Un recorrido tras los pasos de Cortázar y Borges en Buenos Aires

Un recorrido tras los pasos de Cortázar y Borges en Buenos Aires

Los lugares donde dejaron huella estos célebres escritores. Para leer y visitar.

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Café Cortázar es el mejor lugar para evocar al legendario escritor.

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Coolturarte, Archivo particular, 123RF

16 de noviembre 2016 , 02:18 p.m.

El preámbulo de este recorrido literario por Buenos Aires es una tarde lluviosa y fría, muy fría, de invierno y de domingo. Una tarde que parece descrita precisamente por Julio Cortázar, como escenografía del encuentro: “Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío”.

Pero la cita está puesta en el Teatro Colón y contra todo pronóstico, el bus de Coolturarte, que hace el recorrido de Cortázar por la ciudad, está lleno: fanáticos del autor de Rayuela, Bestiario, El Perseguidor; estudiantes que quieren conocer mejor al llamado ‘Cronopio mayor’, profesores y varias parejas de novios emocionados por desandar por las calles que caminó Cortázar en la ciudad que fue suya aunque naciera en Bélgica.

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Una rayuela pintada en el suelo de la Escuela Superior Mariano Acosta

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El de ojos de cíclope, el amante de los gatos, el boxeo, el jazz, el flaneur, vivió en Buenos Aires entre 1930 y 1940, recorrió sus calles, teatros, cafés y, muchos de ellos, quedaron inmortalizados en sus libros o fueron inspiración para ellos.

Por eso el punto de partida no es gratuito. En el Teatro Colón, un Cortázar, muy joven, veía obras casi todos los días, en las butacas más baratas. Así lo va contando Mariana Iglesias, la guía y lectora empedernida de Julio, porque así se le trata a este escritor que se siente cercano, amigo, de esos con los que uno se encuentra para hablar de la vida y tomarse un café.

“De un concierto de Arturo Toscanini, salió el cuento Las Ménades que está en Final de Juego”, cuenta Mariana, y da comienzo a lo que parece más una clase emocionada y divertida sobre Cortázar en movimiento que un típico recorrido turístico.

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Una estación del subte de Buenos Aires.

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El bus transita ya por los caminos que conectaron a Jorge Luis Borges y a Julio Cortázar: el lugar donde alguna vez estuvo la revista Los Anales de Buenos Aires y al que un tímido Cortázar llevaría un cuento para que el gran Borges lo mirara. Era nada más y nada menos que Casa Tomada.

“Al cabo de una semana volvió y me pidió mi opinión –contó una vez Borges–. Yo le dije: ‘En lugar de darle mi opinión, le digo dos cosas: una, que el cuento está en la imprenta, y dentro de unos días tendremos las pruebas; y otra, que ya le he encargado las ilustraciones a mi hermana Norah’”.

Una parada obligada es la confitería London City, un café cerca a la Plaza de Mayo donde Cortázar escribió en 1960 su primera novela, Los Premios. Hasta allí llegaba y se sentaba siempre en la misma mesa que da a la calle, cuenta un mesero.Pero además, dice con orgullo, “hay varios pasajes del libro que transcurren precisamente aquí”. 

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En el Teatro Colón, un Cortázar, muy joven, veía obras casi todos los días, en las butacas más baratas.

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“La marquesa salió a las cinco”, pensó Carlos López, ¿Dónde diablos he leído eso?” Era en El London de Perú y Avenida, eran las cinco y diez. López movió la cabeza para desechar el recuerdo incompleto y probó su Quilmes Cristal”, se lee en la carta del café, donde recuperaron un fragmento del inicio de la novela.

Mientras en el fondo, en las mismas mesa y silla que usaba, tras una columna del café y como si estuviera escondido, se ve una escultura de un Cortázar ya viejo, más cercano a la imagen que el mundo conoce de él, con una taza de café del día y escribiendo.

Sentir a Cortázar

El recorrido por la Buenos Aires de Cortázar bien puede ser también como un juego, como en su Rayuela, pero a menos que el turista sea un experto, es preciso hacerlo de la mano de un guía que conozca bien las menciones que el escritor hizo de los lugares, las historias secretas tras las palabras, los cuentos de la infancia y los de sus amores.

Para recorrer la ciudad en clave de Cortázar habría que pasar por la Plaza de Mayo, el subte o metro para recordar uno de sus cuentos donde los personajes entran y no salen del subterráneo; los puentes y los pasajes, tan comunes en sus libros.

Pero sobre todo hay que leerlo o, en este caso, escucharlo. Y eso ocurre durante este recorrido. Ya la lluvia baja y aparece la voz del escritor con sus erres arrastradas, debido a su formación francesa y que lo hizo tan característico.

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Julio Cortázar, uno de los escritores más influyentes de la literatura latinoamericana.

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“Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita”, se le oye en un fragmento de Torito, uno de sus cuentos, mientras nos adentramos en su juventud y se ve la que él llamaba “la caja de zapatos amarilla”, la Escuela Normal Superior Mariano Acosta.

Allí aparecen el Julio Florencio Cortázar que estudió para convertirse en maestro, sus amigos de largo tiempo y el boletín de notas de sexto año: 10 en literatura, 10 en oratoria, 10 en historia y 8,62 en inglés. Y una rayuela pintada en el suelo de la escuela y dos esculturas que le hacen homenaje.

Siguiendo al cronopio

El barrio Palermo es también lugar obligado para seguir a Cortázar. Ahí se funden la ficción y la realidad del escritor. Escenario de Historia de Cronopios y de Famas, es además el sitio donde una plaza lleva su nombre y donde se puede ver una pequeña puerta de una casa en la que se hospedaba cuando viajaba de Chivilcoy, centro de la provincia de Buenos Aires, a la capital.

La plaza no es propiamente un lugar mágico, ni tiene el aura de Cortázar. Rodeada de bares y discotecas, lleva solo su nombre pero vuelve a cruzarse con Borges (ver El mundo infinito de Borges), aunque el barrio sí conserva el espíritu de los pasajes o callejones que sus personajes atravesaban, entrando en Buenos Aires y saliendo en París o viceversa.

Pero la perla de esta Buenos Aires está un poco más escondida, en un barrio inglés al que basta entrar para sentirse detenido en el tiempo. En Rawson, en el silencio de un domingo por la tarde, solo se asoman los gatos y uno que otro vecino sale a buscar un café. Y las calles llevan el nombre del escritor.

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Café Cortázar ubicado en el barrio Palermo de Buenos Aires.

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Al fondo, desde una pequeña plaza con varias rayuelas (golosas) pintadas en el suelo se ve un edificio gris casi cubierto por un árbol viejo e imponente. Un ambiente que parece descrito también por Cortázar como la escena de la lluvia que ahora no está.

Para muchos, es el culmen del recorrido, lo más cerca que pueden estar de él: la casa donde vivió en la década de 1920 cuando llegó con su madre de Europa, el lugar que aún conserva parte de su biblioteca: el departamento 3F de la Calle Artigas 3246. Sonríen. Algunos saltan en las rayuelas y el resto juega con los gatos.

Y como siguiendo la ruta de lo que le gustaba hacer al escritor, el recorrido termina en un café, el Café Cortázar, en el barrio Palermo. Tomarse una Maga, un café con ron y menta; comerse una media luna, ver los murales que lo recuerdan y seguir viajando por Cortázar pero a través de sus libros.

El mundo infinito de Borges

Para buscar las pistas de Borges, el hombre que universalizó a Buenos Aires, hay que detenerse también en Palermo. En la zona que alguna vez él llamo la fundación mitológica de la ciudad. “Una manzana entera pero en mitá del campo /expuesta a las auroras y lluvias y suestadas./ La manzana pareja que persiste en mi barrio:/ Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”.

Comienzo precisamente desde la calle Serrano, que hoy se llama como el escritor, una vía larga entre tiendas de diseño y restaurantes chics, en la que se destaca una peluquería con un nombre sugestivo: Maldito Frizz, que hace alusión a la humedad bonaerense. Paso a tomar una foto. La sorpresa: ahí mismo, en esa peluquería, en Borges 2135, vivió el escritor entre 1901 y 1914.

Pero si esa experiencia es por lo menos sorprendente, siempre es posible sentirlo más cerca en otra de sus casas: en Anchorena 1660, donde escribió uno más de sus cuentos clásicos, Las Ruinas Circulares. Allí está ubicada la Fundación Jorge Luis Borges, en la que hay talismanes, cartas, premios y una reconstrucción de su dormitorio.

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Jorge Luis Borges, autor destacado de la literatura del siglo XX.

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Sin embargo, los pasos de Borges, el escritor agudo, el infinito hombre del Aleph, inevitablemente llevan a la Biblioteca Nacional, de la que fue su director en 1955 (el mismo año en que perdió la vista) y donde se encuentra la colección de libros que le pertenecieron. Conducen también a la plaza San Martín, donde amaba estar y a la que le dedicó un poema que aparece en Fervor de Buenos Aires; al zoológico donde solía maravillarse con los tigres, o a cualquiera de las calles de esta ciudad cuya alma describió con tanta emoción:

“Mi patria –Buenos Aires– no es el dilatado mito geográfico que esas dos palabras señalan; es mi casa, los barrios amigables, y juntamente con esas calles y retiros, que son querida devoción de mi tiempo, lo que en ellas supe de amor, de pena y de dudas. (“A quien leyere”, Fervor).

Catalina Oquendo

Especial para VIAJAR

@cataoquendo

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