Chile, paraíso del vino

Chile, paraíso del vino

Recorrimos algunas de las viñas de Casablanca para descubrir por qué son tan apetecidas.

Viñedos en Chile

Jardines de la Estancia El Cuadro se recorren a pie o en carruaje.

Foto:

Flor Nadyne Millán M.

30 de agosto 2017 , 10:00 p.m.

“Toma vino porque nunca una gran historia comenzó con una ensalada”, recomendaba alguien hace mucho tiempo. Y tiene toda la razón. Grandes historias comienzan acompañadas de un buen vino, aquí o en cualquier parte del mundo; y más donde haya seguidores devotos de esta bebida o inquietos por explorarla. Eso sucede en Chile, que, gracias a su rica tradición vinícola, está escribiendo una historia interesante y hoy es un destino apetecido no solo para los amantes del buen vino, sino para los turistas legos que, como yo, quieren saber un poco más de este apasionante universo etílico. 

Casablanca forma parte de los 14 valles vinícolas de Chile, y por la calidad de sus uvas es considerado la Capital Mundial del Vino, según Great Wine Capitals, la red mundial que agrupa a las regiones vitivinícolas más reconocidas en ambos hemisferios.

Hasta allí viajamos para hacer la ruta del vino. Una suave neblina, que cubre todas las mañanas a este valle costero de clima frío, nos recibe. Casablanca tiene más de 6.000 hectáreas de viñedos y al estar muy cerca del mar, alrededor de 30 kilómetros, es cubierta por la vaguada o neblina costera todos los días, y esta, junto con la corriente de Humboldt, hace que el agua de sus playas sea muy fría.

La neblina incide en que las uvas que brotan de estas tierras tengan una maduración lenta. La tenue brisa marina que refresca los viñedos y el sol que abraza los cultivos le confieren una atmósfera mediterránea a esta próspera comuna, que forma parte de la región de Valparaíso.

Chile está dividida en 15 regiones, y Casablanca es la comuna más grande de la quinta, que es Valparaíso. El Valle Casablanca está a 80 kilómetros de Santiago de Chile, y su clima frío es el hogar perfecto para el famoso pingüino de Humboldt. Es muy extraño verlo allí, porque uno se imagina a los pingüinos viviendo en la Antártida y de repente nos sorprenden caminando sobre un pequeño islote rocoso, llamado isla de los Pingüinos, cerca de la playa de Cachagua.

En este valle no hay ríos. La principal fuente de agua son la humedad y las napas subterráneas (pozos), pero estas se van secando cada vez más. En la zona central de Chile la sequía se prolonga desde hace 12 años. De los seis embalses de Casablanca, solo dos tienen suficiente líquido.

Allí llegamos luego de hora y media de recorrido en carro, procedentes de la ciudad porteña de Valparaíso, a 40 kilómetros, para hacer la ruta vinícola, en realidad una de las varias que tiene Chile, un paraíso en esta materia y que por eso tiene el privilegio de “ser el segundo país en el mundo con el vino de mejor calidad, por encima de España y después de Francia, –explica Ricardo Oyarzun, sommelier profesional chileno–. Al tener las cuatro estaciones bien marcadas y no contar con tantas regulaciones en la producción, goza de una libertad enológica interesante”.

Chile fabrica sus propios vinos desde el siglo XVI, incluso mucho antes que Argentina y Australia, también reconocidos por su riqueza vinícola, pero el país austral se caracteriza por la variedad de sus cepas. Por ejemplo, en Casablanca se pueden encontrar hasta 10 tipos de cabernet sauvignon, su vino ícono.

Los más egoístas

La primera parada de esta ruta de 15 viñedos es en la Estancia El Cuadro. Con 720 hectáreas (200 plantadas), está en la subregión de Tapihue y se recorre a pie o en un carruaje de caballos. Allí se disfruta una muestra de rodeo, deporte nacional; se conoce el Jardín de Cepas, que le ha valido un reconocimiento de la Red de Capitales y Grandes Viñedos; se visita el Museo del Vino y se compran vinos de producción limitada. Todo en un día, por 48.000 pesos chilenos (200.000 pesos colombianos, por persona). “En la Estancia, la formalidad con nosotros no va”, apunta Carolina Romero, enóloga del viñedo. La acompaña Fernando, el campesino que conduce el carruaje en el cual comenzamos el recorrido.

Romero cuenta que este viñedo vende el 90 por ciento de la uva a granel a viñas grandes como Concha y Toro, una de las principales comercializadoras de vino en América Latina; Veramonte y Errazuriz. Con el 10 por ciento restante hacen vino que no se encuentra en ninguna otra parte del mundo.

Vinos exclusivos o “muy egoístas”, dice. Según ella, la Estancia El Cuadro tiene el jardín de cepas más completo de Chile, con 26 variedades, y a finales de marzo, cuando comienza el otoño, “es la época más bonita para visitarlo porque los racimos ya cuelgan de las ramas”.

Banquete de uvas

La enóloga Carolina Romero me invita a probar uvas de las cepas que cultivan mientras habla de su origen. La chasselas es con la que se produce el ‘syrah’ o shiraz, del que se dice es el vino más antiguo del mundo. “Es el que Jesús tomó en la última cena y la cepa que mejor ha evolucionado en el valle de Casablanca”, afirma.

Este vino violeta es ácido, intenso; tiene aromas de frutos rojos, flores, olivos y aceitunas que lo hacen distinto y una bebida que se marida con quesos fuertes como el azul, Camembert, el ‘brie’, Edam, parmesano, y carnes como cordero, cerdo y pato.

Otra cepa es la del cabernet sauvignon chileno, tan exquisito que ocupa el segundo lugar en la lista de los 100 mejores vinos del mundo. En las largas filas de parras que forman este viñedo aparece la garnacha tintorera, “la única que tiene la pulpa roja”, agrega Romero. Otra es la carmenere, de origen francés y sobreviviente en Chile a una feroz plaga.

La mayoría de las uvas en este país provienen de Italia, Francia, España y Alemania; esta llegó en 1850. Mientras disfrutamos la uva, Romero nos resume la historia: en 1863 hubo una plaga propagada por la filoxera, un insecto que se comía las raíces de las parras y devoró los viñedos en Europa. Pero en Chile, gracias a su entorno natural, la plaga no atacó. Así que la uva sobrevivió en tierras australes. Apenas descubierta hace 30 años, hoy se estudia cómo cosecharla. En Santiago de Chile nos acompañó en la cena del primer día. Su vino es fácil de beber: “De cuerpo medio, tanino redondo, no deja la boca seca”, nos lo describían.

Entre gatos y ratones

Estancia El Cuadro no tiene bodega para vinificar, pero sí el único Museo del Vino de la región. Cinco años tardaron en construirlo con figuras talladas en madera para representar escenas del proceso de fabricación del licor en los años 1800. En su mayoría son hombres, porque “los canastos con que recogían la cosecha podían pesar más de 20 libras cuando estaban vacíos”, explica la enóloga Carolina Romero. Las mujeres se dedicaban a criar y a limpiar la casa. Su momento de redención llegaba en la vendimia, porque era cuando podían disfrutar la cosecha pisando las uvas, como nos lo retrata Marlen, la muñeca que con pose adusta muestra esta labor. Y fue así por tres razones: a las mujeres se las consideraba más limpias, y al ser más livianas no había tanto riesgo de que rompieran las semillas de las uvas ni las ramas que amargan el jugo. Quizá la más poderosa motivación: era la única oportunidad para que los hombres miraran sus piernas y escote.

Esa vieja tradición europea ya no se hace “por higiene”, cuenta Carolina. A la única a la que se le reserva el honor de pisar las uvas es a la reina de la vendimia, la fiesta que festeja la recolección de la uva. En Casablanca se celebró justo en nuestra visita, el 25 de marzo, cuando cerca de 40.000 personas disfrutaron de ríos de vino tinto, blanco y espumantes acompañados de platos como cordero al palo, arrollados y quesos.

Nuestro recorrido termina en las barricas, hechas de roble y cada una con una capacidad para guardar casi 300 botellas. Estos recipientes, que pueden costar entre 500 y 900 euros la unidad, se usan durante 4 o 5 años en las viñas comerciales y después los venden a viñas pequeñas que los emplean para decoración. Las cervecerías artesanales y las pisqueras, que están en auge en Chile, los usan para envejecer sus bebidas.

Llaman la atención unas figuras de ratas y gatos de madera que duermen sobre los tanques. Romero dice que estos animales se sentían atraídos por el dióxido de carbono que se despedía durante la fermentación. Lo inhalaban y se ahogaban, descomponiéndose adentro. “De ahí proviene el mito de que los vinos Gato Blanco y Gato Negro deben su nombre a estos incidentes en la fabricación. Se cree que la carne descompuesta de los animales ayuda a que el proceso de fermentación sea más rápido”, cuenta con humor.

Tenga en cuenta

-La moneda es el peso chileno: uno equivale a 4.380 pesos colombianos.

-El voltaje es de 220 V. Lleve enchufes del tipo europeo continental de dos clavijas (redondas). Otros enchufes necesitan adaptador.

-No se necesita ninguna vacuna para visitar el país.

-Entre el 21 de junio y el 23 de septiembre es invierno.

FLOR NADYNE MILLÁN M.
Enviada especial de EL TIEMPO
* Invitación de Turismo Chile

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