Aprenda a controlar ese terrible mal humor que tanto daño causa
El mal humor cotidiano es sano y perjudicial a la vez. ¿Qué hacemos con él y cuáles son sus causas?
Mariana tiene 37 años. Está casada. Tiene dos hijos: uno de 10, otro de 13. El ceño fruncido se enciende y se apaga, intermitente. Está alerta, tensa. Se masajea la nunca, mientras confiesa: "Mis hijos me agotan, ya no sé cómo controlarlos. Mi esposo llega a casa exhausto y le escapa al conflicto. Me siento sola, remando en medio del caos. Los amo, son mi familia, pero daría cualquier cosa porque todo fuera distinto". Claudio tiene 40 años y está casado con Mariana: "No tengo canas verdes porque ya ni pelo me queda". Está claro que él también está enojado: "Hace unos meses sentí que iba a romper algo, a golpear a alguien. Me angustié, lloré como un niño encerrado en el baño. Me di cuenta de que necesitaba ayuda." Mariana y Claudio nos cuentan su historia en un café. Es domingo, son las 10 de la mañana. Sus hijos duermen y escaparon para desayunar lejos del ruido doméstico. A Claudio, su terapeuta le recomendó que genere espacios personales y otros compartidos con su esposa "para preservar la pareja" y cuidar la vida en familia.
Al menos una de cada tres personas de nuestro entorno es consciente de lo enojada que está y de los motivos por los cuales se enoja. La plata que no alcanza, el ascenso que no llega, el tránsito que no avanza, la envidia, el hambre, el calor, la costumbre de enojarse por enojarse.
Hay otro grupo de personas que se enojan sin saber por qué. Algo les molesta, los altera, los "saca de quicio". En ellos, el enojo se ha convertido en un mecanismo de defensa, en una forma de conducta y comunicación.
La gimnasia del enojo empieza en la cabeza y se apodera del cuerpo. La bronca deja arrugas y, lo que es peor, cala hondo, se enquista, se transforma en un estilo de vida poco recomendable. Muchos trastornos de conducta tienen su explicación cuando se descubre este circuito peligroso. En unos y otros casos -enojo con causa y enojo por costumbre- hay personajes, discursos y escenarios muy precisos. Existen motivos que desatan episodios de violencia entre parejas, padres e hijos, alumnos y maestros, jefes y empleados, compañeros de trabajo, peatones y conductores.
"Tenemos una cultura propia del enojo. Subes a un taxi, la radio está encendida. Un periodista critica, se queja, todo es motivo de enojo. El taxista se suma a la bronca. Un oyente en la radio se potencia, atrás se suma otro más enojado. El taxista clava el puño en el pito, el del auto de al lado le grita, el peatón se asusta y enfurece", dice Esther Díaz, doctora en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, describiendo una escena cotidiana que certifica una costumbre bastante negativa: "La crítica permanente".
"Ejercemos la crítica de una manera cruel -explica Díaz-. Hasta nos quejamos del tiempo cuando no encontramos otro motivo mejor". Ella cree que todo se remite, fundamentalmente, a una falta de ejercicio de la autocrítica. Todo indica que lo que escapa de nuestro parecer, lo que no responde a nuestras necesidades, es blanco de crítica e ira.
"Para empezar por algún lado, creo que hay que buscar el aspecto positivo de todo aquello por lo nos quejamos tanto. No hablo de un optimismo tonto. Me refiero -propone la doctora en Filosofía- a revertir la crítica y el enojo constante y pensarnos un poco más críticos de nosotros mismos. Creo que quienes tienen autocrítica se enojan menos".
Los dos enojos: el bueno y el malo (como el colesterol)
Antes de endilgarle todos los males, hay que destacar que el enojo tiene un lado positivo, pues muchas veces es el motor que permite avanzar hacia la meta. Es la fuerza, la energía creativa para concretar un deseo, protegerse y hacer valer los derechos individuales y los del grupo de pertenencia. Pero, claro está, prima el aspecto negativo. El 'enojo malo' atenta contra la salud física y psíquica; perturba, desorganiza el comportamiento y puede llevar al hombre a vivir situaciones límites o extremas.Clarisa, de 24 años, pelea con sus "kilos de más": "Hace pocos meses, una amiga me ayudó a entender que no paraba de comer porque estaba enojada. Estaba furiosa conmigo misma. No salía de un círculo vicioso que pudo terminar muy mal". Clarisa se apasiona en el relato, orgullosa de haber superado el trauma: "No podía volver a la talla de ropa que había usado siempre. Si no conseguía volver a mi talla era porque no tenía control ni voluntad. Por eso me castigaba con más comida; después de todo, si no iba a adelgazar, para qué cuidarme". Clarisa bendice el momento en el que se dio cuenta.
El enojo por definición es una emoción fuerte que puede estimular una acción agresiva. Es una reacción fisiológica y psicológica al dolor, el sufrimiento, la amenaza o el peligro. Algo que pasa o que dicen pone en alerta. Frente a la amenaza, el cuerpo se prepara para el ataque o la fuga.
"El enojo comienza cuando algo no satisface. Cuando no hay satisfacción, nos sentimos frustrados, y la frustración es la materia para construir la agresión. Las emociones negativas, como el enojo y la ira, desgastan y destruyen al hombre y a su entorno", explica Graciela Moreschi, médica psiquiatra especialista en vínculos.
Sea cual sea el volumen o grado que haya alcanzado, el proceso del enojo sigue siempre la misma dirección: se tiende a destruir, cueste lo que cueste, la fuente del miedo.
Cuando alguien se enfurece, el cuerpo experimenta miles de cambios sucesivos. Marcelo Hernández, médico psiquiatra, lo hace fácil de entender: "Se exprimen las glándulas suprarrenales y mandan al torrente sanguíneo adrenalina, noradrenalina, cortisol. Todo este shock de neurotransmisores produce cambios metabólicos, vasculares; aumentan la respiración y el ritmo cardíaco".
El enojo crónico ha sido vinculado con enfermedades coronarias, cáncer, embolias, así como depresión, automutilación y abuso de sustancias.
"Hay depresivos -dice Hernández- que pasan por su estado enojándose e insultando por todo. Es lo contrario de lo que uno imagina de un depresivo sumiso, abatido, tirado en la cama".
Puede pensarse el enojo como resultado de la ansiedad, la angustia y la impotencia. "Estos sentimientos que alteran el estado de ánimo -subraya Moreschi- han colaborado con el incremento en el consumo de ansiolíticos. Y, aún más grave, el enojo del escéptico, del descreído, aumenta el consumo de otras drogas".
Moreschi considera que "el enojo paraliza y resiente... Estamos dejando escepticismo como herencia. Si nada de lo que quiere ocurre, si hay cosas que no tienen remedio y no hay salida, el escéptico se enoja y no hay cuerpo que resista tal desolación".
El estilo de personalidad de cada uno dará curso y grado al sentimiento. Están quienes enfrentan el enojo, quienes resuelven la bronca y a otra cosa, quienes le huyen por temor o falta de recursos. Están quienes callan, gritan, pegan, matan o se escudan tras un cambio hormonal, quienes se calman con tomar un poco de aire o hacer actividad física.
Fabián, de 28 años, no está cómodo en su lugar de trabajo. "Los domingos a las seis de la tarde empieza a dolerme el estómago -comenta, mientras aprieta los puños-. Me encierro en mi cuarto porque todo me da bronca. Ni siquiera atiendo el teléfono. Sé que voy a contestarle mal a quien se me cruce. Mi novia ya sabe que el domingo es el día para salir con sus amigas, porque yo desaparezco". Fabián es un joven analista de sistemas que está de novio hace cinco años y a él el futuro lo asusta para dar un paso más en su compromiso sentimental y profesional. Su novia es psicóloga y no puede creer que la 'ley de Murphy' la haya tocado tan cerca. "Ella me dice que tengo que aprender a transformar el enojo en acciones positivas -cuenta Fabián-. La verdad es que mi jefe es un soberbio insoportable. Qué puedo hacer si él es el enojo y la violencia en persona".
Hernández hace hincapié en que "cuando alguien se enoja seguido es que carece de idoneidad para manejar la situación. Pensemos, por ejemplo, en la persona en su ámbito de trabajo, con un jefe enojado, que grita, que abusa de su poder. Claro está que el que necesita enojarse para dirigir carece de talento y de capacidad de resolución. Puede que haya cosas que lo enojen, pero no por eso debe ejercer su rol desde la agresión. Esa persona es insegura, no es idónea y ejerce la violencia".
Los enojos que no se detienen a tiempo pueden convertir a una sociedad en un sistema enfermo, violento. Así como ocurre con cada persona en particular, las sociedades que no resuelven sus enojos pueden terminar siendo comunidades frustradas, agresivas, violentas, deprimidas.
La terapia del enojo
Se insiste, ante todo, en la premisa de que el acto de enojarse es humano y natural; pero es clave poder identificar cuál es la causa, el contenido, la intensidad y el curso del enojo.
Para combatir el enojo parece haber prácticas y métodos más sencillos y concretos. Es clave entender la necesidad de hacer prevención o pensar en intervenciones tempranas para evitar casos problemáticos.
El enojo, entendido desde la clínica, se trata con especialistas recién la persona ha cometido un delito agresivo. Así funciona el sistema. Los jueces suelen solicitar terapias contra el estado de enojo, la ira y la violencia luego de evaluar una serie de peritajes en los que queda en evidencia el daño psíquico de esa persona, de su víctima o de toda una familia o sistema.
"Se puede aprender a manejar las emociones destructivas, como el enojo", sugiere Moreschi, que considera como efectivas las técnicas que aporta la terapia cognitivo conductual y la gestáltica. "La primera trabaja sobre los pensamientos y creencias del sujeto; la gestáltica aceptará la emoción que origina el síntoma y utilizará su energía para madurar esos aspectos de la personalidad", asegura.
El psiquiatra Hernández dice que las capacidades y los patrones de personalidad definen la terapia. "Aquel que tenga inteligencia introspectiva y autocrítica podrá avanzar en un tratamiento para revertir lo que lo desajusta. El que carezca de estas virtudes deberá recibir medicación. En principio, un tratamiento con ansiolíticos. Luego habrá que evaluar si hay que acompañar con antidepresivos; esto, siempre y cuando se llegue a la conclusión de que tras ese estado de irascibilidad hay algún tipo de depresión".
"Se trata de entender qué nos enoja. Pero no alcanza con sacar la bronca, la angustia o los pensamientos negativos -reflexiona Moreschi-. Si hay algo que deseamos y nos enoja no poder tenerlo, habrá que repensar qué estamos haciendo por alcanzarlo o entender que eso que buscamos no está a nuestro alcance, al menos en este momento. Saber hacer el duelo también es desterrar el enojo".
Para entender y superar el enojo
Identifique qué lo enoja. Luego trabaje el sentimiento diciendo cómo se siente (si no puede, escríbalo) y resuélvalo cuando esté menos enojado. Es importante pedir perdón y perdonar. Por último, consulte con un profesional si cree que el enojo es incontrolable y que puede causar daño a uno mismo o a otros.
Por Eduardo Chaktoura
La Nación (Argentina)
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