64,1% de mujeres y 74,4% de hombres han sido agredidos por pareja

64,1% de mujeres y 74,4% de hombres han sido agredidos por pareja

La violencia de género es una verdadera epidemia. Datos de Encuesta Nacional de Demografía y Salud.

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Redes sociales y de mujeres han activado grupos por todo el país para rechazar los ataques.

Foto:

Sebastián Silva / EFE

18 de diciembre 2016 , 01:59 p.m.

Si en Colombia el 64,1 por ciento de las mujeres y el 74,4 por ciento de los hombres han sufrido algún tipo de agresión por parte de sus parejas, queda claro que la violencia de género en el país es una verdadera epidemia, sobre la base de que es un fenómeno prevalente en la mayor parte de la población.

Esta situación se agrava al evidenciarse que en el caso de las mujeres, solo dos de cada 10 se atreven a denunciar, y otro tanto de ellas apenas solicitan algún tipo de ayuda.

Estos datos, por primera vez extraídos de las propias víctimas y no de las estadísticas de las autoridades judiciales, son parte de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Ends 2015), presentada esta semana por el Ministerio de Salud y Profamilia, y la cual analizó 44.614 hogares y más de 80.000 personas en el territorio nacional.

La Ends, que, en armonía con la Ley 1257 del 2008, estudió los niveles de presencia de los cuatro tipos de agresiones (física, psicológica, económica y sexual) que configuran conceptualmente la violencia de género, permite inferir que este fenómeno tiene una dispersión estadística muy baja, por lo que se presenta con igual intensidad en todas las regiones y estratos de la sociedad; condición que, en opinión de los expertos, lo erige como un problema de salud pública.

Es de anotar que si bien la violencia psicológica es la menos reconocida en el imaginario general, en el informe es la más reportada tanto por hombres como por mujeres, seguida por la violencia física, la económica y, por último, la sexual.

De hecho, las descalificaciones permanentes, la subvaloración, las amenazas de abandono, los celos y hasta la intimidación con armas de fuego, entre otras, son quejas casi permanentes en las dos terceras partes de la población, sin que se desencadenen acciones proporcionales orientadas a atenuarlas. En otras palabras, la violencia psicológica es algo que, al parecer, la gente acepta y tolera en silencio.

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Ellas, las más golpeadas

Una mirada a los reportes de violencia física en la Ends ratifica que las mujeres son las más afectadas; tanto que una de cada tres ha sido víctima de golpes por parte de su pareja o expareja, tendencia que aumenta con la edad y con la baja escolaridad, y que en el 4 por ciento de los casos llega a configurar el franco intento de homicidio.

Llama la atención que, al lado de estos reportes de golpes en su contra, las mujeres reconocen que utilizan la violencia física para castigar a sus hijos e hijastros. El informe dice que una de cada cuatro los golpea con objetos y el 14 por ciento recurre a las palmadas, a lo que hay que sumar que en el ámbito familiar, sus parejas (hombres) también les pegan a los niños con objetos y les dan palmadas (un 18 por ciento y un 10 por ciento, respectivamente), con lo que se cierra un peligroso círculo de violencia intrafamiliar.

Al detenerse en los hallazgos, en los que 3 de cada 10 hombres manifiestan haber vivido algún tipo de violencia física, el psiquiatra Luis Jaramillo, profesor de la Universidad Nacional y experto en el tema, indica que aunque esta conducta dentro de la familia podría reproducirse por imitación de lo visto en casa (modelamiento), este mecanismo no es tan simple y directo.

“Los factores que modulan este modelo violento son múltiples y complejos. Van desde el tipo de autoridad que se ejerce entre los miembros de la familia, la escuela, el trabajo, los vecinos y la misma calle; son conflictos que se pueden trasladar a las casas”, explica Jaramillo.

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Dependencia económica

En este contexto de múltiples causas de la violencia de género, Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación de Siquiatras de América Latina, señala que “la dependencia o independencia económica en una relación de pareja puede generar tensiones que desembocan en agresiones de todo tipo”. Y agrega que, al analizar los datos de la Ends, encuentra que la tercera parte de las mujeres y la cuarta de los hombres se quejan de recibir maltratos por esta causa.

“Para muchos hombres, la independencia económica de las mujeres es una amenaza a su autoridad; de ahí que tiendan a oponerse a que ellas trabajen, estudien y que de paso se relacionen con otras personas”, insiste Jaramillo.

Sin embargo, sostiene el especialista, cuando las mujeres dependen completamente de sus parejas son subvaloradas y humilladas en permanente sumisión y silencio, sobre todo en los estratos bajos, una estadística que coincide plenamente con lo hallado en la Ends.

En ese capítulo se encontró que tanto mujeres como hombres reportaron haber sido víctimas de violencia económica, expresada en agresiones como vigilar el dinero que gasta la pareja, amenazar con quitarle apoyo, prohibirle trabajar, aprovecharse de la plata o adueñarse de los bienes y propiedades ajenas.

Pero donde se aprecia el mayor desequilibrio en el ejercicio del poder entre hombres y mujeres es en la violencia sexual. Aunque ha disminuido un poco con respecto a los hallazgos de la encuesta del 2010, sus efectos fatales hacen que el 7,6 por ciento de mujeres víctimas de este tipo de constreñimientos y el 20 por ciento que han sufrido algún tipo de acoso sexual registrados por la Ends sean vistos con preocupación.

Para Córdoba, estas actuaciones son una muestra lamentable de ese machismo que cosifica a la mujer, con unos peligrosos visos de tolerancia. Este argumento se confirma al comprobarse que el 80 por ciento de este y los otros tipos de violencia de género no se denuncian y que cuando se hace, solo uno de cada cinco agresores es sancionado y el 30 por ciento de los victimarios ni siquiera se presentan a responder las denuncias.

Creencias que reproducen violencia

El preocupante panorama se refuerza con imaginarios que legitiman y perpetúan la violencia contra las mujeres. En la Ends se encontró que el 39,4 por ciento de las mujeres y el 41,3 por ciento de los hombres están de acuerdo con que “los hombres de verdad son capaces de controlar a sus parejas” y que el 36,5 por ciento de ellas y más de la mitad de los hombres piensan que “una buena esposa obedece a su esposo siempre”.

Eso se confirma cuando la mitad de los hombres y la tercera parte de las mujeres coinciden en que ellos deben ser siempre la cabeza del hogar; y cuando las dos terceras partes de hombres y mujeres en la muestra manifiestan que ellos necesitan una mujer en casa porque así garantizan que en los núcleos familiares se reduzcan los problemas.

El apoyo mayoritario a frases como que los hombres siempre están listos para tener sexo y que ellos necesitan más sexo que ellas refuerza los imaginarios de subvaloración de las mujeres, según la Ends.

Pero quizás lo más dramático es que el 60 por ciento de hombres y mujeres creen que “las mujeres que siguen con sus parejas después de ser golpeadas es porque les gusta”.

En ese sentido, dice Córdoba, es hora de que la sociedad en general tome en serio estos resultados y los analice como causa y consecuencia de muchos problemas que enfrenta el país, para que de manera urgente se empiecen a proyectar procesos de intervención bajo una visión de futuro. “Solamente ahí empieza la verdadera paz del país”, remata.

‘El conflicto ha enmascarado esta violencia’

El antropólogo e investigador Carlos Alberto Uribe, profesor titular de la Universidad de los Andes, dice que el conflicto armado, la violencia política y el terrorismo de todos los pelambres, entre otros tipos de violencia, han ocultado estas formas de antagonismo contra el tejido social, entre las que la violencia de género se presenta como un problema grave.

Asegura que las familias con ejes verticales y unidireccionales de autoridad paterna o materna –que promueven la subvaloración de sus integrantes, principalmente de la mujer, y en donde los golpes, el chantaje y las agresiones sexuales son frecuentes– se convierten en núcleos de aprobación velada de todos los tipos de violencia.

El problema, dice Uribe, es que estas características son las que se presentan, muchas veces, en las familias que la sociedad proyecta como ideales y amparadas en valores de corte moral y religioso; a lo que se suma una sociedad con precarios vínculos de solidaridad, con afianzados conceptos sobre “valores” como hombría, honor y orgullo, que en ocasiones son reforzados por los sistemas formales de educación.

Como experto considera necesario proveer de elementos a toda la comunidad en un proceso de transformación de valores (transvaloración) en el que desde las familias se promueva la no tolerancia a todas las formas de agresión, y que en la calle se eliminen las formas de discriminación y se diluyan del imaginario colectivo las “víctimas propiciatorias”.

Insiste en que hay que entender que la rabia, el resentimiento, la inequidad social y los abusos del poder se expresan de manera violenta, por lo que hay que ir a sus determinantes y atenuarlos.

“Urge moderar el lenguaje del debate político y valorar que la sociedad está cambiando, para procurar atenuar estos tipos de violencia, sin desconocer que esto puede tardar varias generaciones”, dice, mientras asegura que “no todo está perdido”.

SALUD

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