Foto: Jupiter
Ocho clases de parejas a las que es mejor huírles, según un libro de Walter Riso.
Ocho clases de parejas a las que es mejor huírles, según un libro de Walter Riso.
"Es egoísta, pero no tanto". "Le gusta coquetear, pero no es tan grave". "Es bastante celosa, pero yo sé manejarla". "Es muy inestable, pero yo trato de acoplarme y tener paciencia". "No es expresivo, pero es su manera de ser".
Si usted ha pronunciado frases como esas para justificar el comportamiento de su pareja, es posible que haya estado envuelto en una forma de amar muy peligrosa, de acuerdo con la categorización que hizo el psicólogo Walter Riso de ocho tipos de individuos y relaciones que van de lo enfermizo a lo dañino.
De su libro Amores altamente peligrosos sacamos un resumen de estos estilos.
El desconfiado y vigilante
Quien entable una relación con esta persona será culpable hasta no demostrar lo contrario. Su premisa es "la gente es mala y, si bajas la guardia, te lastimará".
Por lo tanto ser recelosos y contraatacar es su mejor forma de sobrevivir. Siempre que inician una relación entran con desconfianza, vigilando y con la certeza de que el otro los engañará.
Para relacionarse con ellos hay dos alternativas: o someterse a su requisa o rebelarse.
El hostigante y teatral
Amar a alguien de este estilo es dejarse llevar por un huracán.
Se creen el centro de atención, tienen una emotividad excesiva, un cuidado exagerado por su aspecto físico y recurren mucho a actitudes seductoras.
Comienzan sus relaciones llenos de pasión y después, como en caída libre, las terminan drásticamente. Aunque son joviales y simpáticos, no tienen control sobre sus propias emociones, que disparan sin medir consecuencias. Es fácil caer en sus redes, pues la mezcla de buena apariencia y seducción resulta arrolladora.
El violento y pendenciero
Es una forma de desamor protagonizada por personas que son incapaces de reconocer los derechos de los demás.
Son individuos que violan las normas sociales, son impulsivos, irresponsables y hasta tienen comportamientos ilegales. Lo sorprendente es que consiguen pareja, se casan y tienen hijos.
La esencia de un amor maligno como este es la cosificación del otro. Supone convertir a las personas en objetos de uso múltiple y desprenderse de cualquier responsabilidad.
El caótico e inestable
Bienvenido al reino de los impulsivos, inestables, paradójicos, caprichosos, inseguros, autodestructivos y con tendencia a desarrollar adicciones. Son de temperamento explosivo.
Un coctel de sensaciones y emociones fuera de control, en el que el amor se torna cada día más caótico y desesperante.
Las palabras claves de este estilo son indefinición e inestabilidad. Con ellos se vive al filo de la navaja, esperando que cualquier cosa pase, y seguro que pasará.
El suversivo
Vivir con este tipo de personas es como tener un movimiento de resistencia en casa: sabotaje, insurrección, lentitud, incumplimiento e indolencia, todo junto e impredecible. Amor ambivalente, desconcertante y conflictivo, resentido y dependiente a la vez. El conflicto con la autoridad, real o percibida, es una de las características principales.
El egoísta y narcicista
Se considera a sí mismo especial y único y percibe a los demás como inferiores. Y, ¿cómo amar a quien vive enamorado de sí mismo? Querer a una persona egocéntrica siempre llevará implícito un tercero en discordia incrustado en el ser amado: la soberbia. Y es que cuanto más se ame a un narcicista más se alimentará su sentimiento de grandiosidad.
El perfeccionista
Nada satisface a un obsesivo porque siempre habrá algo que se podría haber hecho mejor. Esto hace que la relación se vuelva solemne, amargada y formal, ya que la espontaneidad y la frescura serán vistas como desaciertos. Este estilo de amar controla, organiza, establece reglas y sistematiza todo a su paso. Vivir con esta persona es una pesadilla.
El indiferente
Aislarse de la pareja es una forma silenciosa de agresión. Es tanto o más destructivo que el amor violento. Aquí no hay seducción, expresiones cariñosas o acompañamiento, solo un vacío afectivo y la necesidad de una independencia radical e impracticable. Por fortuna, muchos de estos individuos adoptan la soltería: el peligro está en los que no.
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