nuevo el examen, estoy absolutamente sereno por dos razones.
1) Mi mujer lleva una semana sin dirigirme la palabra.
2) Desconecté el teléfono por el que me consiguió Marlene.
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