El egoísmo se apodera a veces de los liberados, que pueden llegar a no tomar en cuenta el dolor de la pareja y de los hijos, dice alguien que vivió el secuestro en carne propia.
"Uno sale con la piel muy delicada... le duelen hasta los sentimientos, y cree que el único que sufrió fue uno", explica Fabio Téllez, un contador de 51 años y con tres hijos, al señalar las razones por la que su secuestro de un mes en 2002 acabó con su relación de pareja de 12 años.
"Cuando regresé quería seguir con mi vida, pero sentía que mi familia me encerraba otra vez; no me dejaban salir solo y me cuidaban todo el tiempo. No entendí que lo hacían porque me
querían", explica.
El tono de su voz y sus palabras recuerdan las que esta semana pronunciaron el senador Jorge Eduardo Géchem y su esposa Lucy, para anunciar su inminente separación:
"... es una de las secuelas que nos han dejado estos seis años de separación", dijo él. "Se llevaron a un Jorge Eduardo y me devolvieron otro", agregó ella.
También en su momento el canciller Fernando Araujo se refirió con "pesar" a la decisión de su ex esposa, Mónica Yamhure, de rehacer su vida tres años después de su secuestro.
Sus casos no son únicos y en un país como Colombia se repiten en casi todos los hogares donde hay un familiar secuestrado. De acuerdo con la Fundación País Libre la gran mayoría de parejas afectadas por el tema pasan por una crisis que requiere de ayuda profesional.
El 46 por ciento de ellas, según sus cálculos, acepta que tienen un problema y tras meses de trabajo logra salir adelante. El 24 por ciento se queda viviendo conflictos por mucho tiempo, y aunque no todos se separan, el 33 por ciento de estos casos terminan en ruptura definitiva.
Para Dary Lucía Nieto, coordinadora de Psicología de esa fundación, tras la euforia inicial de la liberación, las parejas entienden que las condiciones han cambiado, que los roles no son los mismos y entonces se presentan las dificultades al readaptarse.
El cautivo pasa por una etapa de evaluación de las cosas que dejó -incluida su pareja y su familia- y de adaptación para tratar de sobrevivir física y mentalmente a su secuestro. Mientras que su pareja en libertad asume nuevos roles y termina asumiendo
el peso de los hijos y la familia. "Eso hace que cuando se reencuentren no sean los mismos ni tengan la misma visión sobre la vida, la pareja y la forma como funcionan", agrega Nieto.
Usualmente, las crisis de pareja se presentan entre los cuatro y ocho meses que siguen a la liberación y, por lo general, la persona que no estuvo secuestrada es la que trata de buscar ayuda profesional.
"El secuestrado tiende a negar que tiene un problema y lo único que quiere es alejarse del estigma de lo que le pasó", agrega Nieto.
Además de los cambios de roles, puede suceder -especialmente en el caso de cautiverios largos- que una de las dos personas se involucre sentimentalmente con otro u otra.
La terapeuta de pareja Nelly Rojas de González dice que todo depende de los rasgos de la personalidad de cada quien, que en últimas definen cómo esa persona va a vivir el drama del secuestro, bien sea desde el cautiverio o en la libertad.
"Hay gente muy fuerte y optimista que saca fuerzas y asume la situación con coraje, mientras que otros necesitan más apoyo y terminan llenando el vacío con otra persona", señala. "En cualquiera de los casos -asegura- es clave no juzgar".
La experta señala que lo más importante es recordar que el secuestro es vivido en pareja como un duelo, pero peor aún como un duelo errático e indefinido porque la persona que queda no tiene idea de si el otro va a volver, cómo va a volver o cuánto tiempo estará ausente.
Las consecuencias se pagan, muchas veces, con el matrimonio e incluso con la vida en pareja. Como Téllez que seis años después de su secuestro sigue solo, pero con la ilusión grande de volver a contar con quien en esa entonces era su amor.
TATIANA MUNÉVAR B.
SUBEDITORA DE VIDA DE HOY
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