Foto: Júpiter
En el cementerio local de esa población noruega, los cuerpos no se descomponen debido a una capa subterránea de hielo.
El cementerio local no recibe cadáveres hace 70 años, según una crónica de la 'BBC' de Londres.
Longyearbyen, un pueblo en el archipiélago Svalbard en Noruega, es uno de esos lugares donde el clima da espacio a historias tan inverosímiles como prohibirles a sus habitantes que se mueran.
Ubicado entre la costa norte de Noruega y el Polo Norte, donde las temperaturas son realmente bajas durante casi todo el año,
Longyearbyen no recibe un cadáver en su cementerio desde hace más de 70 años.
Las autoridades de la población, según un reporte difundido ayer por la BBC, encontraron que los cuerpos que fueron enterrados en su necrópolis no se estaban descomponiendo, pues una capa subterránea de hielo los estaba preservando. Incluso, las autoridades removieron los tejidos de un hombre que murió en 1917 y encontraron rastros del virus de influenza que acabó con su vida y las de otras personas durante una epidemia que se presentó en Longyearbyen ese año.
Por eso, las personas en estado terminal o que mueren de manera sorpresiva en la localidad, deben ser trasladadas hasta la costa norte de Noruega para buscar un lugar donde se puede hacer su inhumación, dice la BBC.
¿Cómo matar un oso?
A los problemas con los cadáveres, los habitantes de Longyearbyen deben afrontar otros inconvenientes por su ubicación geográfica, como la sucesiva aparición de osos polares.
De hecho, las autoridades locales cuentan, sin mayor asombro, que el primer día de clases en una universidad, los nuevos estudiantes gastan su tiempo en aprender cómo enfrentar a uno de estos animales. La instrucción es "apunte hacia el pecho", pues si se dispara a la cabeza lo más probable es que no se dé en el blanco.
Aunque la cacería de osos está prohibida en Longyearbyen, sí se permite dispararles a estos animales en defensa propia, siempre y cuando se le informe al gobernador local de la situación.
En el caso de los jardines infantiles, son las profesoras quienes portan un arma de seguridad cuando los niños deben hacer recorridos por fuera de su salón.
El clima de la localidad también produce historias curiosas, pues el día en el ártico dura entre marzo y octubre, pero sus rayos no son tan cálidos como en el trópico.
La noche, que ocurre entre octubre y marzo, es muy fría y la oscuridad se prolonga de tal forma que los niños hacen dibujos del Sol sobre papel de seda y luego los pegan en las ventanas de sus salones.
Varios de estos niños sufren problemas de movilidad debido a sus pesadas ropas de invierno, por lo que deben ser entrenados para que extiendan sus extremidades.
El calentamiento global ya empezó a modificar algunas cosas en Longyearbyen. Sus fiordos de hielo empezaron a descongelarse, lo que hace prever que el cementerio volverá a abrir sus puertas.
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