Foto: Miguelyein
Una alberca puede ser desagradable en la medida del aseo que tenga, o de la compañía.
¡Que viva el planchazo!
¿En cuál país vivimos? Solo quisiera comenzar recordando que Colombia bien podría ser la capital mundial de las piscinas, desde el paseo a Melgar hasta el resort más lujoso, el símbolo de lujo de un hotel es una imponente piscina, porque paseo a tierra caliente sin un chapuzón, no es paseo.
Estoy a favor de las piscinas porque es el único lugar en el que uno se puede bañar con 10 hermosas mujeres sin tener que compartir kilómetros del río con la familia, que se fue de paseo y lava su ropa ahí mismo y luego dicen que las piscinas son sucias.
Qué patética se vería una parrilla al lado de una taza de baño ¿o no? Un buen asado en tierra caliente tiene que tener buena carne, buen trago y un rectángulo de agua con piso de baldosa, no hay adjetivos para describir a aquella persona que se baña diez veces en tierra caliente, solo porque no le gustan las piscinas. ¡Tírese a la piscina y no sea tan chocho!, le diría.
Apartándome de la maravillosa y sexual idea de una actividad grupal en una piscina (el que no se haya imaginado haciendo el amor en una piscina, que tire la primera piedra), apoyo las piscinas porque me parecería ridículo que en plena olimpiada de Beijíng los clavadistas tengan que nadar en los ríos de la China, teniendo en cuenta la polución de ese país es absurdo argumentar contra los deportes acuáticos en una piscina.
Recordemos que la natación es el deporte más completo, sirve para fortalecer todos los músculos y para mejorar la capacidad pulmonar. Si las personas que no gustan de las piscinas no pueden ponerse un traje de baño por vergüenza, ya es cosa de autoestima, no de la piscina.
Al contrario de lo que muy posiblemente va a argumentar mi contradictor, las piscinas no son un cultivo humano de suciedad.
El cloro tiene reactivos que evitan el contagio de enfermedades y absorbe los microorganismos causantes de hongos. Además, si la piscina está con los balances de PH correctos (entre 7,2 y 7,6), se evitan los ojos rojos y alergias, por lo que creer que una piscina es sucia es el pensamiento de individuos que seguramente no tuvieron más opción que meterse en el balneario más horrible por ahorrarse unos pesos.
Podría apostar dinero a que si abro un grupo en Facebook serían más los mortales que prefieren una buena piscina, con mujeres y alcohol, que una aburrida ducha.
No adornaré mi defensa con elegantes palabras, acudiré a lo popular, pues no importa si usted es de estrato cinco o cero.
El chapuzón en la piscina es tan colombiano como el ajiaco o un partido de la selección Colombia, soy un humano más, así que me emociono al decir: ¡me voy a tirar en bomba! Y a los que les tienen asco a las piscinas solo les puedo decir: ¡no sean aguados!
POR CARLOS BARAHONA URIBE
¡Al diablo las piscinas!
Odio las piscinas porque con el paso del tiempo me han demostrado ser una fuente constante de decepciones, porque lo que sucede alrededor de una alberca termina en naufragio, porque de las aguas reposadas y mansas hay que cuidarse, porque son la prueba irrefutable, líquida y veraniega, de que no existe mucha verdad en aquello de que el cuerpo humano es hermoso.
Porque diluyen la ilusión y se tiñen de los productos menos gratos de decenas de organismos felices y chapoteantes.
Cuando uno se mete en una piscina, lo primero que pone a prueba es su sistema inmunológico, pues si uno decide lanzarse de panza a una alberca se expone a la letal combinación de agua, cloro y orín. No hay que pensarlo mucho, es un baño multitudinario, sin aguas que se renueven, en el que desconocidos de toda laya se sumergen y destilan transpiraciones y otras secreciones, para conformar una suerte de sopa humana (con todo y nata).
Todos hermanados bajo la comunión del mugre. Por eso los bañistas me despiertan cierta admiración, por su valentía kamikaze, aunque también algo de compasión, sobre todo cuando veo que nadan con la boca abierta.
Pero mi problema con las piscinas sobrepasa los temores a patologías y ronchas y se traslada a lo anímico.
Alrededor de alberca que se respete, siempre existirá un recreacionista, que megáfono en boca se erige como fundamentalista de la alegría, como terrorista de la risa, la dinámica y la integración.
Estos administradores de la felicidad siempre querrán atraparte, querrán incluirte en el tingo-tingo-tango, querrán cazarte y truncar, a pitazo herido y con actitud de militar germano amante del Prozac, el bien merecido descanso.
Detesto las piletas, porque reducen el mundo, porque a diferencia de la playa, que permite contemplar el horizonte abierto, en ellas estás obligado a contemplar a tu vecino. Porque estos cuerpos de agua domesticados son el paraíso del chabacán, de la tanga narizona, del papichulo que se pasea con desparpajo y al que, por obligación, tienes que apreciar en toda su magnitud cuando decide hacer un clavado de nalga, que termina en salpicadura general.
Les digo no a las albercas porque entre la algarabía y los gritos de chiquillos rogándoles atención a sus padrinos, se niega la paz. Porque siempre se termina viendo lo que no se quiere, porque el cloro es patrocinador de ojos rojos cuando no de descongestiones nasales.
Las odio porque proponen una fraternidad forzosa, porque nos unen y nos revuelven y nos amalgaman. Porque nadar es lo último que se puede hacer a menos que la piscina sea privada. Por eso ¡Al cuerno con las piscinas!
POR JULIAN ISAZA
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