Hace dos años la modelo y diseñadora tolimense Giovanna Guzmán no podía lucir un vestido de baño. Un tratamiento con inyecciones de biopolímero en sus glúteos le cambió el cuerpo.
Giovanna Guzmán tenía las medidas perfectas. Lucía un cuerpo fresco, armonioso y sin complejos. Sin embargo, guiada por los estereotipos de la época, tomó la decisión de cambiarlo y aumentar sus glúteos. Con la promesa de una mejor apariencia física, en ese momento no valieron los consejos y advertencias de amigos y familiares, e inició la búsqueda del método supuestamente más adecuado para ella: unas inyecciones de biopolímeros que no requerían intervención quirúrgica. "En ese entonces yo estaba en el mundo del modelaje y quería verme igual a las mujeres que causaban furor en esa época con sus marcadas curvas", cuenta Giovanna. Según especificaciones de los doctores que la atendieron, ella no requería de más de dos aplicaciones (cada una del tamaño de un tazón). Los resultados no se hicieron esperar e inmediatamente sus curvas fueron más pronunciadas, sus nalgas adquirieron más volumen y se sentía totalmente segura en los desfiles y concursos. "Eso sí, las inyecciones se debían acompañar de mucho ejercicio y masajes, que resultaron tan dolorosos que me sentía morir", agrega Guzmán.
De talla 6 a 10
Un año después de las inyecciones, Giovanna empezó a sentir que sus glúteos no eran los mismos, cada vez se expandían más e incluso la piel cambió de contextura, era más sensible y aparecieron algunos moretones. "Al comienzo todo se veía divino, estaba feliz, pero luego no podía rozar la piel con la ropa porque sentía piedras en mi cola. Lo peor era que se multiplicaban cada vez más. Si aumentaba algo de peso, automáticamente las caderas se expandían. Fue una pesadilla", dice.
El cambio fue radical. De talla 6, la modelo pasó a ser talla 8 y en algunos casos, 10. "La culpa, en gran parte, fue mía porque tenía un buen cuerpo y decidí cambiarlo. Tal vez, por eso no hice ningún reclamo. Aunque era ignorante en el tema, desde un principio sabía lo que estaba haciendo".
La solución no fue fácil. Pasaron unos meses para que el médico cirujano Fabio Campo se atreviera a corregir las secuelas del tratamiento. No todos los expertos practican este procedimiento.
Fue necesario obtener varias resonancias para identificar dónde estaban los cristales del biopolímero. Hasta el momento, se ha sometido a tres operaciones, que han logrado sacar un 80 por ciento de los cristales que tenía. Sin embargo, aún quedan rastros del implante.
"Lamento haberme realizado este tratamiento. Dañé una parte de mi cuerpo que nunca volverá a ser la misma. Solo necesitaba más trabajo en el gimnasio o tal vez una mejor asesoría", asegura.
Por Ángela Landínez
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