Este animal ha sufrido los estereotipos del hombre y muchas veces su miedo infundado, que termina en violencia. ¿Qué es mito y qué realidad sobre esta incomprendida mascota?
Ninguna criatura hogareña está tan rodeada de ficciones oscuras ni tan cargada de simbología mágica como el gato. Por fortuna, hoy se sabe que estos mitos tienen su origen en la conducta del felino y en la particular relación que diferentes culturas han desarrollado con él.
Del romance al desamor
La historia de gatos y hombres comienza en Egipto, alrededor del año 4000 a. C., cuando el gato fue domesticado y tuvo su momento de gloria como exterminador de las ratas que infestaban los cultivos de cereales del valle del río Nilo. Su popularidad fue tal que Bastet, diosa egipcia de la fecundidad, era representada por una gata, por lo que matar un ejemplar de esta especie constituía un delito, cuyo castigo era la lapidación.
En Asia causó emociones contradictorias: los antiguos chinos le adjudicaron el poder de llamar la mala suerte, pero los monjes tibetanos lo consideraron sagrado por atraer la prosperidad.
Hacia mediados del siglo XIV, el gato fue satanizado por la iglesia Católica debido a un brote de sectas paganas en Europa, algunas de las cuales usaban la imagen felina en sus aquelarres.
El Precio de la satanización
La Edad Media cayó sobre el gato cargada de superstición y difundió sobre él una serie de ficciones por las que se le asoció con la brujería. A lo largo de Europa, miles de gatos fueron condenados a la hoguera junto con sus dueños, acusados de herejía. El exterminio de los mayores predadores urbanos inundó las ciudades de ratas grises, trasmisoras de la peste bubónica, enfermedad que devastó al continente.
Por eso, tuvo que esperar hasta el siglo XVII para ser reivindicado, aunque subsisten decenas de historias que lo persiguen hasta los tejados de nuestros actuales hogares.
¿Hechizos felinos o mitos humanos?
Son agresivos. No, un gato jamás agredirá si no se lo provoca. Y si ataca, lo más seguro es que enseguida huya, a diferencia del perro, cuyo ataque puede llegar a ser muy peligroso, pues muerde y no suelta tan fácilmente.
Trasmiten la toxoplasmosis a mujeres embarazadas. Sí, los gatos pueden trasmitir el parásito que causa esta enfermedad, pero no todos los gatos tienen toxoplasmosis, pues solo la contraen si comen presas infectadas.
No se apegan a las personas sino a los lugares. No, pueden apegarse tanto a la gente, que se sabe de gatos que vuelven a casa recorriendo enormes distancias, no en búsqueda del territorio, sino de sus propietarios.
Los gatos causan asma. No, lo que sucede es que algunas personas pueden desarrollar alergia al pelo, saliva o caspa de este u otros animales. Tiene más que ver con las personas en particular que con los gatos en general. Esta creencia data de la Edad Media, cuando se pensaba que era un mal que dejaba la bruja después de que, en forma de gato, pasara la noche sobre la cama.
Son independientes. Sí y no. Comparado con un perro es más independiente, pues no requiere paseo diario ni baños tan frecuentes, pero al igual que el canino, acepta y disfruta el cariño y cuidado humano. Un gato parece desapegado porque la sociedad felina no es jerárquica, por eso su relación con el hombre no se basa en la sumisión, sino en la igualdad.
Tienen una uña en la cola. No. Antiguos pueblos orientales creían en la existencia de gatos-vampiro, que en el día eran mujerzuelas pero en la noche se transformaban para robar la libido de los hombres a través de la yugular, con ayuda de su ponzoña. Este mito surgió por la violenta cópula gatuna, en la que la vagina de la hembra es lastimada por el miembro del gato, el cual tiene espinas peneanas, una especie de escamas cuya función es estimular la ovulación de la gata.
Por Angie Reyes Melo
Asesoría: Claudia Liliana Rodríguez, veterinaria y etóloga clínica asesora oficial en comportamiento animal para Purina, tel. 8108968, Bogotá. Miguel Melián, veterinario de Whiskas, www.whiskas.com.co. Larousse del gato, editorial Larousse.
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