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El otro sexo oral

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No, no se trata del obvio, sino de la retórica no santa, tan apreciada por amantes. Les traemos una breve guía sobre el complejo arte de hablar y acertar en medio del fragor de la batalla.

Por estos días pasó el almíbar y la empalagosa prosa enamorada, por eso es necesario sacar y desempolvar el lado B de la palabra. Queridos de cada viernes, aprendamos/repasemos de una vez el complejo arte de darle usos distintos a aquel versátil músculo que es la lengua, que no solo ofrece posibilidades ya bien documentadas en afectos orales, sino que también tiene la función de provocar movimientos telúricos con el nunca bien ponderado verbo. ¿Cómo endulzar los oídos y las partes sin acudir a lugares comunes, diminutivos, cuando no a dulzones vocablos? Aquí soluciones para renovar el parlamento y no inducir una carcajada cuando menos la espera.

1. Deshágase de sustantivos nocivos. ¿Qué es eso de andar diciendo la palabra 'miembro' para referirse a aquello que cuelga cual badajo de campana? Miembros los de la asamblea, los del club y, sí, hasta los del Congreso. De ninguna manera recurra a tales eufemismos y también niéguese a extranjerismos de la talla de derriere ¿Es justo que se acuda a tan desabrido término, cuando nuestro castellano ofrece uno más sonoro, preciso y bisílabo que empieza con una vigorosa C y termina con una gloriosa O? La respuesta es un rotundo NO. Así que a las cosas y a las partes por sus nombres, que en estas lides no hay que irse por las ramas.

2. Niéguese a los interrogatorios. Olvídese de andar sondeando opiniones que no está en campaña, dígales no a preguntas del de corte "¿Te gusta?" o, peor, si se convierten en exigencias de la clase de "dime cuánto te gusta". No solo se expone a bajar la intensidad al fragor de la batalla, sino que corre el riesgo de que le contesten con un "¡no!". ¿Ha pensado qué sucedería si le dicen "¡no!"? Mejor no se exhiba más de la cuenta, que sin necesidad decuestionamientos ya averiguará de una manera más discreta y honrosa el veredicto.

3. De la delgada línea del insulto. ¿Qué es eso de andar comparando de buenas a primeras a su compañero/a con ciertos cánidos o con trabajadoras de vieja data? Eso es de pésimo gusto y poca consideración si se hace con la persona errónea. Así que deseche la idea si no hay común acuerdo previo, so pena de terminar lo que apenas empieza o de recibir una cachetada, que es muy distinta, en efecto e intención, a una nalgada. No se confunda.

4. Acuda al histrionismo. Pero diga lo que diga, dígalo con convicción y para ello haga gala de todas sus dotes dramáticas. ¿Tiene un parlamento digno del marqués de Sade o, mejor, de poeta de construcción? Pues suéltelo con desenvoltura y, si se anima, hasta grítelo, que el mundo es de los osados. Recuerde que nada más triste y desinflador que una palabrota entonada con simpleza, cuando no con majadería.  

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