El cuerpo escoge con quién quiere irse a la cama / Sexo con Esther

El cuerpo escoge con quién quiere irse a la cama / Sexo con Esther

La clave está en la saliva y el sudor, por eso es posible que un beso acabe siendo un polvo.

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El deseo y las emociones son más que una idea romántica; son fruto de la química que llevamos dentro.

Foto:

123RF

23 de octubre 2016 , 01:02 a.m.

Aunque muchos de ustedes no lo crean, a la cama no nos invitan las ganas autónomas y el elaborado sentimiento romántico, sino el sistema inmunológico que pasa por encima de toda lógica y nos impulsa a emparejarnos con alguien con quien se garantice la conservación de la especie. Sí, señores y señoras, así de crudo como les suena.

Pues resulta que el deseo y las emociones que despiertan algunas personas, frente a las cuales la idea más sublime es la de meterlas bajo las sábanas, son el resultado del encaje perfecto y automático de unas sustancias que todos llevamos por dentro y que al encontrarse y coincidir como una llave en una cerradura les dan rienda suelta a las ganas.

Se trata de los antígenos de histocompatibilidad, los cuales, según un estudio recién publicado en la revista científica ‘Nature’, se encargan de buscar en otras personas el más distinto a ellos.

Al encontrarlo identifican que quien lo posee es la mejor pareja para tener hijos sanos, con lo que se ayuda a conservar la especie.

Es una deliciosa trampa biológica en la que el impulso por el aquello surge porque el organismo descifra, mucho antes que logremos darnos cuenta, la presencia de dichos antígenos con solo percibir el aroma corporal de la contraparte que, valga decir, no logra camuflarse del todo con jabones y perfumes.

Y mientras la gente se va al catre por cuenta suya, los investigadores aún no se ponen de acuerdo sobre la forma como los tales antígenos de histocompatibilidad terminan haciendo del olor una señal particular e intransferible de cada persona.

Pero lo que sí han logrado comprobar estos magos de la ciencia es que ellos están en la saliva y el sudor de todas las personas, cosa que puede empeorar la situación, pues eso quiere decir que existe la posibilidad de que un beso acabe siendo de esos mágicos que a la larga se convierten, sin querer, en un polvo.

Ahora, si usted hace parte del grupo de aquellas personas que quieren evitar ser víctimas de una especie de atracción fatal, sepa que estos instintos naturales se puedan domar, hasta cierto punto. Si eso no fuera posible, el mundo estaría repleto de relaciones caóticas movidas y alimentadas exclusivamente por el mandato de la preservación de la especie.

Sin embargo, si las condiciones son favorables y todos los riesgos están bajo el debido control, no veo por qué no dejar que dichos antígenos cumplan con su función.

Total, a la hora de la verdad garantizan que la encamada y el disfrute consabido sean genuinos. Tomen eso como una especie de compensación natural. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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