El último herido de guerra que quedaba en el Hospital Militar

El último herido de guerra que quedaba en el Hospital Militar

La historia del soldado Carlos Pérez es un reflejo de la transición del fin del conflicto armado.

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El soldado Carlos Pérez en sus días de servicio militar.

Foto:

Archivo particular

13 de enero 2017 , 04:19 p.m.

Los pies maltrechos del soldado profesional Carlos Pérez se asoman entre las sabanas de una cama en el piso 11 del Hospital Militar. Se alcanzan a ver en sus plantas las huellas propias de la vida castrense, las peladuras de sus patrullajes en Arauca antes del ataque con granada que lo hirió gravemente.

Carlos fue el último herido que atendió este centro médico, enclavado en los cerros orientales de Bogotá, producto del conflicto armado colombiano en el 2016, el año en el que luego de derrotas electorales y maniobras jurídicas, el Gobierno y las Farc lograron firmar un acuerdo de paz. Este jueves12 de enero fue dado de alta del centro asistencial.

Pero no fue esa guerrilla la autora del atentado. Al parecer fue el Ejército de Liberación Nacional (Eln) el que el 29 de noviembre pasado lanzó un artefacto explosivo contra la estación de Policía de Saravena, zona del oriente del país donde el grupo armado ilegal sigue operando con fuerza.

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Esa acción dejó con lesiones a cinco uniformados. El más grave fue Carlos, de 32 años, nacido en una vereda de Turbo, Antioquia, y criado en Montería, Córdoba, con más de una década de experiencia en las filas del Ejército. Un hombre de sonrisa y ojos expresivos que hablan por él, sobre todo ahora que una traqueostomía limita su comunicación.

Estuvo todo diciembre recuperándose. Pasó las primeras dos semanas en cuidados intensivos, luego Navidad y Año Nuevo en su habitación tratando de entender qué ocurrió, por qué está así, por qué una cicatriz recorre su cabeza de sien a sien.

El doctor Guillermo Vega, jefe de anestesiología del Hospital Militar, explicó que las esquirlas de la granada le ocasionaron un trauma craneoencefálico severo que podría significarle lesiones neuronales.

Eso solo lo dirá el tiempo, sentencia Tomás, su hermano, un corpulento militar que se esfuerza por no hablar con la voz quebrada, pero que no logra soportar el peso de las lágrimas. Trata de mostrar fortaleza, ya que es el mayor de dos hermanos que lo vieron como ejemplo e hicieron del Ejército su vocación.

Tomás estaba en Tumaco cuando supo de lo ocurrido con Carlos. Tan pronto pudo se embarcó en un avión hacia Bogotá y, recuerda, en el vuelo sintió por primera vez el dolor del conflicto.

“Uno sufre por ver tantos compañeros caídos en combate o mutilados, porque sabe cómo es este trabajo, pero nunca se imagina que le puede pasar a un familiar”, cuenta.

“Él no recuerda nada, solo se ve al espejo, ve la cicatriz y se pone triste, pero yo le doy ánimo y le digo que hay peores situaciones, que va a salir adelante”, agrega Tomás, con tono de hermano mayor.

La voz se le quiebra. Tomás recuerda los sueños de Carlos, los de “una familia, un hogar y un techo donde vivir, como cualquier colombiano”. Y piensa en el joven “amiguero, tranquilo, sociable, que se hace querer y ama jugar fútbol”, con el cual no logra compartir seguido, por los gajes del oficio, y quien ahora está tendido en una cama.

Un dilema familiar

Los Pérez tienen una difícil decisión que tomar. Si Carlos se recupera del todo, deberá elegir si regresa o se aparta de las filas. Aurora, sentada a los pies de su cama, lo consiente con el amor de madre que todo lo sufre y todo lo entiende. Dice que será decisión de él, pero que si de ella dependiera, le gustaría tenerlo en casa.

Antes del ataque, él decía que no se quería retirar y que iba a estar hasta cuando Dios lo permitiera; ahora solo quiero ver a mi hijo caminar”, agrega la madre trabajadora de una casa de familia en Montería y quien confiesa que no ve a sus hijos tanto como quisiera.

Tomás, a su vez, advierte que si bien el conflicto “está más calmado” por el desarme en camino de las Farc, “hay disidencias y otros grupos que persisten, y no se han sentado a negociar”. “Pero para eso está el Ejército, para contrarrestar todas esas amenazas”, habla con fuerza.

Una vocera del hospital interviene para explicar que el soldado Pérez podría ser dado de alta en enero. Sin embargo, recuerda que la recuperación será larga y que implicará su permanencia en Bogotá para realizar constantes exámenes.

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Así es la nueva vida del Hospital Militar

Durante muchos años, los médicos del Hospital Militar de Bogotá se dedicaron a atender soldados profesionales heridos en combate; hoy trasladan esa experiencia a otros escenarios y se preparan para sanar las secuelas que les dejó la guerra.

Atrás quedaron los días en los que tenían ducha y ropa en sus consultorios e iban a sus casas solamente a cambiarse de uniforme. Las unidades de urgencias o de cuidados intensivos del hospital hace mucho tiempo no son testigos de las oleadas de soldados heridos que llegaban en helicóptero después de un combate o una toma guerrillera.

Por sus pasillos se ven militares retirados que asisten a tratamientos relacionados con enfermedades crónicas, soldados que llevan sus hijos de la mano a una cita de control o jóvenes en sillas de ruedas que adelantan su proceso de rehabilitación. El reto ahora es sanar las secuelas de la guerra.

El día a día del hospital bien podría ser un espejo que refleja la transición que atraviesa el país en materia de conflicto armado. En 2011 ingresaron 424 militares heridos en combate y en 2012 fueron 388; en 2013, la cifra fue de 231, mientras que en 2014 se reportaron 143; en 2015, el número bajó a 71 y en 2016, los uniformados atendidos por esta causa fueron 31, de los cuales 20 fueron víctimas de minas antipersonales.

El número de militares heridos, sobre todo por armas de fragmentación, sigue siendo significativo. Sin embargo, el panorama de hoy es el más alentador de los últimos años.

Así lo demuestran los informes más recientes del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), según los cuales los combates entre la Fuerza Pública y las Farc se han reducido en un 91 por ciento y, en consecuencia, las muertes producto de estos enfrentamientos han caído en un 94 por ciento.

El doctor Ricardo Uribe, jefe de la unidad de cuidado crítico, lideró en la década de los noventa el servicio de trauma, área que recibía a los soldados heridos provenientes de las zonas de combate.

Una de las más grandes emergencias que ha atendido el hospital fue la toma de la base militar de Las Delicias, Putumayo, ocurrida el 30 de agosto de 1996. “Nos llegaron más de veinte pacientes; en esa época alcanzábamos los 1.200 heridos al año, de los que en promedio, 140 eran amputados”, recuerda el doctor Uribe.

“La guerra enseña y apura al cirujano para ofrecerle lo mejor al paciente”, dice el coronel (r) médico y ortopedista traumatólogo Carlos Satizábal, quien es pionero del trasplante óseo en Colombia, una técnica que ha permitido recuperar los huesos de cientos de soldados y ha desvirtuado la idea de que la amputación es la única opción.

Otra de las lecciones que los doctores del hospital debieron aprender cuando uno de sus pacientes intentó suicidarse fue que en ocasiones, “las heridas del alma son más graves que las del cuerpo”, por lo que después del incidente empezaron a intervenir a los pacientes psicológica y psiquiátricamente desde la fase inicial. Este tratamiento también logró que su recuperación y posterior incorporación a la vida social y familiar se facilitara.

De estos aprendizajes se benefician hoy los pacientes del hospital, pues ahora los médicos aplican el conocimiento que les dio el tratamiento de traumas de guerra a las lesiones comunes de la vida civil, como las caídas de altura, los accidentes de tránsito –especialmente, los de motos– y los accidentes laborales, que son los casos que por estos días más se presentan.

Sin embargo, debido a que el Hospital Militar tiene un amplio número de ‘población cautiva’ –que debe recurrir a sus servicios de manera regular–, el tratamiento de los efectos del conflicto va a permanecer latente.

La misión de los médicos en esta época de transición es entonces, como lo ha venido siendo paralelo a la guerra, atender las secuelas generadas por cirugías que presentan complicaciones tardías, traumas psiquiátricos que requieran de tratamiento periódico, refracturas o mantenimientos de prótesis.
Así que la tarea de sanar las heridas de la guerra está lejos de terminar.

RONNY SUÁREZ Y DEISY ALEJANDRA ÁVILA
Redactores de EL TIEMPO

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