Homofobia, enfermedad del medioevo / Sexo con Esther

Homofobia, enfermedad del medioevo / Sexo con Esther

Los homofóbicos deben estar en los consultorios y no propagando su mal desde púlpitos y curules.

Sexo con Esther

Hay que dejar de lado el debate que dimensiona la homosexualidad como un problema y desnudar la vergonzosa homofobia.

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Guillermo Ossa - Archivo / EL TIEMPO

14 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

El mundo debería entender, de una vez por todas, que cuestionar la homosexualidad es tan torpe como desconocer que existen el día y la noche. Bastaría con tomar en serio las innumerables explicaciones que ofrece la ciencia sobre el carácter natural y no optativo de la orientación sexual, para cerrar el vetusto capítulo del mundo polarizado en hombres y mujeres.

Es abusivo, por no decir otra cosa, negarle su condición a un buen porcentaje de la población que tiene que adaptar su existencia veladamente en medio de dos extremos impuestos por fuertes condicionamientos culturales y morales a una sociedad que se niega a aceptar que, en materia de identidad de género y orientación sexual, el mundo no es binario. Punto.

Hay que dejar de lado el debate estulto que dimensiona la homosexualidad como un problema y desnudar la vergonzosa homofobia que campea de manera conveniente en los tiempos que corren y que se eleva ante los ojos de todos como una de las formas más infames de discriminación. La mera razón –o sentido común que llaman– sería suficiente para derrumbar el ilógico conjunto de estigmas inmerecidos, los prejuicios desventajosos, la montaña de estereotipos enraizados y sobre todo, los tabúes aceptados acríticamente con los que se califica de manera ligera a esta población y que se deslizan peligrosamente hacia el odio y la validación de la ley del más fuerte.

Hay que alzar la voz contra esa intolerancia a la diversidad que favorece los abusos de autoridad y que normaliza peligrosamente la desigualdad expresada en maltrato y exclusiones que en el fondo constituyen la más flagrante violación de derechos.

No basta con reconocer la diversidad, no señores. Es imperativo llevarla al terreno de la igualdad construida a partir de las diferencias y no de la uniformidad, como algunos interesados pretenden hacer creer. Aquí urge la eliminación de todas las asimetrías de trato en todos los ámbitos de la sociedad, sobre la premisa de que es mandatario considerar esta población como un componente natural y no aledaño de la comunidad.

Ahora, si les parece extraña esta diatriba y consideran que este espacio dedicado a los polvos y al catre cambió su tono y contenido, no me queda más que decirles que la intención real es manifestar mi rechazo a todas las propuestas –vengan de donde vengan– que intentan negarles a los homosexuales la posibilidad de ejercer sus derechos a plenitud. Siendo tan normales como cualquiera, me parece ignominioso que se eche mano de argumentos del medioevo para impedirles, entre otras cosas, que se casen o que puedan adoptar hijos. Y, por el contrario, hay que decir que las fobias sí ocupan un lugar en la lista de enfermedades, por lo que los homofóbicos deben estar en los consultorios y no propagando su mal desde púlpitos y curules. Hasta Luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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