Gloria y Juan, dos vidas que casi se apagan por culpa de la pólvora

Gloria y Juan, dos vidas que casi se apagan por culpa de la pólvora

Llevan en sus cuerpos las secuelas de un flagelo que no desaparece en el país.

Gloria Ortega y Juan Esteban Orozco

Gloria Ortega y Juan Esteban Orozco.

Foto:

Abel Cárdenas y Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

22 de diciembre 2017 , 12:18 p.m.

Las siguientes dos historias no debieron nunca suceder. Ni Gloria ni Juan Esteban debieron llevar en sus cuerpos, para siempre, las marcas de un flagelo que este año, solo para mencionar una cifra, ha dejado a 256 personas más en el país como víctimas de la pólvora.

Gloria y Juan Esteban estuvieron a punto de perder la vida por culpa de explosivos que impactaron sus rostros en accidentes absurdos que se hubieran podido evitar. Ella limpiaba una polvorería clandestina en un pueblo de Cundinamarca; él compartía con su familia.

Pero, así como no debieron ocurrir, deben contarse para mostrar, una vez más, que el uso de pólvora de manera irresponsable y la falta de control de las fábricas de garaje siguen costando vidas.

Gloria Ortega Enciso
Gloria Ortega

Gloria Ortega trabaja hoy como empleada doméstica y sacó a sus hijos adelante gracias al amor, según dice.

Foto:

ABEL CÁRDENAS. EL TIEMPO

Se acaban de cumplir 30 años del accidente que le cambió la vida a Gloria, en octubre de 1987, de por sí trágico. Su padre estaba muy enfermo, ella vivía en Bogotá y para cuidarlo tomó rumbo a un pueblo de Cundinamarca que prefiere no mencionar.

Según relata, pocos días después de su llegada falleció su padre. Gloria, de 21 años y con un hijo de apenas 4, se quedó en ese lugar unos días más ayudándole a su madre, quien trabajaba en una polvorería armando los llamados voladores.

Una mañana, minutos antes de partir a una misa de conmemoración de su papá, Gloria limpiaba el lugar donde se fabricaban los artefactos y tomó una bandeja metálica que se resbaló y cayó al suelo. El impacto generó una chispa que al contacto con residuos de pólvora generó una explosión.

Gloria lo llama un ‘fogonazo’, que en cuestión de segundos le ocasionó quemaduras en el rostro, los brazos y las rodillas. Todo su cabello se consumió y perdió los párpados. Varias partes de sus extremidades quedaron en carne viva. La piel le colgaba. No podía ni ver ni oír. “Sabía que estaba lastimada, pero no sabía qué había pasado”, cuenta.

Dice que todo pasó tan rápido que solo tomó conciencia de la magnitud de sus heridas cuando despertó en el hospital Simón Bolívar de Bogotá y se vio vendada. Y es que aunque la llamarada no la envolvió en fuego, su cuerpo mostraba quemaduras de cuarto grado.

Es difícil de entender que viendo tantos casos, tantos ejemplos como el mío, la gente no tome conciencia sobre el uso de la pólvora e incluso sigan resultando niños afectados

Comenzó entonces un proceso de cirugías y reconstrucciones. Un equipo liderado por la doctora Linda Guerrero, entonces directora de la unidad de quemados, le hizo decenas de injertos de piel y le rehízo los párpados. “Lo más duro son las curaciones porque al caer el agua sobre las heridas se siente como el infierno, nada duele así”, recuerda.

En ese lugar estuvo internada dos meses. Desde el 31 de octubre hasta el 31 de diciembre –anota con precisión– y regresó al lugar donde todo ocurrió a reunirse con su madre y su hijo en la noche de Año Nuevo, aunque no había motivo para celebrar.

“Estuve en estado crítico y vencí los pronósticos negativos de los médicos. Tomaba fuerza de mi hijo pequeño”, asegura. Hoy, ese bebé ya tiene 33 años; Gloria, 51, y manifiesta con orgullo que ha logrado sacarlo adelante no solo a él, sino a otro hijo que tuvo luego.

Ella quedó con secuelas. Y no solo físicas. Tuvo que ir al psicólogo para vencer el temor de salir a la calle, de no usar prendas que cubrieran su rostro, del qué dirán. “Al principio, la gente siempre lo rechaza a uno”, sentencia. Tampoco puede exponerse al sol y debe llevar una dieta especial.

Además, denota un rechazo evidente hacia la pólvora. “Mi vida cambió por culpa de eso, hoy estoy bien y sé que fui capaz de enfrentar esta situación, pero es difícil de entender que viendo tantos casos, tantos ejemplos como el mío, la gente no tome conciencia sobre el uso de la pólvora e incluso sigan resultando niños afectados”.

Juan Esteban Orozco
Juan Esteban

Juan Esteban comienza el próximo año grado once. Dice que le gustaría estudiar barbería.

Foto:

RODRIGO SEPÚLVEDA. EL TIEMPO

“Uno no les teme a las cosas hasta que le pasan, solo en ese momento se aprende. A mí me pasó sin utilizar pólvora”, dice sentado en su casa del sur de Bogotá, donde hace casi dos años, cuando apenas tenía 13, un volador hizo trizas su ojo derecho.

Eran los primeros minutos del primero de enero del 2016. Luego de los abrazos y la cena de Año Nuevo subió a la terraza, en un quinto piso, a ver junto con su familia los juegos pirotécnicos que reventaban a esa hora. Era casi una tradición, reconoce antes de tomar aire y entrar en detalle.

“Ya nos retirábamos cuando un último volador, lanzado por un vecino que estaba borracho, ascendió de forma diagonal y se incrustó directamente en mi ojo, donde estalló”, relata.

Juan recuerda una escena violenta: gritos, sangre, desespero. Su familia se apresuró a llevarlo a un hospital, pero antes de llegar y ante la magnitud de la herida su madre, Doris, ya le había anticipado que perdería la vista en un ojo, que su vida no sería la misma.

Según estadísticas del Instituto Nacional de Salud, el 20 por ciento de los quemados el año pasado por pólvora fueron espectadores. Es decir, no estaban manipulando directamente los explosivos, como en el caso de Juan Esteban.

El proceso de recuperación ha sido duro, según reconoce. Estuvo 13 días en la Unidad Simón Bolívar, le practicaron una cirugía reconstructiva de párpado y hoy usa una prótesis en el ojo, que el cuerpo insiste rechazar. En las entrevistas y eventos usa parche, quizás por la vanidad propia de un joven de 15 años.

Con un poco de resignación, dice que ya no es el mismo. Se alejó de sus amigos, tuvo que dejar el boxeo –deporte que practicaba– y siente pánico por la pólvora y, en general, a meses como diciembre, cuando el día de velitas, la Navidad y el 31 son una amenaza.

Pero al hablar de su futuro, se muestra ilusionado en terminar pronto su colegio para estudiar barbería con el apoyo de la sala de belleza donde hoy colabora. 

¿Qué hacer en caso de una quemadura?

Según Linda Guerrero, cirujana plástica, directora de la Fundación del Quemado:

– Busque atención médica inmediata. No se abstenga de hacerlo por temor a sanciones judiciales. Antes que nada está la vida de sus seres queridos.

– Mientras llega la ambulancia o acude a un centro médico, limpie la herida de forma superficial con un paño, sin sumergir la zona afectada en agua.

– Después, coloque sobre la herida un paño limpio o toalla a modo de venda o protección.

– Café, mantequilla y cualquier otro producto que se aplique puede complicar la herida. Evítelos a toda costa.

REDACCIÓN SALUD
Twitter: @SaludET

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