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El desafío de estar unido

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Este año el Desafío, la lucha de las regiones, puso en evidencia las grandes diferencias entre las regiones. Entre competencias, queda la sensación de que nuestro país aún no se reconoce a sí mismo.

Un año menos, un reality más. Y entre tanta cámara infidente, tanto drama con libreto de realidad y tanto héroe y villano automáticamente elevado e instantáneamente olvidado, hubo un show que propuso, sí, lo mismo que sus antecesores, pero con un fondo distinto y de diversas interpretaciones. Se trata de El Desafío, la lucha de las regiones, un reality que desde el efecto radiactivo de la pantalla nos contó una historia que ya sabíamos: que todavía estamos irremediablemente separados (al menos eso parece).

Hubo protagonistas, antagonistas, pequeñas tragedias dosificadas en tragos de media hora, complots, intrigas, planes, millones en juego, supervivencia, pruebas (que este año, hay que decirlo, mejoraron bastante) y todo lo que crea ese coctel molotov que eleva los indicadores de audiencia, mientras que la audiencia, con el rostro iluminado y la pupila reducida, asistió a la epifanía diaria de anónimos transformados en ídolos. Pero también este año estuvo presente la división de un país que aún parece feudal, de una nación que parece constituida por pequeños reinos/regiones, con distancias enormes entre unos y otros.

Paisas, cachacos, santandereanos, costeños y vallunos. Elenco de estrellas en un país lleno de actores de toda laya. Cada uno con su rol bien definido, cada uno con su estereotipo a la talla, reproducido por ellos mismos y vuelto a reproducir por los espectadores a la hora del tinto. Ya saben: cachacos taimados, santandereanos de mal genio, costeños perezosos, vallunos rumberos y paisas regionalistas. La competencia en la playa y el debate al otro día en la mesa de la cafetería, donde cada quien hace la defensa de su región, donde se vuelve al cliché patrocinado, quizás, por el desconocimiento del otro, por la calificación de alguien según el punto en la geografía en el que nació.

Y lo digo de una vez, El Desafío me convocó casi todas las noches con fervor de feligrés de pueblo pequeño. La tensión de una competencia, la fe en ese breve héroe, la defi nición de justicia en un juego (que solo es eso: un juego), las relaciones humanas alteradas y atestiguadas por una cámara. Porque no sobra decirlo, el drama es el altar ante el que nos arrodillamos y por eso siempre le haremos fuerza a la madre soltera, al hombre humilde, al proscrito del grupo. Fuerza a Peter y no a Carolina, al obrero y no a la niña consentida, a nuestra región y no a la otra.

Y sí, el programa fue solo eso, un programa de supervivencia, pero las conclusiones cada cual las saca. La mía, antes de conocer el desenlace (estas páginas se escriben con anterioridad), es que desafortunadamente aún vivimos en un país que no se reconoce, en el que todavía guardamos gigantescas distancias entre unos y otros y en el que todos somos extranjeros.

Pero para llegar a esa conclusión no hay que acudir a un reality para ponerla en evidencia, pues siempre ha estado allí agazapada, en cualquier conversación, en cualquier lugar. ¿Qué nos une? Suena duro, pero solo se me ocurre decir que la selección Colombia.

Y eso es lo más complicado.

Por: Julian Isaza.

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