¿La máxima minimalista aplica también para las proporciones corporales? ¿Es mejor una exuberante talla 38 en brasier o una 32 bien administrada?. Aquí una defensa de la escasez pectoral.
Tengo 30 años y soy talla 32. Cuando tenía 15 años supe que no iban a crecer más, pues mientras mis amigas ya pasaban por la talla 34 y algunas hasta la 36, yo me quedé eternizada en ese 32, que hoy, después de todo, se convirtió en mi orgullo. Mi mamá siempre rezaba para que no fuera a tener unas tetas inmensas, lo que habría sido un castigo para mi espalda y mi estatura, por eso ahora le agradezco a ella por sus oraciones y a la genética por el favor que me hizo, pues tenía grandes posibilidades, por herencia, de ser una Pilar, como la canción de 'Toreros Muertos'.
Me siento perfecta con mi pecho pequeño, que me ha hecho feliz y me ha dado todo el placer que quiero. Mi pecho infantil ha sido elogiado, admirado y deseado por hombres y modistas que lo ven como una oportunidad y no como un problema inabarcable. Con mi busto minimalista uso los escotes que quiero sin sufrir pegándome con esparadrapo lo que la gravedad reclama a gritos. Siempre me veo elegante y sofisticada luciendo un pecho delicado y no un par de masas rebosantes.
Tal vez por evolución, la humanidad en algún momento prefi rió pechos opulentos que garantizaran la alimentación de una familia. Pero la evolución misma se ha encargado de mostrar que no son necesarias tallas 38 de brasier para ser atractiva, conseguir marido y, sí, reproducirse. Todo lo contrario, hoy en día muchas mujeres en contra del mandato de natura, terminan inflando su delantera y convirtiéndose en objetos de miradas que, las más de las veces, las terminan refundiendo detrás de ese par de siliconas. Solo basta con ver a Pamela Anderson y la difunta Anna Nichole Smith que se transformaron en el sinónimo del exceso, en casi un chiste cruel del que muchos ríen sin reparo.
No niego que un par de senos grandes son llamativos, pero estoy segura de que ellos también prefieren lo natural a lo sintético, la obra de la genética a la del escalpelo y que, por eso, bellas con voluptuosidades naturales como Marilyn Monroe, Scarlett Johansson o Rachel Weisz son indestronables; así como Nicole Kidman o Natalie Portman, que con su escasez, son símbolos de elegancia y sofisticación.
El exceso de las décadas de los 80 y 90 pasó y hoy los bustos pequeños toman su lugar, son un misterio para descubrir. No son obvios, sugieren, para que al quitar la prenda haya casi una epifanía, un pecho delicado, con límites y fronteras. Unos pechos pequeños envejecerán con dignidad, conservarán su lugar y no serán atraídos por el suelo y amenazarán con tocarlo. Tallas como la mía son agradecidas y, después de alimentar descendencia, recuperarán su encanto.
Pero hay mucho más, la ropa interior es para mí un accesorio erótico y no un objeto de primera necesidad. Puedo usar cualquier tipo de sostén con o sin varilla, top, estrapless, del material que quiera y además a buen precio, pues casi siempre las tallas pequeñas son más baratas. También puedo salir tranquilamente en esqueleto, segura de que en la calle no voy a tener que escuchar declaraciones de toda laya, pues la atención de los hombres que se me acerquen no está centrada en mi busto, sino en mi cuello o mis ojos y, por eso, pueden articular frases coherentes. Quizás también por eso, en la cama ellas son protagonistas, pues siempre son tratadas con delicadeza, ternura y pasión y no me siento amamantando a nadie.
Soy feliz con mis miniaturas, no anhelo siliconas, disfruto de lo que tengo y me siento hermosa cuando me veo en el espejo y encuentro una mujer sobria. Es verdad, la felicidad está en saber administrar lo que se tiene, no en tener más. Por eso, a quienes todavía dudan sobre el tamaño de su pecho, les recuerdo que reza el dicho que "la avaricia rompe el saco" y, en este caso, hasta la columna.
Por: Mariana Jaramillo Fonseca