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Carrusel - ELTIEMPO.COM

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Dulces, ¿una amistad peligrosa?

Ninguna golosina es dañina si se consume en su justa medida, por eso no sea extremista y no se las prohíba a sus hijos. Pautas sobre cómo suministrarlas.

El hombre es un animal de costumbres y eso se puede advertir desde su más temprana infancia. Por eso, que una niña de apenas 2 años disfrute un trozo de zanahoria como si se tratara de la más suculenta golosina es una escena que llena de regocijo no solo a su mamá sino a su nutricionista.

De esa curiosa experiencia se acuerda Clara Rojas Montenegro, nutricionista infantil que no puede ocultar su felicidad porque su pequeña paciente le halló el gusto a la zanahoria, tanto como se lo encuentra a los dulces. ¿Cómo se logra? Como dice la experta, "creándoles el hábito, porque los niños siguen el ejemplo de sus padres y por eso hay que enseñarles que las frutas y verduras son tan deliciosas como los dulces".

No es que ella tenga algo en contra de las golosinas, sino que nota con preocupación cómo a su consultorio llegan cada vez más pacientes con problemas de inapetencia, sobrepeso u obesidad, por malos hábitos de alimentación.

"El dulce realmente es un alimento calórico, que en pequeños tamaños brinda un aporte energético, y si se come moderadamente no tiene inconveniente -apunta el pediatra Rubén Darío Franco-. Pero en exceso produce grasa que termina acumulándose en el cuerpo".

Lo curioso es que los dulces, bombones, helados y confitería en general, han servido de inspiración hasta el delirio de historias como Hansel y Gretel, películas como Charlie y la fábrica de chocolate y de fechas como Halloween. Entonces, por qué se tiende a 'satanizar' su consumo.

Quizá en su compleja dualidad se halle la explicación. Sí, son tan buenos que se vuelven los malos del cuento. Es decir, generan sensaciones tan agradables, dicen que hasta alegran la vida y frenan las emociones negativas (como lo logra el chocolate), pero cuando se comen en cantidades exageradas causan indigestión y hasta diarrea.

Obvio, todo en exceso hace daño. "La clave es la mesura, porque estas golosinas no tienen un aporte nutricional, pero sí les reportan satisfacción a niños y adultos. Eso no hay que desconocerlo", insiste Rojas.

Para la endocrinóloga pediatra Paola Durán, se debe vigilar cuántos se comen, cuándo y dónde. "Se sabe que hay relación directa entre las horas diarias de computador y televisión con los índices de adiposidad. A más de dos horas de sedentarismo, más riesgo de obesidad", dice ella.

Y no es una preocupación nueva. "Un estudio publicado en 1999 por el American Journal of Clinical Nutrition concluía que el 80 por ciento de los adolescentes obesos serían adultos obesos, y hay más niños con este problema porque pasan más tiempo frente al computador o la televisión y realizan menos actividad física o ejercicio", agrega. Es más, en Estados Unidos se han hecho estudios que dan cuenta del aumento de la obesidad infantil en las últimas décadas. "En 1971 alcanzó el 6 por ciento, entre 1988 y 1994 subió al 11 por ciento y de 1999 al 2000 al 15 por ciento en hombres y mujeres, según Nacional Health and Nutrition Examination Survey (Nhanes)", refiere la endocrinóloga.

Pero los problemas de sobrepeso y obesidad infantil no se le pueden achacar en exclusiva al consumo desordenado y exagerado de los dulces. "Hoy, los niños son más sedentarios. Por eso los padres deben cerciorarse de que, además de la clase de educación física en el colegio,  ellos hagan 30 minutos diarios  del ejercicio de su preferencia como nadar, patinar, jugar fútbol, etc", aconseja la especialista.

Ahora bien, ¿qué tan cierto es que se nace con la predisposición genética para que nos guste más lo dulce o lo salado? "Hay una preferencia innata por estos dos sabores en rechazo de lo ácido y amargo -sostiene Durán-, pero resulta muy difícil separar la genética de los factores ambientales para determinar las razones por las que a alguien le gusta más uno u otro".

Sin embargo, concluye el pediatra Rubén Darío Franco, "así como cada quien tiene su temperamento, también guarda predilección por ciertos sabores, pero, sin duda, influye cómo se le acostumbró a comer en la casa". De todas maneras, genes y hábitos son aportados por los padres.

A sumar

Cada gramo de azúcar (que es un carbohidrato) tiene cuatro calorías. Un gramo de grasa aporta nueve, y uno de proteína, cuatro. En los niños, los alimentos fuente de carbohidratos deben aportar del 45 al 65 por ciento de las calorías. Por salud, más del 25 por ciento de estas no pueden provenir del azúcar.

Rutinas azucaradas

  • En la lonchera inclúyales una fruta, un lácteo y una proteína. Puede agregarles un alimento dulce, pero no como un premio y tampoco a diario si su hijo tiene problemas de sobrepeso. Hay variadas opciones: una galleta, mejor si contiene fibra, o cualquier otro alimento que aporte energía (una barra de cereal, gomitas o un trozo de bocadillo con queso son buenas opciones). 
  • Los niños viven periodos de crecimiento rápido y otros más lentos, por eso es normal que tengan épocas de más hambre. Alrededor de los 3 y 4 años de edad hay disminución de apetito y baja en crecimiento, porque es la temporada en la que la boca ya no es su principal sitio de exploración (como lo es hasta que aprenden a caminar), entonces empiezan a explorar cosas nuevas que les parecen más interesantes que comer.
  • Explíqueles desde temprana edad que hay comida saludable, así no sea tan agradable para el paladar.
  • Enséñeles que así como pueden comerse un dulce u otros carbohidratos, se deben incluir en su dieta diaria frutas, verduras, proteínas.
  • El azúcar, como la sal, producen calorías y, obviamente, si se consumen en exceso serán más y esto hace que el cuerpo se 'recaliente'. Una buena forma de equilibrarlo y refrescarlo es consumiendo bebidas ácidas (jugos naturales sin azúcar).
  • Los hábitos que se adquieran en la infancia son definitivos para la vida y de estos dependen la aparición en la adultez de enfermedades crónicas, no transmisibles: osteoporosis, diabetes, obesidad, etc.

QUE NO SEA A ESCONDIDAS

Establezca un horario y un límite para comer dulces, así el niño aprende que puede disfrutarlos con mesura y en su debido momento para que no se altere su apetito.

No lo premie o castigue con golosinas. Evite enseñarle a buscar gratificación en estas o utilizarlas para cambiar su estado de ánimo (tristeza, rabia, frustración, etc.). 

El dulce puro (azúcar, miel y dulces refinados) se absorbe muy rápido y aumenta de la misma manera los niveles de azúcar. Se debe vigilar especialmente en niños con problemas de sobrepeso.

Para temporadas como Halloween o Navidad, enséñele a administrar sus golosinas. No le permita que quiera comérselas en un solo día. Así le evitará indigestión y diarrea.

Por Flor Nadyne Millán M.

Asesoría: Paola Durán, medico endocrinóloga pediatra de Endoped. Tel. 213 6911, Bogotá. Clara Rojas Montenegro, nutricionista infantil del Centro Colombiano de Nutrición Integral CECNI y de ENDOPED -Centro de Endocrinología Pediátrica de Niños y Adolescentes. Tel. 214 3975. Rubén Darío Franco, médico pediatra. Tel. 691 2252 rufrata@yahoo.com.ar

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