Ya no le temo al sexo en Semana Santa / Sexo con Esther

Ya no le temo al sexo en Semana Santa / Sexo con Esther

En estos días de guardar llegué a varias reflexiones sobre la relación entre la Iglesia y el sexo.

Sexo con Esther

Un polvo, sin importar la naturaleza, no tiene el poder de menguar la fe o de lesionar creencias.

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123RF

16 de abril 2017 , 01:27 a.m.

Terminó la Semana Santa y les tengo una buena noticia: ni me quedé pegada ni tengo escamas y tampoco creo haber pecado por ejercer mi sagrado derecho a la encamada en días de descanso.

Tampoco creo, como sostenía Inocencio III, que el Espíritu Santo hubiera tenido que esperar fuera del cuarto mientras me dedicaba al aquello... Y aunque tenía miedo de contravenir otra orden divina de no hacerlo en Viernes Santo, lo superé sin trauma alguno.

Sin embargo, y aunque no lo crean, también saqué tiempo para reflexionar sobre un tema que me inquieta: la relación que tiene la Iglesia con el sexo. Sin ser erudita en este tema, llegué a algunas conclusiones que quiero compartir con todos.

Para empezar, me atrevo a decir que el pecado original no se debe al sexo sino a la curiosidad de saber; no olviden que, según la leyenda, Eva probó el fruto del árbol del conocimiento y no del deseo. Eso desvirtúa por completo aquello de que ella y Adán sintieron una vergüenza tremenda ante su desnudez.

Otra idea que dejó de tener sentido para mí durante estos días de guardar es aquella según la cual “el acto sexual es un pecado apenas tolerable”, como decía San Agustín.

De igual forma, y más por solidaridad con los señores, encontré que soy incapaz de identificarme con Mateo el Evangelista, quien sentenció en algún momento que era mejor hacerse eunuco en consideración al cielo, y que si ellos se alejaban del catre de manera definitiva podían llegar a Dios “sin trabas ni preocupaciones mundanas”. Mejor dicho, ser célibes. Qué tal.

Y aunque tiene una connotación religiosa, de la cual no soy necesariamente adepta, prefiero, porque me parece más razonable, el principio judío que dice que “no es bueno que el hombre esté solo”.

Para esas creencias, la soledad es una terrible maldición, y el placer debe ser compartido, tanto que en sus preceptos el amor ideal es con el cuerpo, tanto como con el espíritu.

Resulta curiosa la divergencia, si se tiene en cuenta que ambas corrientes religiosas tienen el mismo origen...

En fin: finalizada esta semana de pasión, y de reflexión, siento que no estoy nada errada cuando digo que es una tontería experimentar culpa y vergüenza por tener sexo durante estos días. Tranquilos. Un polvo, sin importar la naturaleza, no tiene el poder de menguar la fe o de lesionar creencias.

Y si esto los acongoja durante una encamada, les sugiero, sobre todo a los señores, albergar en su mente otra máxima judaica: ‘Simjat ishto’; es decir: ‘El placer de su mujer es la obligación moral del marido’.

Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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